Los delicados 10,5 gramos del petirrojo no corren peligro en las manos de Esteban Cardona y Oliver Martínez, dos anilladores de aves con dos décadas de experiencia. «Hay que ser muy sensible, muy fino para coger a esos pajaritos y no dañarles. Sobre todo no hay que apretar su pecho, que es muy sensible», advierte Lina Torres, educadora ambiental del Parque Natural de ses Salines, donde se mostró a 15 personas cómo se llevan a cabo los anillamientos científicos periódicos. Martínez y Cardona manejan con soltura esos gramos (los de apenas una loncha de jamón york) de alas aterciopeladas y patas como mondadientes. Con sus manazas los voltean delicadamente (sin dañarles una sola pluma) y sujetan su cuello o las patas entre los dedos (según convenga para tomar sus medidas), que mueven con la rapidez de un virtuoso pianista. Por momentos, parecen prestidigitadores.
Para tomar sus datos biométricos, antes han de capturarlos. A las 7.30 horas de colocaron cerca de es Pouet, en el camino de ses Salines que une el aparcamiento con la torre de ses Portes, cuatro finas redes japonesas de 12 metros cada una, en total 48 metros. El sistema es sencillo: en pleno vuelo, los pájaros se estampan contra las mallas. El impacto no les daña porque no están tensadas, sino que forman bolsas, en las que caen tras toparse en el aire con esa red casi invisible.
Llega entonces el delicado momento de extraerlos de la trampa. Han de ir por partes: primero deben liberar las finas patas de la red, para extraer a continuación (y por este orden), las alas y la cabeza. No es fácil agarrar una curruca cabecinegra de solo siete gramos que se agita como una lagartija y, al mismo tiempo, retirar cuidadosamente de sus tarsos la tupida red japonesa. Peor, asegura Martínez, es cuando se las tienen que ver con un carbonero común, que «no colabora y no para de retorcerse», o, aún peor, con un alcaudón: «Es un puñetero, muy agresivo», cuenta el anillador, que no obstante se las ha visto con otros más feroces, los cormoranes, sin ir más lejos, que les dejan las manos magulladas a picotazos: «El corb marí sí que tiene unos buenos bíceps... y muy mala leche. ¡Cómo te deja los dedos!».
Poca grasa
Tras depositarlos en el interior de unas bolsas de tela para que se tranquilicen en la oscuridad, proceden a medirlos. Con el fin de saber cuánta grasa tienen, Martínez sopla sostenidamente sobre el pecho del petirrojo para separar las plumas y comprobar de qué color lo tiene. Si es muy amarillo, tiene mucha. Los atrapados el día anterior estaban famélicos, necesitaban «un almuerzo rápido», unas semillas o unos gusanitos del bosque cercano. Dependiendo de la cantidad de grasa saben si acaban de llegar tras una migración (poca), se están apareando (mucha) o están a punto de partir hacia otro continente (también mucha).
Tras medirles con un pie de rey cada parte de sus cuerpecitos, anotan los datos en una hoja de campaña. Por ejemplo, la edad, que la saben, aproximadamente, al estudiar su cola. Los petirrojos del día anterior nacieron el pasado año, pasaron el invierno en Ibiza y en breve volarán hacia Europa. Les espera una vida apasionante pero breve, según Cardona: «La esperanza de vida del petirrojo es de apenas año y medio», comenta sin inmutarse pese a la cara de no haber roto nunca un plato del pequeño Erithacus rubecula que sujeta en su mano. Martínez augura que en cuanto lo suelte iniciará una existencia llena de riesgos y aventuras: un halcón por allí, una escopeta de perdigones por allá. No es fácil ser petirrojo.
Que baile en el tarso
Cardona y Martínez estrenaban anillos, que son como el DNI de las aves. Los nuevos son de la Sociedad Aranzadi, «los pioneros del anillamiento en España», apuntó Martínez. Hechos de aluminio, una ristra de un centenar apenas pesa. Cada uno lleva grabado una matrícula compuesta por unas letras y unos números. Y cada ave requiere uno de su tamaño. A los petirrojos les colocan el de 2,3 milímetros, mientras que a la curruca cabecinegra, más enclenque, el de dos milímetros.
De nuevo, la habilidad y delicadeza del anillador es crucial. Para ajustar el anillo en el tarso del pájaro se requiere la destreza manual del mago: hay que sujetar al animal, evitar dañarle una sola pluma y, a la vez, colocar la placa del ligerísimo metal en la extremidad. Pero no de cualquier manera: «El anillo tiene que moverse, ha de bailar sobre el tarso para evitar que le produzca heridas», subraya Martínez. «No puede quedar ajustado como un reloj, pues le dañaría», recalca.
Lo sujetan al tarso con un alicate que dispone de cinco diámetros distintos, uno para cada medida de anillo con el fin de no reventar la pata al apretar. Además de bailar sobre el tarso, los extremos de la lámina de aluminio no pueden solaparse, ya que también podrían causarles heridas e, incluso, provocar que se quedaran enganchados en ramas o en cables: «Esto es un trabajo de precisión», comenta Martínez.
Hay anillos para cada tipo de ave, desde los gruesos de PVC para cormoranes y gaviotas (cuyas letras y números se pueden leer a distancia con unos prismáticos, lo que evita tener que capturarlos) hasta uno minúsculo para el grácil martín pescador, que según Martínez tiene un tarso diminuto.
La presteza de los anilladores también se mide por su velocidad. Han de extraer al ave de la red y tomar sus medidas lo más rápido que puedan (y ante todo sin dañarla) para que sufra el menor estrés posible. Pero la última prueba, la de su pesaje, es la que requiere más habilidad, pues hay que liberar al pájaro durante unos instantes. ¿Cómo se puede conseguir sin que se escape? Tienen un truco: lo voltean bocabajo e introducen con sumo cuidado su cabecita en un tubo negro (el que se usa para conservar los carretes de película fotográfica). En la oscuridad de ese pequeño cilindro, el petirrojo se tranquiliza hasta el punto de quedar totalmente quieto, como paralizado. No se le mueve ni una uña. Del frasco sobresale medio cuerpo y sus patas, una postura muy humillante, aunque práctica, pues es la única manera que tienen los anilladores de pesar en una balanza eléctrica de precisión a esos nerviosos y ligeros paseriformes que levantan apenas una decena de gramos. En cuanto liberan de allí la cabezota, recobran sus gestos descarados, baten las alas y salen zumbando.