Día de Todos los Santos
Con el hocico hacia es Cap des Falcó
Un bosque de las cercanías de sa Caleta alberga un cementerio en el que han sido enterradas numerosas mascotas
«Gracias por enseñarme qué es dar sin esperar nada a cambio». No es un epitafio dirigido a un ser humano sino a Ron, un perro. Su dueña lo enterró en las cercanías de sa Caleta, en el bosque de pinos y matas que bordea el abrupto acantilado en dirección a la Punta des Jondal. No es el único animal que yace a lo largo de esa franja de 100 metros de largo paralela a la costa, bajo piedras y con el hocico mirando hacia es Cap des Falcó y los estanques de ses Salines. Ron está acompañado por un centenar de mascotas cuyas tumbas se distinguen por estar formadas por pedruscos. Con el paso de los años, la zona se ha convertido en un improvisado, pero conmovedor, cementerio de animales ilegal al que recurren quienes no aceptan que su fiel compañero acabe pudriéndose en Ca na Putxa.
Junto al collar con dibujos de huesitos de Ron, su dueña dejó, envuelto en plástico, un largo epitafio de despedida: «Gracias por hacer de mí una mejor persona. Gracias por enseñarme qué es compartir, qué es no sentirse sola sin necesidad de hablar». Rememorarle le hace «llorar de pena, porque ya no le puede «acariciar ni abrazar». Pero esos mismos recuerdos, admite, le hacen al final «sonreír».
Un collar y San Antón
El primer túmulo que aparece al entrar en ese cementerio es un enorme cúmulo de piedras sobre el que hay un palo del que cuelga un grueso collar verde, sin más señas, algo habitual en muchas de las tumbas. El anonimato es lo habitual. Pero sobre otras hay fotos, objetos, fechas del nacimiento y muerte de las mascotas, sus nombres. Cerca se encuentra, por ejemplo, la de un bóxer cuyo retrato enmarcado reposa sobre una losa en la que sus propietarios depositaron un collar de cuentas blancas con un crucifijo, así como una medalla de San Antón, patrón de las mascotas.
Rosas artificiales, el arnés que llevaron hasta su muerte, lirios, una cruz hecha con palos y atada con el que fue su collar. Sus sepulturas están adornadas con decenas de motivos. Como el primer plano de un joven podenco ibicenco, conservado dentro de un portafolios de plástico para que aguante las inclemencias. Precisamente, muchos de los retratos que identifican las tumbas apenas se ven ya debido a la humedad y al sol. En algunos hay ofrendas de las que solo los dueños saben su significado, como un pincel y un tarro de pintura blanca.
Mucho ´love´
En la tumba de Pipi queda claro que fue una mascota adorable. Sobre ella hay una botella de Moët & Chandon, un cuenco de agua y un lirio artificial. Sus dueños escribieron en cada pétalo (muchas veces) las palabras ´love´ o ´amor´.
«Nunca te olvidaremos», se puede aún leer sobre una tabla roja colocada en vertical junto a Milton (2005-2013). «Cubanito mío»: es como en se refieren a ese animal, que llevaba en el cuello un collar con tachuelas. Entre los cantos asoman varios corazones de cartón recortados, cada uno con mensajes difíciles de leer.
La imagen de Goa (nadando con un cabo en su boca) resiste mejor al estar fijada en una placa propia de los cementerios humanos. Y eso que murió en agosto de hace nueve años: «Siempre estás en nosotros. Te queremos».
Cinta y tequila
Para mantener vivo el recuerdo de otra de las mascotas colocaron, junto al montón de piedras, un gran còdol en el que escribieron su fecha de nacimiento (1996) y defunción (2012). Y plantaron una cinta (Chlorophytum comosum). Una enorme margarita artificial metida en una botella de tequila marca dónde descansa otro ser querido.
Junto a las piedras que delimitan la sepultura de Roy (1997-2014) hay infinidad de objetos: unas gafas de sol, una cuerda naranja, dos de sus collares, molinillos, caracolas, un dibujo hecho sobre una corteza de madera, dos pulseras. Los pinos que hay en las proximidades están rodeados por círculos de piedrecitas. Y cerca se encuentra otra tumba decorada con margaritas de trapo, plástico, cera o madera, además de un angelote pensativo.
El conejito de Swami
Varias palmeras de colores alegran el lugar donde yace un enorme y peludo golden retriever, al que su dueña besa efusivamente en una foto enmarcada. Junto a Swami (2010-2016) crecen varias plantas crasas y cactus. Han pintado su nombre y fechas de nacimiento y muerte (y un corazón) en una larga madera. Al lado de su foto (plastificada) asoman un conejito de peluche, posiblemente su juguete favorito, y mariposas troqueladas.
A Coco le despidieron con un ramo de flores y mensajes escritos sobre láminas por una familia que le adoraba. Sus fotos ya han sido veladas por los rayos de sol. Chola fue enterrada allí en septiembre. Su dueña hizo un collage con su nombre, varias fotos de la yorkshire (en una aparece la propietaria, en otras la mascota reposa sobre la letra ´c´ o la letra ´a´) y una frase: «Te quiero y te extraño, mi nena». Le acompaña su arnés diminuto, rosa y con huellas de patas.
Dos estrellas
Bajo un pino, también mirando hacia es Cap des Falcó (las vistas desde allí son sensacionales) y apoyada en su tronco, hay la imagen enmarcada de otro perro, del que ya solo se adivinan los ojos porque el sol ha devorado el resto de la imagen. A escasos centímetros, sobre su túmulo, dejaron varias ofrendas: un muñeco de plástico, un mechero, dos vasos de cristal profusamente decorados y una rosa de cera.
No huele bien donde fue enterrada Tula, muerta en 2011, pues cerca se descompone un perro sin enterrar. A su fotografía enmarcada le acompañan dos grandes estrellas plateadas como las que se usan para coronar los árboles de Navidad, y un par de piedras que, a modo de lápidas, incluyen algunos datos de una mascota que seguro que dejó un recuerdo imborrable en sus dueños.
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