Dominical | Imaginario de Ibiza
Santo Domingo, la iglesia oscura

Cúpulas de la iglesia con la catedral al fondo. / X.P.
Allí donde la luz no alumbra, tal vez alumbre la sombra (Roberto Juarroz).
Todo aquel que se aposte junto al bronce de Isidor Macabich, en los jardines de sa Carrossa de Dalt Vila, verá a la iglesia asomarse por encima de los edificios que desembocan en la plaza. Todos encalados, aunque unos más desconchados que otros, y sobrevolados por Santo Domingo, con su fachada mostaza y triangular, y su torre pétrea, octogonal y chapitelada, con dos ventanucos a la altura del campanario. Más allá de la rocosa catedral que se yergue en las alturas, no existe templo más atípico en Ibiza. Y tampoco más oscuro.
Tanto las iglesias rurales como las urbanas de cierta antigüedad exhiben un interior luminoso, casi siempre de blanco puro. Sin embargo, quien accede al viejo templo dominico de la calle General Balanzat, actual parroquia de San Pedro Apóstol, enseguida se siente engullido por tinieblas. Al menos hasta que la vista se acostumbra a la penumbra. Ante todo se la confieren sus muros, ilustrados con un trampantojo amarmolado que alterna el gris de los lienzos con el ocre de arcos y columnas, y aún más la bóveda de cañón, de un gris más insondable en el perímetro y desgastado oro en la clave. Su apagado brillo se va encendiendo segundo a segundo, al igual que los frescos de santos y vírgenes que pintó el mallorquín Matas en 1884, tanto sobre el altar como a lo largo de buena parte de la bóveda.
Maestros genoveses
Maestros genoveses
La iglesia comenzó a erigirse dos siglos antes, en el XVII, por maestros genoveses, que sin duda le confirieron un carácter tan alejado de la estética isleña. A diferencia del convento anexo, hoy sede consistorial, cuyas obras se eternizaron, quedó prácticamente acabada en 1643 y en buena parte se financió con sal de las salinas, que fue cediendo el gobierno insular de la Universitat.
Su arquitectura sorprende por la profundidad de las cuatro capillas que apuntan al mar, en contraste con las que ejercen de frontera con el claustro del convento, mucho más estrechas. Aunque la más honda es la del Roser, verdadero germen del templo e iglesia dentro de la iglesia, la más popular acoge al Santo Cristo del Cementerio, que en la isla se venera desde hace siglos porque se le atribuye protección frente a epidemias y enfermedades que sí se propagaron por territorios vecinos.
Al fondo de la nave central, el retablo del altar mayor, de estilo barroco, que preside una talla de San Vicente Ferrer, al que acompañan otras de Santa Catalina de Siena y Santa Rosa, así como pinturas de San Jaime, San Francisco de Asís y San Agustín. Y a un lado, pegado al coro, el órgano, obra de un agustino que lo construyó en el siglo XVII, aunque tuvo que ser reconstruido en los ochenta del siglo pasado al quedar destrozado durante la Guerra Civil.
Un trágico acontecimiento provocó que el Santo Domingo de hoy posea una estructura más Mediterránea, si se contempla desde una perspectiva lateral. En 1730, durante una tormenta, un rayo provocó la explosión del cercano polvorín del baluarte de Santa Llúcia. Además de causar la muerte de 15 ciudadanos, destruyó parte de la iglesia y el convento anexo. Los monjes contrataron al maestro de Denia Pere Ferro, que acababa de reedificar la nave de la catedral y se encontraba levantando la iglesia de Sant Josep, para que procediera a la reconstrucción.
Se cree que a él se deben las cuatro cúpulas cubiertas de teja, de estilo valenciano, que coronan las capillas e iluminan la del Roser y, de forma lateral, la nave principal, que de otra manera estaría sumida en una oscuridad casi absoluta.
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