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Diario de Ibiza

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Una pareja de Ibiza compra una aldea en Galicia

Yasmina Juan Planells y Ramón Enríquez Torres ponen en marcha un proyecto agrícola y de turismo sostenible en una aldea de Lugo que compraron en 2018 y a la que se han mudado con su hija Deva

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Una ibicenca y su marido se compran una aldea en Galicia DI

El valle. Los pajaritos. Mucho verde. El agua del río y varios arroyos. Cuando Yasmina Juan Planells y Ramón Enríquez Torres vieron por primera vez A Panturreira se enamoraron de aquel rincón de A Pontenova, en Lugo. «Fue un flechazo», afirma Ramón. La pareja se había conocido en Eivissa, de donde es Yasmina, y llevaban un tiempo dándole vueltas a la idea de cambiar de vida cuando en sus búsqueda se cruzó aquella aldea. Tenía todo lo que querían y, además, otra pareja de emprendedores con un proyecto similar al suyo ya había restaurado la casa principal y la finca contaba ya con la certificación de cultivo ecológico. Es decir, que se encontraron parte del trabajo que habían pensado, encontrar una finca y restaurarla, hecho.

Por lo que les costó la aldea en Ibiza no podrían haber comprado más que un pequeño estudio.

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Así, en 2018, tras verla, la pareja compró A Panturreira, una aldea que había estado abandonada. Unas 14 hectáreas de terreno, varias edificaciones, hórreo, un río, alguna cascada... El agua fue, precisamente, lo que más llamó la atención a Yasmina, criada en Eivissa y muy consciente del tesoro que supone. Ramón reconoce que además de la idea de cambiar la hostelería por la tierra le tiraba también «la morriña». A Panturreira está, de hecho, muy cerca de Ribadeo, su pueblo. «Vine a Ibiza por trabajo. Siempre me había atraído la isla y poco a poco fui haciéndome mi círculo. Luego ya conocí a Yasmina y entre los dos fuimos planteando esta idea. Acabamos yendo en busca de un terreno en el que poner en marcha un proyecto agrícola», explica Ramón. La idea de la pareja era encontrar una casita pequeña con huerta cuando se encontraron con la que es ahora su casa en un portal de internet. Fueron a visitarla. Y lo supieron de inmediato. «Nos lanzamos», comenta la pareja, que señala que por lo que les costó la aldea en Ibiza no podrían haber comprado más que un pequeño estudio.

Yasmina Juan Planells, Deva y Ramón Enríquez Torres, paseando en familia en Galicia

En aquel momento Yasmina trabajaba en Ibiza como educadora ambiental y Ramón en la hostelería. «Mi familia dice que lo que hemos comprado es trabajo», comenta. «Es verdad, es mucho trabajo, pero muy bonito. Es una experiencia vital», indica la ibicenca. De hecho, si se consulta la población de la aldea de A Panturreira se puede ver un cambio: en 2018 pasó de tener dos habitantes a tres. Y es que Yasmina y Ramón llegaron a su nueva vida con otra nueva vida, Deva, su hija de tres años, que apenas tenía unos meses cuando llegaron. La neniña fue una alegría para los vecinos de la zona, donde la media de edad es bastante avanzada y en la que apenas hay niños. «Ganamos muchos puntos ella», bromea Yasmina. «Es la niña del valle», apunta Ramón, que explica que en la zona apenas hay media docena de niños, unos 50 en el pueblo más cercano. El álbum familiar está lleno de fotos de la pequeña disfrutando del entorno de la aldea, siempre seguida de cerca por Tora, su perrita, que no la deja ni un segundo. Observando a una mamá pata rodeada de sus patitos, paseando con sus padres por los mil caminos de la finca, sentada a la orilla del río con los piececitos metidos en el agua...

Confinamiento en la aldea

A Panturreira les salvó, incluso, del duro confinamiento. La pandemia les pilló ya en su paraíso lucense, donde podían pasear al aire libre y seguir con su actividad diaria en el campo y en las construcciones. «No notamos el encierro», comentan. A raíz de la pandemia, una vez pasado el obligado confinamiento, por la zona «comenzaron a asomar» otras personas que también habían decidido cambiar de vida y con las que han tejido una red de apoyo mutuo. «Otras parejas con muchas ganas de hacer cosas», explican.

El álbum familiar está lleno de fotos de la pequeña disfrutando del entorno de la aldea, siempre seguida de cerca por Tora, su perrita, que no la deja ni un segundo

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En un primer momento, Yasmina y Ramón se centraron en la parte hortícola. Pero con otros proyectos en la cabeza. Su idea es convertir la aldea en un espacio en el que el cultivo ecológico conviva con el turismo responsable y sostenible (ya están alquilando algunas habitaciones) y con talleres medioambientales, que es a lo que se dedica Yasmina. También tienen en la cabeza retiros de yoga, proyectos de voluntariado, cooperativas, alquiler de espacios para otros proyectos, glamping, una casita en el árbol, microexperiencias... Su idea es que todo sea «de ida y vuelta», que todos aprendan y enseñen al mismo tiempo, que su aldea sea un lugar de intercambio. El pasado 7 de mayo la aldea ya acogió el festival ‘Revolta ó rural’, con talleres para niños, conferencias, una comida popular y conciertos.

La tierra sobre la que viven les inspira y las ideas no les faltan. «Tenemos mucha creatividad», confiesa Ramón, que reconoce que ha tenido que formarse para convertirse en agricultor: «He tenido que aprender. Mi familia tiene un restaurante y yo me he dedicado a la hostelería. Era algo que me gustaba, pero ha sido un reto». Durante estos años, confiesa el gallego, no sólo ha aprendido en los cursos sino también del «ensayo-error» y, sobre todo, «de la gente que sabe». Ahora mismo tienen en marcha un negocio de venta directa de cestas de productos ecológicos que tienen ya previsto ampliar. De cara al futuro piensan, incluso, en crear puestos de trabajo. Un proyecto que, están convencidos, hubiera sido imposible abordar en Ibiza.

Las jornadas en la aldea son largas. Y extenuantes. Hay que trabajar la tierra, comprobar el riego, alimentar y cuidar a los animales, avanzar en la restauración de los espacios, gestionar todo lo que quieren poner en marcha

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En estos momentos la familia se encuentra en Ibiza trabajando, como antes de la pandemia. «Este verano no lo podíamos desaprovechar», indica Yasmina. «He cambiado la huerta y los pajaritos por servir paellas a holandeses», reflexiona su pareja. El contraste ha sido considerable, pero la pareja asegura que les gusta estar «yendo y viniendo». En A Panturreira tienen la calma y la tranquilidad, pero aquí encuentran movimiento, gente y más oferta cultural. «Los saraos también se añoran», confiesa la ibicenca. Lo mismo que la luz de la isla, la mezcla o la sensación de que aquí todo el mundo acaba pasando desapercibido. Nadie es raro. Allí, cuando llegaron, despertaron la curiosidad de los vecinos, que no dudaron en acercarse para ver quiénes habían comprado la aldea y averiguar qué planes tenían para ella, comentan Yasmina y Ramón.

También echan de menos a la familia de Yasmina, ésa que les dice que lo que han comprado, más que una aldea, es mucho trabajo. Es así. Las jornadas en la aldea son largas. Y extenuantes. Hay que trabajar la tierra, comprobar el riego, alimentar y cuidar a los animales, avanzar en la restauración de los espacios, gestionar todo lo que quieren poner en marcha. Pero Yasmina y Ramón saben que todo lo que trabajan es para ellos. Para su proyecto de vida y para su futuro. «Vives de otra forma», indica Yasmina, que, acostumbrada al campo ibicenco, ha vivido ya sus primeras matanzas gallegas. Similares y diferentes a las de la isla. Chapurrea el galego. Y se ha acostumbrado a que las botas de agua, que apenas se había puesto un par de veces en su vida, son ahora su calzado habitual. «Aquí no puedes salir con chanclas», bromea la ibicenca. Asegura que en el valle en el que se encuentra A Panturreira hay bastantes días de sol.

Las dos vidas, la ibicenca y la gallega, se complementan, afirma la pareja, feliz con la decisión que tomaron después del flechazo que tuvieron con aquella aldea lucense. Su aldea lucense.

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