Análisis

Una palabra de Le Senne basta a la católica Prohens para sanarle

La presidenta del Govern se conforma con el perdón y blinda al máximo cargo de Vox a pesar de amargarle el fin de curso político

Marga Prohens, el pasado jueves en el Parlament con Gabriel Le Senne y Mercedes Garrido a su espalda. | GUILLEM BOSCH

Marga Prohens, el pasado jueves en el Parlament con Gabriel Le Senne y Mercedes Garrido a su espalda. | GUILLEM BOSCH

El arrebato agresivo de Gabriel Le Senne justo cuando celebraba su primer aniversario al frente del Parlament ha amargado el fin de curso parlamentario a Marga Prohens, mostrando las costuras y la debilidad de un Govern del PP incapaz de expulsar a un presidente que llegó al poder gracias a sus votos, mientras la izquierda niega la «autoridad moral» al dirigente de Vox para seguir en el cargo y aprovecha el contexto favorable para intentar salir de la UCI.

El vicepresidente del Ejecutivo, Antoni Costa, tendente a la sinceridad en sus rutinarias ruedas de prensa de los viernes ante los medios, confesó que el apuntalamiento del dirigente de Vox al frente de la Cámara balear se debe a que el Govern «considera que no debe haber una escalada adicional de tensión», justo unos segundos después de reconocer que cometió «un error impropio» de su cargo y «perdió los papeles». En cualquier otro contexto hubiera supuesto su destitución fulminante, pero el perdón obligado de Le Senne ha bastado a la católica Prohens para sanarle.

La presidenta del Govern ha decidido blindarle, demostrando que ha convertido el Parlament en una cámara acorazada que podría ser dinamitada si la denuncia por delito de odio del Gobierno acaba saliendo adelante. Los populares permitirán que el dirigente de Vox mantenga su trono si reflexiona como Pedro Sánchez, a cambio la formación de ultraderecha se compromete a no hacer saltar por los aires al Govern. Al menos hasta que llegue la negociación de los Presupuestos de 2025, cuando el Parlament volverá a la escalada de tensión.

Marga Prohens sabe que expulsar a Le Senne supone abrir la caja de Pandora que acercaría a Balears a unas elecciones anticipadas, un escenario que el Consolat descarta. El numerario del Opus no es un diputado cualquiera. Es el gran protegido de Santiago Abascal —el líder de Vox ha salido a defenderle públicamente con gran vehemencia, algo que no sucedió durante las cruentas crisis internas que casi dinamitan el grupo parlamentario— y, probablemente, el único representante en quien confía a ciegas en Balears, una comunidad sobre la que ha perdido el control. Bambú 12 no tiene tiempo para luchas periféricas mientras libra su propia guerra contra Sánchez en Madrid, por lo que valora la lealtad en tiempos de zozobra, sobre todo si puede utilizar los recursos públicos del Parlament para hacer campaña contra el presidente del Gobierno.

El desconocido que ascendió de diputado a segunda magistratura de Balears en apenas unas horas ha descubierto la impunidad y, con la decisión de mantenerle en el cargo, ha evidenciado una importante debilidad por parte de la presidenta que hasta el momento trataba de ocultar, después de semanas en que Vox se había esfumado por completo al renunciar a la beligerancia hacia Prohens.

El objetivo del Consolat de Mar era acabar el curso político dominando el tablero con una cuestión sobre la que ha conseguido manejar, en cierta manera, el relato: la Mesa contra la masificación turística. La presidenta y su guardia pretoriana no querían que la última imagen de este periodo de sesiones del Parlament fuera la votación para eliminar la ley de Memoria Histórica después de unos meses convulsos y apostaban por situar el debate en un terreno más beneficioso.

El Govern se guardaba un as bajo la manga para contrarrestar los efectos de la derogación de la ley y convocaron un último pleno extraordinario antes de las vacaciones que permitiera mostrar a una dirigente preocupada por los problemas de los ciudadanos, movilizando a sus principales alcaldes y dirigentes locales. Hasta que Le Senne decidió salir al ruedo y hacer saltar por los aires toda la estrategia política que habían diseñado minuciosamente para relanzar a la presidenta. El objetivo era comenzar el verano con los estribos de la gobernabilidad bien amarrados, aunque el corcel acabó desbocado y Prohens trata de desvincularse de un presidente que ostenta el cargo por su obra y gracia.

Las imágenes de Le Senne causaron estupor en la derecha, tanto balear como española. Los vídeos e imágenes del presidente del Parlament destrozando con violencia la fotografía del mayor símbolo de la represión franquista en Mallorca abrían telediarios, copaban portadas, llegaban a medios internacionales y llenaban horas y horas de debate político en radios y televisiones. Hubo incluso tertulianos, periodistas y políticos férreos defensores de la gestión de la presidenta popular que admitían que lo sucedido no tenía perdón y no veían otra salida que su destitución. La gravedad de los hechos situaba a Prohens en una encrucijada, teniendo que decidir entre expulsar al presidente del Parlament y abrir una crisis sin precedentes con Vox o hacer de la necesidad virtud para mantener el equilibrio. Al decantarse por la segunda opción, su imagen pública se ha deteriorado considerablemente, si bien ha consolidado aún más si cabe su relación con el partido de Santiago Abascal. Todo ello mientras regala una victoria política y simbólica a una oposición necesitada.

La violencia de Le Senne no ha quedado circunscrita a una decisión personal cuyas consecuencias solo afectan al presidente, sino que las ascuas del incendio han dañado la estructura del discurso presidencialista de Prohens. Hace tan solo unos días, en un acto del Consell Consultiu para celebrar sus 30 años de servicio, la dirigente se mostraba muy crítica «dada la situación política de nuestro país en la que vemos continuamente el desprestigio de determinados órganos e instituciones de los cuales siempre se había garantizado su independencia y que habían estado por encima de los intereses partidistas». Estas líneas de su discurso, dirigidas en aquel momento a la Moncloa, se han convertido en un bumerán.

En el PP reina un cierto sentimiento de culpa por haber incitado a Le Senne a que retirara los carteles de Picornell y las Roges. El presidente del Parlament lleva un año acatando las consignas de PP y Vox durante todos los plenos y trata de contentar a ambos partidos con sus decisiones, retorciendo el reglamento de la Cámara para beneficiar a los suyos si era necesario. Aunque hasta este momento todo había quedado en pequeños movimientos sin mayor importancia.

Apenas un día antes de que Le Senne decidiera hacer saltar por los aires el Parlament, el PP acusaba al dirigente de Vox de usar la institución «como si fuera su cortijo». Los populares no esperaban que el presidente se tomara la revancha utilizando los canales oficiales de la institución para enviar cartas a la ciudadanía con el objetivo de justificarse. En sus dos epístolas dejaba entrever que los populares eran tan culpables como él por haberle alentado a retirar las fotografías al señalar que había actuado por «las quejas de numerosos diputados de distintos grupos por la falta de respeto a la Cámara y a la Mesa». Sorprendió que el mismo presidente que maniobró para intentar que el Parlament rechazara la ley de amnistía hablara de un «contexto de ofensiva contra las Instituciones que funcionan con rigor e independencia de los intereses partidistas».

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