Memoria de la isla
Errol Flynn en Ibiza
Y llegaron gentes de todas las procedencias, pelajes y condiciones, cada cual con su particular utopía

Errol Flynn en Ibiza
M.A. González | Ibiza
Aunque el fenómeno del turismo masivo se consolidó en los años 60 del siglo pasado, en los 50 ya tuvimos un glamuroso desfile de celebridades que, con su sola presencia, nos dieron una impagable publicidad. Basta recordar algunos de los personajes que en aquellas fechas recalaban en El Corsario y que de su paso dejaron rastro en un ´libro de firmas´ que luego -algún desaprensivo se haría con él- desapareció misteriosamente. Por el pequeño y encantador hotelito de Dalt Vila pasaron Rainiero y Grace Kelly, Romy Schneider, Salvador Dalí, Zsa Zsa Gabor, Dean Acheson, Ursula Andress, la princesa Soraya, Ava Gardner, Sam Cooper, Maximilian Schell, Walter Gropius, Orson Welles, Onassis, Pink Floyd, Raquel Welch, John Wayne, que en aquellos días navegaba el Mediterráneo en su yate, el ´Norwester´; Rita Hayworth, que rodaba en nuestras aguas con Welles, y muchos otros personajes que alimentaban el papel couché del momento.
El hecho de toparme ahora, muchos años después, con una novela de Roser Amills, ´El ecuador de Ulises´, obra rematadamente mala pero que relata la estancia de Errol Flynn en nuestras islas, me ha recordado las visitas que hizo a Ibiza y Formentera el seductor actor hollywoodense que en aquellos días residía de forma estable en Palma, primero en el Hotel Maricel y Bon Sol y después en ´Es Molí´, una casa que alquiló en Illetes. En 1949 había comprado un precioso barco con el que se desplazaba entre las islas. Según parece, fue él quien puso de moda la «luna de miel en Mallorca» cuando pasó la suya en la isla con su tercera mujer, Patricia Wymore, actriz y cantante, después de divorciarse de Lili Damita y Nora Eddington.
Errol frecuentaba las aguas de Ibiza y Formentera, aunque en muchas de sus visitas pasaba desapercibido porque recalaba en calas solitarias. Sólo una vez, que yo sepa, amarró en nuestro puerto. Yo tendría entonces 12 ó 13 años y recuerdo perfectamente su llegada en el ´Zaca´, un yate elegante, espectacular y de romántico perfil, de 43 metros de eslora, con la obra muerta pintada de negro, un altivo gallo como mascarón en la proa y con una formidable arboladura. Años después, lo utilizaría Orson Welles en el rodaje de ´La dama de Shanghai´. La expectación que provocó su presencia entre los vecinos de Vila fue tal que el barco tuvo que colgar en su espejo de popa una pizarra con una leyenda admonitoria y que por tres veces repetía la misma canción: «Ne montez pas abord», «Se prohíbe la entrada. Private». Mientras estuvo en la isla y para que no le atosigaran, el actor tuvo que recurrir a la escolta oficial que le proporcionó el entonces Jefe Superior de Policía, Mariano Juan Serra. Cabe decir, no obstante, que Errol no pasaba entonces por su mejor momento, estaba casi arruinado, su personaje había quedado demodé y el actor quiso alejarse de Hollywood para intentar gozar en el anonimato de la tranquilidad de nuestras islas. Bon vivant, temperamental, arrogante, vitalista extremo y adicto al alcohol al punto de inyectar vodka y cazalla en las naranjas para no delatarse, repetía que le gustaban las mujeres jóvenes y el whisky viejo. Sus amigos lo recuerdan como un gran bebedor que se tambaleaba, pero no se caía. Errol se vanagloriaba de apurar la vida como repite en sus memorias: «Puede que esté acabado como actor, pero pocos han tragado más mundo que yo».
En nuestras islas, el actor continuaba interpretando el papel de su vida. Sencillo, afable, pero también cínico y bravucón, se tomaba la vida como un juego. No era raro que tras las fiestas que daba en el barco y en las que no eran raras las broncas, la cubierta del ´Zaca´ acabara llena de botellas vacías y que los invitados terminaran en el agua. Se sabe que en una de aquellas noches locas, por una apuesta, se zambulló en el mar desde la cruceta del palo mayor.
En cualquier caso, y posiblemente porque sus películas nos habían llegado con cierto retraso, su fama entre nosotros no había decaído. Le recordábamos en ´La carga de la brigada ligera´, ´El príncipe y el mendigo´, ´Robín de los bosques´, ´La isla de los corsarios´, ´El señor de Balantry´, ´El capitán Blood´ y, sobre todo, en ´Piratas del Caribe´. Eran historias que casaban bien con algo que Flynn descubrió en nuestros muelles y que, por insólito, llamó su atención: el Obelisco dedicado al marino Antoni Riquer y a los corsarios ibicencos y memorial de una gesta que Flynn se interesó en conocer. Otro detalle curioso de su visita es que pidió la asistencia de submarinistas ibicencos que tuvieran noticia de algún pecio y le ayudaran a localizar ánforas en nuestras aguas. Parece ser que lo intentaron, pero sin ningún resultado. Luego se comentó que los buceadores, más que desvelar hundimientos, estuvieron interesados en arponear algunos meros que luego pudieron vender a restaurantes. El caso fue que su periplo balear duró poco. Alcoholizado, deprimido y separado de su tercera esposa, el actor vendió el ´Zaca´ y murió poco después, refugiado en Vancouver, el 1959. Tenía 50 años. De aquella visita a Ibiza que ahora nos recuerda esta oportuna fotografía de Josep Mª Subirá, me quedo con la festiva contundencia de una de sus frases: «Lo que más aprecio de vuestras islas es que en ellas se vive de forma más lenta, pero más intensa».
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