La imagen de alguien dando un sermón a otra persona está dentro de nuestro imaginario colectivo y cultural. En la infancia es cuando es más común que veamos a padres, madres o profesores echar un sermón al niño o niña porque el adulto considera que no tiene una actitud adecuada.

Aunque creamos que con los sermones los niños y niñas aprenden, estamos usando nuestra figura de autoridad para enseñar algo de manera condescendiente, y esto puede tener ciertas repercusiones en los menores.

Razones por las que sermoneamos a nuestros hijos

Cuando tenemos hijos e hijas, nos convertimos en las figuras de autoridad de esos niños. Somos los responsables de educarles y también de reconducir las conductas que no nos parecen adecuadas. A veces nos desesperan y recurrimos a herramientas antiguas como castigos, chantajes o sermones para poder cambiar la conducta. Es cierto que con esta forma de educar se ve un resultado al instante: nuestro hijo cambia su conducta por miedo a la reprimenda. Sin embargo, estas herramientas, entre ellas el sermón, no proporcionan al niño las habilidades para que entienda que esa conducta está mal, y a largo plazo seguirá realizándola.

Cuando se dan estas conductas inadecuadas, solemos perder los nervios, nos ponemos en modo alerta y buscamos la forma de llevar la razón. Este sermón nos sirve como forma de demostrar ante nuestros hijos e hijas que quién tiene la verdad absoluta somos nosotros. Así, sermonear sigue potenciando la sociedad adultocéntrica, en la que por ser adultos creemos que debemos tener más razón que un niño o un adolescente.

Repercusiones en el vínculo con el niño

El sermón, el castigo, la reprimenda... Todas estas herramientas van a empeorar el vínculo con nuestro hijo o hija. Por una parte, va a dificultar la comunicación que tengamos con ellos: nosotros con el sermón no permitimos ningún comentario, no permitimos que ellos nos expongan su visión y tampoco buscamos una comunicación asertiva. Esta falta de comunicación bidireccional va a influir en las conductas que tengan nuestros hijos. Al no ver que su opinión y su visión se tiene en cuenta, hay mayor probabilidad de que quiera desobedecer nuestros límites.

Por otra parte, va a generar mayor desconfianza hacia nosotros y hacia las figuras de autoridad que vaya conociendo en su futuro. Puede que no confíe en nosotros para contarnos las cosas y que no nos vea como personas en las que refugiarse cuando algo va mal. Asimismo, cuando se tope con jefes y otras personas con autoridad no sabrá cómo alzar la voz, ni cómo hacer valer sus derechos.

Cómo evitar sermonear a los hijos

La comunicación asertiva es la mejor forma de evitar el sermón. Esta comunicación busca “comunicar de un modo respetuoso y oportuno lo que yo siento y para acoger con el mismo respeto lo que sienten los otros”, tal y como explican Eva Bach y Anna Forés en su libro “La asertividad”. Cuando nuestro hijo o hija haga una conducta inadecuada, antes de soltar un sermón, contémosles lo que nos ha molestado, cómo nos ha hecho sentir y la petición que queramos tener.

Podemos usar para ello la técnica del sándwich. Imaginemos un sándwich. Podemos diferenciar en él tres capas: una de pan, otra del contenido que queramos incluir en el sándwich y otra más de pan. La comunicación con nuestro hijo también tiene que tener varias capas o fases. Vayamos capa por capa:

1ª capa: comunicación basada en la comprensión y en el halago. A pesar de que haya tenido un mal comportamiento, debemos mostrar empatía y señalarles que comprendemos que tengan ciertas emociones que les producen esas conductas.

2ª capa: crítica constructiva a la conducta del niño o niña. Debemos decírselo con mensajes claros, breves y sencillos, usando palabras que ellos entiendan. Si vemos que no lo han comprendido, repitámosles el mensaje.

3ª capa: reafirmar sus capacidades y búsqueda de la solución. Si son muy pequeños podemos darles opciones para que ellos vean qué formas de solución tienen.