"La humedad es terrible": Así es vivir en una chabola en Ibiza

Los habitantes de los asentamientos chabolistas son trabajadores de temporada que, cuando llega el invierno, regresan a sus otros hogares. No obstante, en el de Can Raspalls, una pareja ha pasado todo el año en una infravivienda.

Ropa tendida en una de las cuerdas que sostienen una tienda de campaña.

Ropa tendida en una de las cuerdas que sostienen una tienda de campaña. / D.V.

David Ventura

David Ventura

Tras un año entero en el campamento chabolista de Can Raspalls, Jonathan y Viviana han pasado por todo tipo de penalidades. Esta semana han sufrido una más, ya que la fuertes lluvias han provocado el derrumbe de la estructura de lonas bajo la que se guarecían. «La teníamos clavada en unos hierros como los de las tiendas de campaña, pero la tierra al mojarse se ha ablandado y al final todo se ha caído», relata Jonathan.

La pareja intenta volver a levantar las lonas. Además de la incomodidad, esta eventualidad les está comportando también un perjuicio económico, ya que Jonathan se ha tenido que pedir un día libre en el trabajo para quedarse a arreglar el estropicio: «Trabajo en la construcción pero hoy me toca quedarme aquí», lamenta.

Las dos tiendas de campaña en las que viven Luis y Marco. | D.V.

Jonathan y Viviana intentan reconstruir su refugio. / D.V.

Jonathan y Viviana son los inquilinos más veteranos del asentamiento de Can Raspalls. Llegaron el verano del año pasado. En octubre, Diario de Ibiza les entrevistó en este mismo sitio. Entonces compartían tienda con el hermano de Viviana y su estado de ánimo era muy bueno. Nueves meses más tarde, la experiencia de la vida a la intemperie les ha pasado factura: «Esto es de guerreros, nomás», dice Viviana, de nacionalidad colombiana.

Un año muy largo

En invierno, el campamento se vació y se quedaron ellos como únicos habitantes, casi como los guardianes de esta infraciudad. «Se marchó el hermano de Viviana a Barcelona y durante dos o tres meses, a comienzos de año, nos quedamos aquí solos», explica Jonathan. «Luego llegaron unos ecuatorianos y después, con la primavera, cada vez más y más gente».

Pasar el invierno aquí ha sido una experiencia durísima. «La humedad es terrible», confiesa Viviana. Explica que se han calentano con un brasero de carbón y que nota que estos meses «me han afectado a la respiración». El sueño de poder acceder a una vivienda sigue siendo eso, un sueño: «Con el pago por adelantado y la fianza te piden unos 4.000 o 5.000 euros, y es algo que no nos podemos permitir», lamenta Jonathan, quien se confiesa «harto» de levantarse cada mañana «y ver esto así».

Durante este tiempo, él ha trabajado en el sector de la construcción. Ella ha hecho trabajos por horas, casi siempre como limpiadora o cuidando a gente mayor. Ahora, su obsesión es poderse empadronar: «No podemos acceder a ayudas sociales o tener un contrato porque no estamos empadronados, pero es que claro, como no tenemos domicilio no podemos empadronarnos», comenta Jonathan.

Ahorrar lo que se pueda

A pocos metros de la chabola de Jonathan y Viviana, Marco y Luis se lavan la cara y se preparan para una nueva jornada laboral. Ambos son venezolanos y explican que llegaron a Ibiza hace un mes y medio. Marco viene de Toledo, donde reside su familia, y Luis -que tiene prisa porque en breve entra a trabajar en un restaurante de Platja d’en Bossa- tiene a sus tres hijos en Venezuela, a donde envía dinero semanalmente.

«Estuvimos buscando piso pero no había manera», comenta Marco mientras tiende las sábanas, que se han mojado tras las últimas lluvias. Él trabaja de rider y reparte encargos de comida a domicilio. Luis, por su parte, tiene claro que quiere pasar el verano en el asentamiento porque su prioridad es ahorrar: «Es un sacrificio pero mi idea es esta. Guardar para mí, enviar a mis hijos y, cuando pueda, traérmelos a España», explica.

Explican que hace un par de días recibieron la visita de la Policía Local, que trata de mantener un control de las nuevas personas que van llegando al asentamiento: «Ya nos han dicho que si nos dedicamos solo a trabajar no habrá problemas, y es lo que hace la gente aquí. A las seis de la mañana todo el mundo ya está de pie y se van a hacía allá [señala los edificios de Platja d’en Bossa] a trabajar».

La chabola de Alí ha aguantado bien las tormentas de esta semana. | D.V.

La chabola de Alí ha aguantado bien las tormentas de esta semana. / D.V.

Lo cierto es que a las nueve de la mañana, el campamento de Can Raspalls tiene un aspecto fantasmal y solo quedan quienes todavía no han podido encontrar trabajo, o los que están descansando tras un turno de noche. «Casi todos están en restaurantes o en los rent a car», explica Alí, un migrante de origen saharaui.

Él no ha tenido suerte y, pese a que le surgen pequeños trabajos como de lavaplatos o de jardinero, no ha logrado todavía un empleo estable para toda la temporada: «A veces trabajo, a veces no». Muestra con orgullo la chabola que se ha construido, y que ha aguantado incólume las lluvias de estos días: «Está bien hecha, ¿eh?», presume. Ya solo le faltaría un trabajo estable para que todo le fuera perfecto porque sabe que, a diferencia de Jonathan y Viviana, cuando termine el verano recogerá sus bártulos y volverá a la Península, donde se buscará la vida en los meses de invierno.

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