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Pedro María Asensio

El poeta Juan Ramón Jiménez, que se distinguió siempre por buscar la expresión esencial, la palabra justa y la definición más exacta, se refirió al arte en cierta ocasión como una «aspiración constante a algo nuevo». Esta fue, en realidad, también simplificando al máximo, la gran lección de las vanguardias artísticas, lección que permanece aún de muchas formas. Y en esto consiste todavía el riesgo que algunos artistas continúan dispuestos a asumir con su trabajo. Aspirar a algo nuevo ha sido siempre, para cualquier artista de verdad, un reto, pero también, en cierta manera, una obligación. Siempre he creído que la obra de Pedro María Asensio respondía, de un modo radical y convincente, a esta experiencia de compromiso con el arte.

Hace casi diez años, con motivo de la que hasta ahora había sido su última exposición individual, escribí lo siguiente: «Huyendo de lo convencional y de la autocomplacencia, Pedro María Asensio crea espacios para el arte: paneles, objetos, cajas..., espacios indeterminados -en consonancia con las más importantes búsquedas artísticas del siglo XX- que nos comunican siempre lo mismo: la arbitrariedad de los límites». Próximas a la poesía verdadera, añadiría ahora, las creaciones de Asensio juegan siempre con los límites convencionales -y por tanto con nuestra manera convencional de mirar el arte-, nos conducen siempre hasta un territorio de la imaginación, que con frecuencia parece un taller consagrado a examinar las múltiples apariencias: un lugar donde parece estar gestándose, como un gran experimento, la auténtica realidad.

En `Futuros perdidos´, la nueva exposición que Pedro María Asensio presenta en estos días, asistimos a la representación de una ciudad deconstruida y blanca. Más de doscientas piezas de madera, formas indeterminadas, no figurativas, aparecen dispuestas -como si de una revelación o de un sueño se tratara: aspecto éste muy importante en las obras de Asensio y razón primera de su capacidad para sorprender- a lo largo de la pendiente de la gran sala de exposiciones del Colegio de Arquitectos. Se trata, pues, de una obra planteada como una subida, y no sólo por las condiciones del espacio, sino también, o sobre todo, por la amplitud de posibilidades simbólicas del ascenso. Una gran obra que recorremos no solamente con los ojos, sino también con el cuerpo, mientras buscamos, seguramente en vano, respuestas para la extrañeza y la inquietud que este mismo recorrido nos provoca.

El arte no suele dar respuestas, ofrece un hogar para nuestras inquietudes. Y este esqueleto urbano que, a modo también de extraña partitura musical, se nos aparece de pronto como pidiendo ser interpretado, es en sí mismo una gran pregunta formulada al futuro. En su extrañeza habita el vértigo del porvenir, la soledad y el vacío. Habita el desasosiego y la música de los sueños rotos. Reconocemos, en su conjunto, una ciudad futurista, pero cada una de las piezas que la componen -y cada una es, en sí misma, un escultura independiente-, no representan nada, no se parecen a nada: son formas abstractas en cuyo corazón, como reza la cita de George Steiner que preside esta exposición, «se encuentra una tristeza, una huella de la pérdida».

Ocho grandes cuadros completan este inquietante escenario. En ellos, las estructuras geométricas, labradas con diferentes colores, nos invitan a soñar con cristales y espejos: con ventanas que dan a la ciudad fantasma. Todo se resuelve aquí en el interior de la sugerencia, en el arte puro. Nada es real, salvo la auténtica realidad que estas obras son y proponen en cada uno de nosotros. Hay belleza en esta exposición, pero una belleza que no se recrea ni se complace, que habita en las complejas pero a la vez sencillas relaciones entre los objetos, así como en los pasos que nos vemos obligados a dar para conocer la obra, es decir, en la misma subida. Un camino de cuya transparencia e inquietud sólo podemos decir que son como la aventura abierta y arriesgada de las ideas que verdaderamente importan en la vida.

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