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Llueve sobre mojado en Can Rova 2

Al menos medio centenar de personas se han instalado en un nuevo campamento de infraviviendas situado a pocos metros del antiguo asentamiento de Can Rova

Las condiciones en este nuevo espacio son mucho más precarias y ayer eran peores todavía, tras una lluvia torrencial que empapó ropa, enseres y colchones

David Ventura

David Ventura

Santa Eulària

«No tenemos dónde ir. Si nos sacan de este lugar, nos instalaremos en otro», comentaban muchos inquilinos del campamento de Can Rova cuando fueron desalojados. Y dicho y hecho. A cien metros de la primera parcela, en la calle Río Orinoco y junto a la rotonda de Can Negre, se ha levantado un nuevo campamento que crece a cada día que pasa. No obstante, en Can Rova 2 las condiciones de vida son mucho más duras y penosas, y empeoran en días de lluvia como el de ayer.

«Tengo todos los colchones mojados», se lamenta Norma Ybarra, una mujer que estuvo en Can Rova y que ahora es inquilina del nuevo asentamiento. Ella y su marido han tensado dos lonas de rafia y bajo ellas están sus pertenencias. «Ha llovido con viento racheado y nos lo ha dejado todo empapado. Aunque pongas lonas, el agua entra por los lados. Yo misma llevo la ropa mojada», explica, y confiesa que lo que más le preocupa es dónde dormir: «En algún lugar nos meteremos. Nos tendremos que poner apretaditos».

Un puchero contra la humedad

Norma está preparando la comida en un fogón de cocina portátil. La receta es un clásico en la cocina de subsistencia: «Un puchero en el que le he echado un hueso con carne, papas, cebolla, verdura… y a dejar que se haga el caldo». Si por ella fuera, se iría de Can Rova 2 mañana mismo, pero hay un pequeño problema: «No tenemos dónde ir».

Norma Ybarra cocinando bajo su lona.

Norma Ybarra cocinando bajo su lona. / Marcelo Sastre

La lluvia tampoco gusta a Julián, otro de los inquilinos de Can Rova 2, y que fue una de las personas que estuvo guareciéndose en el albergue provisional ubicado en el colegio de S’Olivera. Convive con un grupo de familias colombianas que se conocen desde hace tiempo, y él es el único del grupo que esta mañana está en el campamento ya que el resto está trabajando. Comenta que el cambio de Can Rova a Can Rova 2 ha sido a mucho peor.

«Antes pagábamos 600 euros pero nos construimos una casa con tres habitaciones, teníamos un comedor y cocina, servicios sanitarios, agua… Ahora aquí estamos muy mal. Ya lo ve. Tiendas de campaña, toldos. Esto es muy precario y en días como hoy, peor», explica Julián, que señala que la prioridad es encontrar alojamiento aunque de momento todos los intentos han terminado en fracaso: «Encontramos un piso que se alquilaba por 2.000 euros al mes. Dijimos que de acuerdo. Pero nos pedían tres meses por adelantado, más 2.000 euros más de fianza, más 2.000 euros más para el de la inmobiliaria. ¡10.000 euros! Imposible».

Can Rova en expansión

Pese a lo duro de estas condiciones, el nuevo asentamiento no para de crecer. En principio, las chabolas solo ocupaban la feixa principal de la parcela, pero en los últimos días han aparecido las primeras tiendas de campaña en las feixes adyacentes y cada vez están más cerca de la carretera que une Vila con Sant Antoni. Ayer, en una inspección visual, pudimos contabilizar 18 chabolas y 6 autocaravanas, más otras tiendas de campaña más pequeñas que se usan para guardar los enseres. «Ha venido gente nueva, creo que ahora ya debemos ser 60 o 70», nos dice Julián.

Este colombiano no se muestra esperanzado sobre un futuro mejor en la isla: «La idea es buscar piso pero si no encontramos, creo que deberíamos volver a la península y buscar trabajo ahí. Porque para estar así como estamos, no vale la pena».

Los inquilinos acumulan sus bienes bajo el toldo de las infraviviendas.

Los inquilinos acumulan sus bienes bajo el toldo de las infraviviendas. / Marcelo Sastre

Nuestra visita a Can Rova 2 coincide con la ronda diaria que realiza la Policía Local de Santa Eulària. En este caso, se trata de cuatro agentes que llegan en dos vehículos. Inspeccionan el interior de la parcela, van tienda por tienda, hablan con los inquilinos y hacen fotos de todas las chabolas que se han instalado. El trato es correcto en todo momento y un agente nos atiende.

«Cada día tenemos que estar por aquí para ver lo que hay. Ayer hablamos con una persona que hacía de interlocutor de todo el grupo [y que esta mañana no está] y nos dijo que habían entre 50 o 60 personas, aunque a mí me parece que hay un poco menos», nos explica el agente. Hablan con todos los inquilinos que se encuentran, que a media mañana son pocos, ya que la mayoría está trabajando. Les piden el nombre, les preguntan si antes estaban instalados en Can Rova y si hay menores. De todos los cambios que ven en la zona, dejan constancia con una fotografía.

«Todas las personas que están asentadas aquí estaban antes en Can Rova», nos confirma el agente, que también señala que, hasta ahora, no se ha detectado la presencia de ningún menor: «En el que caso de haya menores, informaremos a Servicios Sociales», puntualiza. Explica que también están pendientes de que no se haga fuego: «Hace poco hicimos fotos con un dron para enviarlas a Medio Ambiente».

Un portavoz del Ayuntamiento de Santa Eulària confirma que el asentamiento se ubica en un terreno privado, y que han empezado a hacer las gestiones para ponerse en contacto con la propiedad para informarle de la situación.

La lluvia ha provocado un problema añadido a la penosa situación de los acampados, pero para Jorge Lezcano, otro de los residentes de Can Rova 2, tiene un inconveniente añadido: le hace perder dinero. «Trabajo en la obra y, en previsión de la lluvia, hoy nos enviaron a casa», se queja, y, claro, día que no se trabaja, día que no se cobra. Nos comenta la historia de siempre, que le pidieron 1.200 euros más una fianza por una habitación, y que eso está fuera de su alcance. No obstante, tiene planes de futuro: «Un amigo mío que está en una habitación me ha prometido que cuando la vacíe, en noviembre, será para nosotros». Cuando Jorge dice ‘nosotros’ se refiere a él y a su mujer, que trabaja de limpiadora: «Falta mucho todavía, pero si cuando empiece el frío podemos estar bajo un techo, ya será algo».

A Osmar también se le mojaron las cosas pero él podrá dormir seco porque lo hace en el interior de su coche. Llegó a Can Rova en enero y echa de menos las ‘comodidades’ de su anterior alojamiento, aunque admite que el propietario era un estafador: «Nos echaban el miércoles y el martes por la noche me envió un whatsapp pidiéndome plata». Antes de despedirnos, hace una petición al Ayuntamiento de Santa Eulària: «No les pedimos ni dinero ni una casa. Solo queremos una parcelita donde organizarnos, con agua, y estar tranquilos. Nada más».

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