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Dominical

Imaginario de Ibiza: sa Penya y el contraste con los megayates

La cara norte del baluarte de Santa Llúcia ofrece una visión de dos ibizas contrapuestas: las lujosas embarcaciones que amarran en el antiguo muelle pesquero y las viviendas al pie de las murallas, sinónimo de marginalidad desde hace décadas

Imagen aérea de sa Penya.

Imagen aérea de sa Penya. / Xescu Prats

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@xescuprats

Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…

Groucho Marx

Alphaville, en Sao Paulo; Nordelta, en Buenos Aires; Santa Fe, en Ciudad de México, o La Planicie y Las Casuarinas, en Lima, son ejemplos de barrios aislados en ciudades de América Latina con elevadas tasas de criminalidad. Estas urbanizaciones destinadas a familias de alto poder adquisitivo, con fuertes medidas de seguridad, controles de acceso restringido, vallas de aislamiento e incluso autogobierno en algunos casos, contrastan radicalmente con las barriadas miserables que se asientan en sus proximidades. Lagos cristalinos, jardines inmaculados, edificios impolutos, calles relucientes, comercios de lujo y colegios bilingües, frente a la mugre de las chavelas, las balaceras de los narcos, las escuelas destartaladas y unas calles carcomidas por la pobreza y el abandono.

Aunque en Ibiza cada vez existe una mayor diferencia entre ricos y pobres, y ya incluso padecemos el triste fenómeno de las chabolas a consecuencia de la carestía de la vivienda, no se registran unas diferencias tan acentuadas en la pirámide social. La manera de visualizar un contraste y proximidad lejanamente parecidos entre riqueza y pobreza requiere ascender a las murallas de Dalt Vila, acercarse al baluarte de Santa Llúcia y asomarse a sa Penya desde las troneras de la cara norte.

Al sobrevolar el antiguo barrio de los pescadores, tal y como exhibe la imagen que ilustra esta página, aparecen en primer término las viviendas del Carrer de Vista Alegre justo al pie de las murallas. Hogares minúsculos de familias grandes, que obligaban a hacer vida en la calle, como ponen de manifiesto las sillas colocadas frente a las casas para tomar el fresco y los tendederos que cuelgan de las fachadas o instalados a ras de suelo. Junto a ellos, motocicletas estacionadas, paredes desconchadas, techos rotos, cables y antenas parabólicas sobre las fachadas, aparatos de aire acondicionado en los balcones, suciedad en las calles y hasta una manguera desenrollada sobre la acera.

Y si pudiésemos continuar a vista de pájaro por las travesías y plazuelas recónditas que descienden hacia el puerto, probablemente encontraríamos la procesión de drogadictos, ya no tan multitudinaria como antaño, en busca del alivio de la dosis diaria, hasta adentrarnos en la frontera de la calle de la Mare de Déu, donde los bares marcan la transición con el puerto.

El contraste, en este caso, lo aportan los neones de los lujosos megayates que refulgen más allá de las azoteas, mientras permanecen amarrados a los norays. Con sus cenas servidas por camareros uniformados en la cubierta de popa, su ocasional música estruendosa que condena al barrio a escucharla y los paseantes que anhelan la vida de la que presumen sus tripulantes, mientras transitan por el zoológico onírico de la noche ibicenca. No es igual que el contraste entre los exclusivos condominios latinoamericanos y los bohíos que se arraciman en los montes hacia la selva, pero resulta igualmente insólito para todo aquel que, desde la ignorancia, se asoma a esta extraña versión de Ibiza.

¿Una nueva transición?

A lo largo del tiempo, marinos y pescadores fueron construyendo el barrio de sa Penya a la sombra de las murallas, hasta el extremo de que a mediados del siglo pasado allí residían más de 2.000 personas. Con la construcción del ensanche de la ciudad, la mayor parte de aquellas familias renunciaron a sus casas por las comodidades que ofrecían los nuevos pisos del interior. Sus viviendas abandonadas fueron ocupadas y el barrio sufrió un largo proceso de degradación y marginalidad que aún perdura. En las últimas décadas, el Ayuntamiento de Ibiza puso en marcha diversas estrategias para revitalizarlo, aunque todas ellas carecían de contundencia y ambición. Sólo cuando ha entrado en juego el interés inmobiliario y la promesa del beneficio sa Penya parece experimentar otra evolución. Una de las azoteas de la imagen lleva el apellido del empresario foráneo que ha adquirido más de 30 viviendas en el arrabal.

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