Aquelarre de fuego, pólvora y tambores en la Nit del Foc

Centenares de personas celebran la fiesta de Sant Joan del IEE en Santa Gertrudis

Vídeo: Aquelarre de fuego, pólvora y tambores en la Nit del Foc

Cristina Martín

Cristina Martín

Lluvia de fuego, hogueras, el ritmo enloquecido y ritual de los tambores, la noche, la luna llena, el zumbido de los surtidores de chispas con los que los demonios ahuyentan y atraen a partes iguales a las centenares de personas que llenan la plaza de Santa Gertrudis. Olor a pólvora, humo, las nueve hogueras preparadas en línea para encenderlas a medianoche y dar así la bienvenida al solsticio de verano, con saltos purificadores sobre el fuego, para dejar ahí “todo lo malo”, como marca la tradición. La fiesta de la Nit de Sant Joan del Institut d’Estudis Eivissencs alcanza su cénit con la irrupción de la colla de Dimonis Els Mals Esperits, que bajo sus máscaras deformes y sus cuernos retorcidos corren y saltan como poseídos al son de los tambores, agitando paraguas que escupen cataratas encendidas. Decenas de personas, niños, jóvenes, mayores, da igual la edad y el sexo, corren y saltan y ríen y gritan bajo el fuego y el humo, en una catarsis colectiva de celebración de la vida y su ciclo inevitable. Ahora toca la alegría del verano, la plaza como lugar de encuentro e intercambio, ese ‘fer poble’ que tan bien define la función de las fiestas populares.

A las doce de la noche se encienden ‘els nou focs’ y los asistentes no se lo piensan y corren a saltar sobre las hogueras alineadas, y así hasta que el agotamiento hace mella y la cola empieza a menguar. El espectáculo es magnético y el entusiasmo contagioso, nadie se queda atrás y pocos son los que no se atreven a volar sobre las llamas, con faldas, con sandalias, con espardeñas, con lo que sea. 

La noche comienza con el ball pagès del Grup de Balls Tradicionals de Santa Gertrudis y los ‘castells’ de la colla Castellers Boixes i Boixos d’Eivissa, la entrega de los premios del Concurs Cançó de Sant Joan -que ha ganado Endèmics con ‘Si la mar’- y la actuación descacharrante de Idò Mata’ls Band, liderada por un Javi Riera especialmente ocurrente, rey y señor del Club de la comedia en el que esta banda de rock y humor irreverente convierte el escenario. Claro, que en Eivissa el humor sobre mallorquines tiene el éxito asegurado. Una actuación jalonada por ‘sketches’ protagonizados por influencers en busca de “Atlantis” o “la Cueva de la Luz”, que provocan un infarto a un camarero al pedir un ‘bullit de peix’ (léase bu-lit-de-pe-ix con las sílabas bien marcadas), un “plato típico de Mallorca”; por un histriónico Colón en espardeñas protegido por dos Hermanos Pinzones sacados de ‘Reservoir Dogs’, o una turista que contrata una experiencia ‘balconing’ en un hotel y en cuyo kit está incluida una espátula. 

Fanny Planells, vicepresidenta del IEE, lee el manifiesto reivindicativo, que defiende el uso de las variantes del catalán y la unidad de la lengua, así como el decrecimiento en una isla en la que la masificación ya es un problema innegable. Vuelve el rock payés de Idò Mata’ls Band, que interpreta una versión de ‘Johnny B. Goode’ transformada en ‘Toni Vingut’. Los dos vigilantes de seguridad piden a los más bailones que están junto al escenario que se retiren, para dejar una franja vacía. Javi Riera, cantante y alma de la banda, detiene la canción y de repente irrumpe el piloto de Sant Antoni a lomos de su quad, vestido como para empezar una etapa del Dakar, ante la sorpresa y los aplausos del público. Vingut sube al escenario y recibe el homenaje de los asistentes, baja, sube a su quad, se despide y se va abriéndose paso entre los asistentes, que no paran de grabarle con los móviles.

Se acerca la medianoche y llegan los demonios con su aquelarre de fuego, pólvora y descontrol, que contagian a los centenares de personas que llenan la plaza. Muchas bailan y saltan con ellos, sin temor a los chorros de chispas que caen sobre sus cabezas. “Yo me he metido un poco bajo el fuego, para dejar ahí todo lo malo”, comenta entre risas una mujer. La noche más corta del año llega una vez más con sus ritos ancestrales, sus leyendas, sus supersticiones. Y la magia de esa tradición en la que el fuego es al mismo tiempo destrucción (de lo negativo) y regeneración.