"Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso" (Jorge Luis Borges).

Incluso en agosto, con la orilla atestada de veraneantes, los aparcamientos a rebosar, el cielo tiznado por la calima y el horizonte rasgado por una empalizada de lanchas y yates, ses Illetes sigue resultando insólita y espectacular. La playa más icónica de Formentera tiene el poder de erizar la piel a todo aquel que la contempla por primera vez y buena parte de los que repiten. Basta con dejarse atrapar por la sinfonía de azules y verdes que interpreta la corriente en la orilla. Puro embrujo, tan fascinante como irrepetible en cualquier otro tramo del litoral pitiuso. Ni siquiera los días plúmbeos, de cielos opacos, tienen la potestad de restarle fulgor.

La llegada a ses Illetes ya impresiona desde el principio, superada la barrera de acceso al parque natural y alcanzado el impresionante molino de sal, rústico y encalado, que alberga uno de los restaurantes míticos de las Pitiusas. Allí, frente a los ventanales del monumento, aguarda la primera de las tres playas que componen ses Illetes: es Cavall d'en Borràs, que luego continúa hacia el sur, por detrás del establecimiento. Aunque rocosa en los laterales y mucho más pequeña, alberga arena en la orilla y el agua adquiere las asombrosas tonalidades de sus hermanas mayores, casi con idéntica fuerza.

En la duna contigua se oculta el primer chiringuito de ses Illetes, El Pirata, y, a continuación, una decena de varaderos traslúcidos, hechos con tablas al estilo de Formentera, y otro par de piedra y mortero. Tras este tramo rocoso irrumpe la primera gran playa: ses Xalanes. Su nombre alude a esas embarcaciones menores y típicamente mediterráneas, de fondo plano, proa aguda y popa cuadrada, habituales en aguas de poca profundidad.

El topónimo ses Illetes, sin embargo, se refiere a los cinco escollos que se alinean muy cerca de la orilla. Desde esta primera rada se avistan los cuatro primeros: el pequeño Escull d'en Palla, s'Illa Redona o des Conills, el minúsculo Escull des Pou y, ya en la frontera con el próximo arenal, frente a un tramo pétreo y bajo salpicado de pilancones -en ibicenco, cocons-, la más grande de todas ellas: s'Illa des Forn, también llamada des Pouet por el tosco pozo de piedra situado en frente, que antaño proveía agua dulce a los marineros. El islote se sitúa tan próximo que para alcanzarlo solo hay que mojarse hasta la cintura. Algunos bañistas se apostan en su ribera, junto a los tres varaderos de tablas y piedra que aún conserva.

Tras la punta que ejerce de frontera, una nueva duna con el segundo chiringuito de ses Illetes, Juan y Andrea, y frente a este, el quinto escollo, s'Illa de Tramuntana, que es el más alejado de la costa. Se abre a la segunda playa, llamada de n'Adolf por la corbeta sueca de dicho nombre que naufragó en este litoral en 1882. Es el arenal más extenso del conjunto de ses Illetes y el que más bañistas suele albergar. Concluye cuando la arena vuelve a trasmutar a roca. En mitad de la orilla, Es Ministre, último establecimiento, en un promontorio que se eleva sobre la playa, dejando la de Llevant a su espalda.

En varios portales turísticos, donde los internautas pueden escoger las playas más bellas del mundo, a menudo ses Illetes ocupa las primeras posiciones del ranking. Bañarse en su orilla realmente es como zambullirse en el paraíso.