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catálogo de salud u prótesis

Carmen Afausto Zaya: «El día que me amputaron la pierna volví a nacer»

Esta vecina de Platja d’en Bossa, que lleva 18 meses con un miembro ortopédico, denuncia las complicaciones que supone para ella que Salud no apruebe el catálogo de prótesis

«El día que me amputaron la pierna volví a nacer» Marta Torres Molina

«El día que me amputaron la pierna volví a nacer», afirma Carmen Afausto Zaya. El 22 de marzo de 2021, Carmen, que en aquel momento tenía 43 años, perdía su pierna izquierda y ganaba la posibilidad de seguir viviendo, de celebrar nuevos cumpleaños, de reír con su familia, de pasear a su perro por el barrio y, sí, también de seguir afrontando nuevos reveses. «Tenía cinco trombos en la rodilla. Me dolía. Llevaba desde enero yendo a urgencias», recuerda. Además del dolor se notaba la pierna fría, casi helada, se le dormía y a veces tenía un color anormal. Le llegaron a decir, incluso, que era una tendinitis. Era plena pandemia y, tras llamar a su médico de cabecera, este profesional le dijo que se acercara a la consulta. Las analíticas salieron perfectas y en febrero le dijeron que le harían una radiografía. En marzo acudió varias veces a las urgencias de Atención Primaria y el 21, ya, después de toda una noche sin dormir, a las del Hospital Can Misses. «Llegué con el pie negro», recuerda.

En aquel momento, en un TAC con contraste, le localizaron cinco trombos en la arteria. La operaron. Y parecía que la intervención había ido bien. Hasta «las cuatro o las cinco de la madrugada», cuando volvió a empeorar. El cirujano le dijo que si no conseguían mejorar su situación no quedaría otra que amputarle la pierna. «Le dije que hiciera lo que estuviera en su mano para salvarme», indica. Y para salvar su vida no hubo más solución que cortarle la pierna. A la altura de medio muslo. Carmen no se encontró con la sorpresa al salir del quirófano. Estaba despierta mientras la operaban: «Me pusieron anestesia epidural. Me dormí un rato. Recuerdo que cuando desperté había música. Statuas D Sal. La habían puesto por si me despertaba, para que no escuchara el sonido de...».

De la gente que la atendió en Can Misses los diez días que estuvo ingresada sólo tiene buenos recuerdos. La cuidaron y la atendieron con mucho cariño. La mimaron. Desde el cirujano a la señora de la limpieza. En esos primeros momentos su carácter la traicionó. Todos los que la conocen la tienen por una mujer muy fuerte, valiente, que siempre tira hacia adelante y nunca se arredra. Eso no significa que no se viniera abajo. Y que no necesitara atención psicológica. Hace poco, explica, le han dado el alta de la medicación que tomaba para la depresión.

Lo que no se esperaba de ninguna manera es que cuando ya se estaba recuperando del mazazo de la pérdida de su pierna llegara otro. Burocrático. Económico. Las prótesis que le irían bien, las que le permitirían caminar sin problemas, las que se ajustarían al muslo sin llagas ni infecciones no están en el catálogo de prótesis aprobado por el Ib-Salut. Es decir, que si quiere un pie que no pese y que no sea como el de un maniquí, si quiere una rodilla que se doble bien, si quiere, en definitiva, una pierna ortopédica que le permita llevar una «vida normal» tiene que pagársela ella. «No hablo de una pierna biónica, que puede superar los cien mil euros, sólo algo medio en condiciones», indica. Una rodilla puede costar 5.000 euros, un pie que no la ponga en peligro cuando hay «un pequeño desnivel» en la acera, entre 3.000 y 4.000 y la funda de silicona unos 900 euros.

A Palma a la ortopedia

Tras una muy mala experiencia en Ibiza, con «chapuzas» en el ajuste del la pieza que se engancha al muñón, infecciones, alergias y negativas a adecuarle la altura de la prótesis, Carmen está acudiendo a un protésico de Palma que le recomendó Isabel, una chica amputada de Mallorca a la que conoció en un chat de la asociación. Carmen está asumiendo el coste de los viajes, después de que Salud se negara a abonarle, al menos, los vuelos. «Llego allí con las recetas y me tratan con cariño y humanidad. Es un negocio, claro, pero intentan ayudarte», explica Carmen. Allí consiguió que le cortaran los dos centímetros del tubo central que hacían que caminara mal y que le doliera la espalda y la cadera. También le cambiaron la rodilla: «Cuando salió con la pierna le dije que aquella no era la mía. Me dijo que la que yo llevaba no se ponía ya ni a la gente de la tercera edad que sólo se levanta para ir al baño». Carmen no la podía pagar, pero no tuvo que hacerlo, ya que en la ortopedia tienen algunas cedidas por gente que se las ha cambiado por otras más nuevas. En mayo le tocaba un cambio del encaje —«la pierna va perdiendo volumen»— y optó por esperar a ver si a finales de julio Salud aprobaba ya el catálogo. Pero no. El médico no sabía qué decirle. Y en Atención al Usuario le dijeron que dependía del Govern. La asociación Andade pide explicaciones al Ib-Salut.

«No es un lujo, es algo para poder caminar», reclama Carmen, que confía en poder comenzar a trabajar lo antes posible. Ha pasado ya por el tribunal médico y no le han dado la invalidez total —«con la paga que me queda no pago ni la hipoteca»—, por lo que Carmen, que trabajaba en un supermercado de Platja d’en Bossa, ha empezado a dejar currículums. Uno de los primeros sitios, la ONCE. Para ello, para poder trabajar, cuanto más fácil se lo ponga la prótesis, mejor. Y para eso es necesario que Salud apruebe cuanto antes el catálogo de prótesis. De momento, intenta hacer una vida todo lo normal posible. Baja a pasear a su perro. Y va al súper, con una mochila por si tiene que cargar. Sale a la calle con una muleta porque no se fía de la reacción de su «pie moñeco», como le llama ella, con la «porquería de aceras» de la isla. En casa, eso sí, va sin muleta, sólo con su pierna artificial.

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