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El drama de la vivienda en Ibiza: La ciudad de los sintecho

Sesenta trabajadores de temporada viven en tiendas de campaña y chabolas en un pinar en Sant Jordi.

Pese a que todos tienen contrato de trabajo, los precios de los alquileres les impiden acceder a una vivienda digna donde cobijarse

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Galería de imágenes del drama de la vivienda en Ibiza: la ciudad de los sintecho Vicent Marí

Es una ciudad invisible pero está por todas partes. Sus vecinos habitan en las costuras de la sociedad, aquí y allá, portátiles. No se sabe a ciencia cierta cuántos son. A veces les vemos en los márgenes de las fotografías pero si se les busca, se les encuentra con facilidad.

Son las personas que han venido a Ibiza a trabajar durante la temporada de verano, no han encontrado techo donde dormir y se ven obligados vivir en campamentos improvisados, en tiendas de campaña, en chabolas hechas con materiales prefabricados. En la isla del lujo, han regresado imágenes de postguerra como el chabolismo.

Uno de los asentamientos más importantes se encuentra en Sant Jordi y acoge, como mínimo, a 60 personas. Sus habitantes son como una gran familia y tienen un nexo en común: son saharauis. Muchos de ellos se criaron en el campamento de refugiados de Tindouf, en el desierto de Argelia, y mantienen fuertes lazos de comunidad. Para ellos no es algo nuevo vivir al raso en una tienda de campaña. Se criaron así en el desierto y ahora, ironías del destino, han regresado a la vida nómada.

Ropa tendida en el campamento y, al fondo, las viviendas de lujo que se están construyendo en Cas Mut. Vicent Marí

Un desayuno con los acampados

Son las nueve de la mañana y un grupo de once trabajadores -todos ellos saharauis- comparte el desayuno. Han comprado pan, queso y mermelada en un supermercado. En un fogoncillo de camping gas preparan el omnipresente té. Casi todos tienen un trabajo y una nómina: en un rent a car, limpiando establecimientos hoteleros, como jardineros, transportistas… Muchos de ellos son hijos de funcionarios españoles en el Sahara Occidental y tienen la nacionalidad española. Todos tienen papeles. Todos están regularizados. «Yo acabo de hacer la declaración de la renta», comenta uno de ellos, Abdelaziz. Me atienden sin problema y me invitan a un té, pero la mayoría no quiere salir en las fotos. Les avergüenza que en el trabajo sepan que viven al raso.

Hora del desayuno en el campamento. La mayoría prefiere que no se les identifique pero a Abdelaziz, a la izquierda, no le importa que le fotografíen. David Ventura

«Es el quinto verano que estoy aquí», comenta Abdelaziz, «y es un problema que tiene todo el mundo. Pisos por los que antes pedían 1.200 euros, ahora te piden 2.000. No tenemos donde ir». Durante el invierno él vive en Alicante, donde permanecen su mujer y sus cuatro hijos. En verano trabaja en Ibiza en un negocio de alquiler de coches. Comenta que la Policía Local ya ha pasado por el campamento y que han hablado con el dueño del solar: «El propietario nos ha dicho que, mientras recojamos la basura y no hagamos fuego, nos podemos quedar. Y la policía nos ha advertido de que debemos irnos, pero todavía no han puesto fecha. Solo queremos estar tranquilos. Somos gente honesta y trabajadora».

Han decidido instalarse en este pinar porque muchos no tienen vehículo propio y deben ir andando hasta el trabajo, que está o en la zona turística de Platja d’en Bossa o en el polígono industrial colindante con el aeropuerto. Pero hay otros campamentos por toda la isla. «En Sant Antoni, en es Canar, en Cala Tarida, en Santa Eulària….», enumeran.

Ibrahim nació en un campamento de refugiados y trabaja en el aeropuerto. Explica que el hecho de compartir origen, facilita la convivencia: «Somos como hermanos». Junto a varios pinos, han instalado sus tiendas de campaña en semicírculo y cuidan de su espacio: «Nos vamos turnando la limpieza. Cada día le toca a uno distinto. Unos van al supermercado a por comida, otros van a por agua». Hacen sus necesidades en el trabajo y algunos también se duchan allí. Al margen de los restos de presencia humana, no se percibe en el campamento acumulación de basura. La que hay -sobre todo, restos de obra- es anterior a su llegada.

Bulahi, de espaldas, nos conduce hasta su tienda. Vicent Marí

Nacer y vivir al raso

Suleiman trabaja en una empresa de limpieza. Llegó a Ibiza hace dos meses, procedente de Zaragoza. Pese a estar sin casa, se muestra satisfecho con su aventura ibicenca: «Todo el mundo habla de Ibiza, dicen que aquí se paga mejor, que hay trabajo. No me quejo. Si encuentro trabajo estable para todo el año y un sitio donde dormir, mi idea es quedarme». Comenta que han tenido mucha suerte con el grupo que han formado en el campamento: «El ambiente es fenomenal».

«Leí que a los guardias civiles les pasa lo mismo, ¿no? Que duermen en el coche», bromea Fuichid, que trabaja en un hotel. Él nació en el campamento de refugiados de Tindouf, bajo una lona: «Sigo igual. Llevo la casa a cuestas. ¡Pero esto es más verde que el desierto!», comenta con humor. ¿Qué hará si les echan de aquí? «Esto se recoge fácil.. Me lo llevo y a otra parte». Más serio, añade: «No hay justificación para esto. Todo el mundo debería tener derecho a un techo».

Pasear por este bosque es como tirar de un hilo. Al principio, parece que hay solo unas pocas tiendas de campaña, pero a medida que nos adentramos en él, aparecen más y más. En algunos casos, son simples tiendas muy básicas para hacer vivac. Vemos lonas entre sabinas que conforman un refugio precario. Hay chabolas hechas con maderas y plásticos. Entre las ramas hay cuerdas con ropa tendida. En una pequeña ciudad.

Junto a las decenas de tiendas de campaña, también encontramos alguna chabola. Vicent Marí

A unos ochenta metros del primer grupo, encontramos otro círculo formado por varias tiendas y una cabaña, entre las que han instalado un fogón y la ropa tendida. Allí nos atienden Mohammed y Bulahi, también saharauis. El primero vive en Vitoria, donde ha tenido múltiples trabajos: vigilante en un almacén, instalador de placas solares… Ahora trabaja en un rent a car: «Tengo a mi familia en un campamento en el desierto. Somos un pueblo que vive desperdigado». Habita en un cubículo de plástico para guardar enseres de jardinería: «Me lo regaló un español».

Bulahi, mientras, prepara el té. En otoño irá a Jaén a hacer la recogida de la aceituna, pero ahora está buscando trabajo en Ibiza. A sus espaldas, mientras enseña su improvisado hogar, se alzan las grúas de las viviendas de lujo que se están construyendo en Cas Mut. En la isla se levantan grúas y se construyen muchas casas, pero ninguna nunca será su hogar.

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