Historia
Memoria de la isla: un lugar icónico en Formentera
En los años 60, Ibiza despertaba. Era un bosque de grúas que levantaban hoteles en sus litorales y Diario de Ibiza, atento a la ‘movida’, cerraba el estiaje con el número de turistas que superaba las cifras un año tras otro. También Formentera se desperezaba, pero más despacio. Todavía permanecería un tiempo aletargada, silenciosa y solitaria, como un mundo aparte.

Fonda Pepe en una imagen de archivo. / PABLO RIVAS
Hasta el 15 de marzo de aquellos 60, fecha en la que cedieron las cuadernas del ‘Manolito’ que fue a morir en es Racó de s’Alga, la mítica balandra había sido el único correo que unía lbiza y Formentera. A partir de entonces fue ‘La Joven Dolores’ la barca encargada de cubrir el trayecto. Blanca en la obra muerta, de cubierta verde y borda roja, podía transportar hasta tres coches en la proa. Una muestra de la sinigularidsad de aquellos años la tenemos en una anéctota que hoy es difícil de creer, surrealista. Mi compañera y yo pasábamos en Formentera los agostos y, cuando dejábamos la isla para volver a Barcelona, concertábamos con el patrón, con un año de antelación, el transporte del coche a la isla para el año siguiente. Y no éramos una excepción. El patrón recogía nuestra insólita reserva en un bloc de notas y todo lo que teníamos que hacer era recordárselo por teléfono a mediados del mes de julio, para darle la fecha exacta del viaje.
Aquella Formentera no era la que conocemos hoy. El turismo masivo tardaría todavía en llegar y, en pleno verano, las playas de Illetes y Mitjorn estaban, casi, felizmente vacías. Como estaba solitario el entorno privilegiado de los faros y las sorprendentes canteras de sa Pedrera, en el poniente de la isla. Uno de los atractivos de la isla es que no faltaban personajes de novela como Rolf Stanberg, el galerista sueco de San Ferran que se inventaba insólitas arqueologías; o Javier Pérez de Arévalo, el último farero de la Mola que creaba músicas, alucinados relatos y que con Kole Seoane nos dejó la historia de la mítica linterna, ‘El faro de Formentera’; o Robert Lewis Baldon, Bob para nosotros, que en el 44 de San Ferran, junto a la Fonda,se inventó, con las lecturas finiquitadas que dejaban los primeros viajeros, la ‘Librería Internacional’ que facilitaba el intercambio de toda clase de libros de los que llegó a reunir más de 20.000 volúmenes en todas las lenguas imaginables.
Pero para nosotros, cabe decirlo, no éran menos célebres los domésticos anfitriones que durante muchos años tuvimos en la Fonda Pepe, el propio Pep, dueño del establecimiento, que salía cada noche en su llaüt y proveía de pescado fresco a la cocina, Julián, el hereu, mozo entonces, que llevaba los libros y proponía arriesgadas innovaciones, y luego estaba nuestra querida Rosalía, la voluntariosa gobernanta que se hacía entender en cualquier idoma y mantenía a raya a todo hijo de vecino. Rosalía hablaba por los codos, cantaba, gritaba, susurraba, gesticulaba, no paraba un momento y mantenía con disciplina y celo el buen funcionamiento del establecimiento. Controlaba las entradas y salidas, distribuía el correo y, para que los huéspedes no utilizaran el teléfono de matute, lo protegía con un candado. Nada extraño, cuando las llamadas hubieran podido ser a Suecia, Alemania o Dinamarca. Rosalía era el alma la Fonda. Otra peculiaridad de aquellos días que hoy puede sorprender es que, de un año para otro, Rosalía nos reservaba la misma habitación, la que se ve en la fotografía más a la derecha según se mira, en el segundo piso. No era un privilegio menor, porque en el otro lado de la calle estaba el bar-restaurante de la Fonda que recuerdo como un saloon del Far West y que en aquellos días, en los 70, era una institución en la isla. La Fonda tenía en las atardecidas sus mejores momentos. Cuando el sol se iba, algunos huéspedes sacábamos sillas a la calle que entonces era de tierra y se creaba una tertulia de especímes variopintos, residentes extranjeros, algún vecino, algún artesano, un pintor, la maestra del pueblo, el funcionario de correos y, cuando se terciaba, se sumaba mossenyer. Allí hablábamos de todo y de nada. A la paz de Dios.
Un momento especial
Entonces no nos dimos cuenta, pero estábamos en el lugar adecuado y en el momento justo para ser testigos del fenómeno que puso en el mapa a Formentera y, posiblemente, también a Ibiza: el desembarco de los hippies (que en teoría, solo en teoría, oponían el mundo hip, rebelde, al vivir adocenado de la sociedad square o de consumo). También les llamábamos peluts por sus pelambreras. Primero fue un goteo de jóvenes que vivían en comunas dispersas en el interior de la isla y que si llamaban la atención era, más que por otra cosa, por su particular atuendo oriental y desastrado de vivos colores, túnicas, chalecos, blusones, turbantes, cíngulos y el obligado capazo al hombro que acabó siendo su seña de identidad. Aquellos despendulados ‘hijos de las flores’ convirtieron el bar de la Fonda en un lugar de encuentro y obligada peregrinación, algo que sucedía en las atardecidas.
Cuando el día se iba, llegaban desde los cuatro puntos cardinales, sin prisas, arrastrando los pies. Supongo que su concurrencia respondía a que San Ferran, en el centro geográfico de Formentera era como el ombligo de la isla y un cruce de caminos. Y si el lugar atraía como un imán era también, creo yo, porque el bar no sólo era bar. Era estafeta de correos, estanco, aula metafísica y libertario tablón de anuncios que funcionaba como periódico local. En una columna y en las paredes colgaban toda clase de noticias y notas con avisos como, se comparte habitación, esta noche hay fiesta en es Carnatge, regalo saco de dormir, se busca compañía para viajar a Copenhague y cosas así.
Ausentes y ensimismados
En su lado sur, el bar tenía un cercado (tancó), un pedregal de lagartijas y figueres de pic que no exigía consumición y en el que, en pequeños corrillos o solos, aquellos jóvenes automarginados y desinhibidos, pacifistas, místicos y qué sé yo, dejaban pasar las horas ausentes y ensimismados, -hablaban poco-, mientras alguno punteaba las cuerdas de una guitarra, otro soplaba una flauta y un tercero palmeaba quedo, como si fuera un tambor, una caja de madera. La verdad es que no importunaban en absoluto, aunque, eso sí, aquello duraba hasta bien entrada la madrugada. Para entonces, nosotros, en la habitación de enfrente, acunados, ya nos habíamos dormido.
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