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Imaginario de Ibiza: El faro de Santa Eulària des Riu
Aunque no irradie luz, la cúpula carmesí del Puig de Missa constituye el más importante símbolo del patrimonio oriental de la isla, en contraste con la capa de cal viva que cubre este conjunto monumental

La cúpula del Puig de Missa de Santa Eulària. / DI
Luz del alma, luz divina, faro, antorcha, estrella, sol... Un hombre a tientas camina; lleva a la espalda un farol.
Santa Eulària –a diferencia del municipio de Ibiza, con es Botafoc; Sant Antoni, con ses Coves Blanques, y Sant Joan, con es Moscarter y sa Punta Grossa– no posee un faro en territorio insular, ya sea operativo o fuera de servicio. Sant Josep acumula cuatro, pero no son accesibles desde la costa ibicenca, ya que están repartidos por los islotes de sa Conillera, sa Bleda Plana, es Penjats y es Vedrà. Y a Santa Eulària le ocurre lo mismo con el de Tagomago, invisible para su gente, excepto pescadores y navegantes, puesto que se halla en el Cap de Xaloc, orientado a mar abierto.
Santa Eulària, sin embargo, posee un faro que no ilumina con luz, pero sí con presencia, y que constituye el mejor icono de este municipio que, junto con Sant Joan, parece seguir aferrándose –esperemos que por mucho tiempo– a la Ibiza de antaño, aunque sus huestes también vayan sufriendo bajas en aras de este mal llamado progreso que transforma la isla en un territorio cada vez más irreconocible, insufrible e impagable.
De cuantos faros sin luz encontramos en Ibiza, hay dos que destacan por encima de todos los demás: la torre de la Catedral, en la cima de Dalt Vila, y la cúpula encarnada del Puig de Missa, cuya linterna, concebida para iluminar el interior de la capilla que corona, también recuerda a la de una de estas instalaciones. Durante algunos años, por alguna razón que nunca hemos sabido, se decidió pintar esta medio esfera con una apagada tonalidad de arena, perdiendo todo el protagonismo en favor del semibaluarte pétreo que antaño defendía el templo frente a las escaramuzas de los corsarios norteafricanos que saqueaban las fincas del río. Sin embargo, desde hace ya unos cuantos años, vuelve a lucir escarlata. Dicha pátina contrasta radicalmente con el blanco encalado de los muros del templo y la casa parroquial, y con el azul del cielo, en esos días claros que tanto abundan en la isla, sobre todo más allá de la canícula veraniega y la bruma pantanosa que ésta trae consigo.
El faro de Santa Eulària sobre todo se avista cuando nos aproximamos a la villa por el lado de poniente, desde la capital, coronando el conjunto monumental junto con el campanario. Aunque la espadaña la supera en altura, la cúpula se le anticipa por su adelantada posición geográfica. Y también es visible desde muchos otros ángulos. Por ejemplo, cuando se visita el Centro de Interpretación de Can Planetes, al pie del monte, al bordear la localidad por la variante situada al norte o incluso en el transcurso del ascenso a pie hacia la capilla de sa Creu d’en Ribas, con la fachada principal del templo siempre a la vista y la cúpula a la derecha, dejando el semibaluarte prácticamente invisible. Incluso su linterna se asoma desde las alturas durante los paseos junto a la desembocadura del río, al lado del Pont Vell, y hasta más allá, desde los balcones y azoteas de la urbanización Siesta, donde el conjunto monumental rivaliza en protagonismo con el azul del mar. Quien diga que Santa Eulària no tiene faro es porque nunca la ha pisado.
En 1543 seis galeras turcas atacaron la costa de Santa Eulària. La población encontró refugio en la vieja iglesia, mientras el enemigo se esforzaba en derribar los muros para llevarse cautivos. Aunque la ayuda llegó a tiempo, quedó en evidencia la necesidad de construir un templo de mayor envergadura y resistencia. Por la isla andaba Giovanni Batista Calvi, el ingeniero de las murallas de Dalt Vila, que proyectó parte de la fortaleza del Puig de Missa y el semibaluarte macizo adherido al templo. Se dice que la nueva iglesia fue consagrada en 1568 y que, desde entonces, proporcionó un cobijo más seguro a molineros y demás vecinos del río. Con el paso del tiempo, fue evolucionando, creciendo e incorporando las capillas y el precioso porche de arcos que precede la nave.
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