Alarma por el aumento de la violencia machista sobre adolescentes en Ibiza

Los adolescentes tienen un comportamiento cada vez más violento en el sexo y muchos son incapaces de gestionar la negativa de la persona que les gusta

Imagen de una alumna de Fotografía de la Escola d’Arts para un proyecto sobre violencia machista.

Imagen de una alumna de Fotografía de la Escola d’Arts para un proyecto sobre violencia machista. / Marina Toquero

Marta Torres Molina

Marta Torres Molina

Adolescentes. Cursando Secundaria. Víctimas de malos tratos. Físicos. Psicológicos. De control. Casos de violencia machista especialmente crudos a pesar de ser menores de edad. Son dos de los casos de malos tratos en menores detectados últimamente en los institutos de la isla y que le vienen a la cabeza a Belén Alvite, responsable del Centre d’Estudi i Prevenció de les Conductes Addictives (Cepca). Dos casos que acabaron en la Oficina de la Dona, donde en lo que va de año han atendido a seis mujeres víctimas de violencia machista de entre 14 y 20 años. Casos tan graves que, para asegurarse de que sus hijas se liberaban de una relación marcada por los malos tratos, las familias optaron por «poner tierra de por medio». No es metáfora. Es literal. Tierra y mar. Se mudaron todos a otro lugar. O enviaron a las jóvenes a un internado en un intento de acabar de raíz con el problema.

La violencia machista despliega sus tentáculos a edades cada vez más tempranas. Y de formas cada vez más perversas. Un monstruo que se nutre a través de tantas bocas (pornografía, series, falta de figuras de autoridad, educación sexual y emocional que llega tarde, redes sociales, no haber escuchado nunca un no en casa, los roles familiares...) que es muy complicado frenar. El «¿dónde vas vestida así?» ha mutado en un «¿por qué éste te ha dado un like?», «¿has hablado con él por privado?», «¿tú por qué le envías una carita con ojos de corazón?»... Stalkear de incógnito es el nuevo controlar el teléfono. «Estamos viendo nuevas ramas de ese control», apunta Alvite, que explica que muchos adolescentes usan perfiles falsos para ver qué hacen sus parejas, o exparejas, en las redes y para, incluso, ponerles trampas para que caigan.

La avanzadilla de la avalancha

Esto, explica Alvite, no es lo más perverso con lo que se ha topado en los últimos tiempos. «Hay chicas que cuentan que sus amigos, cuando terminan una relación de pareja con una chica, les piden a ellas que le peguen. Dicen que si lo hacen ellos es violencia de género, pero si lo hacen ellas, no», relata. Esto se lo han contado ya en un par de ocasiones este año y, tras dos décadas de experiencia, sabe que aquellas actitudes y comportamientos que le empiezan a llegar son la avanzadilla de la avalancha. «Hace veinte años empezábamos a ver cosas que ahora son portada», señala la coordinadora del Cepca.

«Los patrones violentos están extendiéndose entre la gente joven», apunta Alvite, que matiza en varias ocasiones que los casos a los que hace referencia son siempre «los más extremos». Es decir, que hay «una gran mayoría» de adolescentes que lidian de otra forma con todos los cambios que conlleva esa etapa de la vida. Y los descubrimientos. El sexo, uno de ellos. Un mundo al que la mayoría accede después de haber consumido muchas horas de pornografía. Creyendo que eso es lo normal. Pretendiendo imitarlo. Chicas que viven primeras experiencias traumáticas porque sus parejas quieren reproducir una escena de porno y chicos menores de edad que se plantean no seguir sus relaciones porque sus parejas sexuales, también menores, no se comportan como las actrices porno. Chicas que no sólo no disfrutan del sexo, sino que lo pasan mal, porque quieren satisfacer al otro.

«Se nos están escapando por completo», afirma la responsable del Cepca sobre las conductas sexuales de una parte de los adolescentes. Conductas peligrosas. Para su sexualidad, su afectividad y sus emociones. Más allá de los riesgos físicos. En este sentido, explica que los propios adolescentes les han hablado de «fiestas de iniciación» en las que el objetivo es que ninguno de los presentes salga de ellas siendo virgen. Y, aún más escabroso, adolescentes que asisten a fiestas en villas y que mantienen relaciones sexuales con varios hombres adultos en una misma noche. Y ahí sí que a Belén Alvite se le ponen los pelos de punta. «Las ven por la calle, las invitan y ellas van. Es una situación de vulnerabilidad total», comenta la experta, que está convencida de que a los adolescentes esta situación que horroriza a los adultos apenas les impacta. Precisamente por todo ese consumo de pornografía que acumulan y que, muchas veces, explica Alvite, comienza a través del manga. «Son dibujos animados, parece cuqui, pero es pornografía igual, no tan violenta en un principio, pero pornografía. Y de ella saltan a otro tipo», indica. Y no sólo por la pornografía, sino por lo que ven en series como la popular ‘Élite’ o en realities como ‘La isla de las tentaciones’, en los que se normaliza una sexualidad muy alejada de la realidad y relaciones extremadamente tóxicas.

Pornografía y menores

«Las mujeres en situación de prostitución sienten pavor con los chicos jóvenes porque aplican una violencia brutal en el sexo que viene de esa pornografía que ven», indica Alvite buscando un ejemplo muy gráfico de los efectos de ese consumo. Y eso mismo que exigen a esas mujeres es lo que pretenden de sus parejas sexuales. Los primeros contactos con la pornografía se producen «de forma accidental» a los ocho años, asegura. A los once ya es un consumo consciente. Alvite apunta a cómo los adultos son, en el fondo, quienes introducen a los menores en ciertas prácticas. «Aunque sea de forma inconsciente», señala. En el tabaco a través de los cigarrillos de chocolate, en el alcohol a través de bebidas como el vodka con sabor a piruleta...

A todo eso se suma, además, que las generaciones más jóvenes no han escuchado nunca un «no» en casa. No saben cómo gestionar una negativa. Un deseo frustrado. El «no» que les dice una chica es, en muchos casos, el primer «no» real que reciben. «En casa, incluso, se les puede haber negado algo en un principio y al final habérselo dado», indica. Lo que les lleva a pensar que un no, en el fondo, es un sí. Y ahí, en esa incapacidad para entender un «no», podría estar el origen, en su opinión, de parte de las agresiones sexuales y violaciones de los últimos tiempos.

Esta permisividad desde la infancia está muy ligada a las dificultades que tienen algunos niños y adolescentes para identificar la autoridad. «Que no el autoritarismo», recalca. Cuando se habla de la pérdida de autoridad de los docentes, Alvite comparte su propia teoría: «No reconocen la autoridad en los maestros y profesores porque no han visto esa autoridad en sus padres y madres», señala la experta, que detalla que esa autoridad debe ser «cercana, amorosa y empática».

Decir no con cariño, autoridad amorosa y fomentar la solidaridad y la empatía. Alvite tiene la sensación de que cada vez más se educa a los hijos e hijas de forma que éstos son «muy individualistas y más egoístas». Un poco más de abono para esas relaciones más violentas, más agresivas, escuchando menos, entendiendo menos al otro y el daño que se le causa.

Hablar, hablar y hablar. Ahí está, para ella la clave. No se refiere a hablarles a los niños y adolescentes, que también, sino a dejar que hablen ellos. Entre ellos. Poner la oreja. Escucharles. «No se les da la opción de hablar. Son sujetos pasivos. Si les dejásemos expresarse oiríamos muchas cosas», afirma, convencida de que un espacio ideal para eso son las horas de tutoría. «De tutoría reales, en las que se trabaje», indica consciente de que en muchos centros de Secundaria esas horas, una treintena al cabo del curso, se emplean como horas de estudio. «Muchas veces tienen muy buenas ideas y se dan muy buenos consejos unas a otras. Además, se lo dicen con una sinceridad y una franqueza que impresiona. Pero, curiosamente, son consejos que ellas mismas no siguen», comenta, sonriendo, Alvite, que a pesar de todo lo que ve y oye (e intuye) que viven los adolescentes, es una gran defensora de su potencial, de su energía, de su poder para darle la vuelta a la tortilla.

Eso, en todo caso, será en un futuro. De momento, la Oficina de la Dona ha atendido a seis jóvenes de entre 14 y 20 años por malos tratos. Al menos dos de ellas eran apenas adolescentes. Sufrían violencia psicológica, de control y también física. Pusieron tierra de por medio para huir de sus agresores. Y a Belén Alvite, responsable del Cepca, no se le van sus historias de la cabeza.

Suscríbete para seguir leyendo