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Dominical | Historia

Memoria de la isla: la luz en nuestra arquitectura de Ibiza

Es muy posible que el deslumbramiento de la luz que reverbera en el enjalbiego de nuestra arquitectura inspirara a Rusiñol su famoso eslogan, 'Isla Blanca'. Es la misma luz que persigue Sorolla al pintar en s'Arany 'Los contrabandistas'’. Y la luz que Ferrer Guasch atrapa en sus cuadros

Ca n'Andreu des Trull, Sant Carles.

Ca n'Andreu des Trull, Sant Carles. / DI

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Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Ibiza

Más que blanca, Ibiza es esplendente, es luminosa. Lo que prima en la isla es la luz. Y sus colores dominantes son, con diferencia, los azules que nos abrazan de mar y cielo, y el verde de los pinos que cubren, casi sin interrupción, montañas y valles. Y por encima de los colores está la luz. Inexorable, jubilosa, cegadora, bíblica, estremecida. Una luz mediterránea que en Ibiza adquiere una cualidad trascendental. Una luz que nos desnuda, que puede curarnos o enloquecernos. No hay adjetivos para definirla. Nuestros payeses se han protegido siempre de ese vértigo y aturdimiento de una luz excesiva. Es difícil verlos en el campo sin su sombrero de paja. Y cuando hacen camino, a pie o en carro, no dejan de esquivar la solana con enormes paraguas que en la isla, más que para la lluvia, son útiles parasoles. A nadie le extraña. Incluso los rebaños se protegen del sol y de la luz debajo de las homéricas higueras. Pero donde la importancia de la luz se hace notar de manera significativa y determinante es en las casas de nuestra arquitectura rural, donde la creación del 'espacio' es el objetivo prioritario, un espacio que no sólo lo configuran los muros, lo configura también la luz que no es sólo referencia visual, sino instancia existencial en la que nos movemos y somos.

El payés no entraba en divagaciones, le bastaba el sentido común y la experiencia. El hecho es que, en la casa tradicional ibicenca, la luz configura la masa, subraya las formas, acentúa perfiles, líneas y planos, hace vibrar las superficies, proporciona relieves, matices, contrastes, y configura la atmósfera de cada módulo del casament, (porxo, cuina o dormitoris), según es su función. Y lo consigue en buena medida por sus aberturas, las mínimas necesarias en un cerramiento que, precisamente, defiende de la excesiva luz. Nuestra casa rural tiene muy en cuenta la luz en su ubicación y orientación, siempre al sur, pero protegiendo su fachada con su tradicional espacio porticado. No deja de sorprender que, de manera tan natural, el payés domestique la luz para hacerla habitable, útil y expresiva. El gran problema que plantea la luz está en sus variaciones, según son las estaciones, las horas y la climatología. El nivel luminoso de un día claro en la isla puede ser de 100.000 lux y en un día nublado, en atardecidas o amaneceres, de unos 5.000. No se puede, por tanto, controlar la luz exterior, pero sí se puede regular sus efectos en los interiores. Un buen ejemplo lo tenemos en la iluminación lateral y desde un solo punto, como es frecuente en nuestras casas, muy distinta según es el vano y su localización en el muro. La ventana alta, cerca del techo, ofrece una iluminación amplia y difusa que reduce sombras y elimina los puntos de mayor oscuridad; con la ventanas baja, cerca de suelo, ocurre lo contrario, el foco de luz se concentra con intensidad en una zona restringida y próxima a la abertura, pero ganando sombras en los puntos altos y en los rincones.

Largo aprendizaje

Estas opciones, en el payés, no son intuitivas. Son aprendidas en un largo aprendizaje de acierto-error que fija lo que funciona. En estas casas es fácil ver que una habitación, por la graduación de la luz, puede resultar cálida o fría, mayor o más pequeña de lo que en realidad es. Es el valor 'funcional' de la luz. El payés-constructor, homo faber deviene homo ludens que, sin buscarlo, crea belleza. Lo que significa que la utilización de la luz como elemento constructivo tiene, además de un sentido práctico, utilitario y convencional, un sentido estético, efecto y consecuencia del buen hacer que se manifiesta en formas, texturas y expresividad de los materiales. La plasticidad de la luz posibilita que nos comuniquemos con las cosas, y entre nosotros, a un nivel personal e íntimo. Y otro valor de la luz en nuestras casas es vivencial, en el sentido de que nos permite vivir en ellas de una determinada forma. La luz cualifica la vida que hacemos, proporciona sentido espacial. Y la luz tiene también en nuestras casas un sentido temporal: en sus diferentes intensidades, tonalidades y matices –en el reflejo de las paredes, en la penumbra de techos y rincones-, en la misma modificación de la luz, percibimos el paso del tiempo. La luz nos permite 'sentir' el espacio habitado y, en él, el fluir de las horas y los días.

A partir de aquí es fácil ver las relaciones posibles que pueden establecerse entre los distintos valores y efectos de la luz en nuestra arquitectura. La relación más común es la que existe entre los valores objetivos o prácticos –los que nos permiten conocer, gracias a la luz, la naturaleza y textura de los materiales, caso del utilizado en los techos (maderas, cañas, arcillas y algas) y los que podemos calificar valores relativos y estéticos (los que dan al techado interior la apariencia nervada, orgánica, poderosa y de enorme plasticidad de los troncos de sabina. Y otro caso de aquella relación de valores prácticos y relativos lo tenemos en el uso masivo de la cal, signo convencional que se generalizó pasado el peligro del turco para ubicar e identificar las casas aisladas en los campos y bosques de la isla. En este caso, el 'blanco', en fuerte contraste con los azules y verdes de cielos y bosques, facilitaba la localización. Este sentido práctico respondía, también, a una necesidad, conseguía el máximo poder reflectante –de nuevo el poder de la luz- y, por tanto, rechazando un exceso de calor y de luz, mantener los interiores frescos en verano y cálidos en invierno.

Aprovechamiento de la luz

Una lección en el aprovechamiento de la luz que, todavía hoy, sorprende a los arquitectos actuales. Y más, teniendo en cuenta que aquella conjunción de termorregulación y plástica la consiguen, anónimamente, hombres que ni tan siquiera eran constructores profesionales. Pocos pueblos han estado como los árabes en el secreto de la luz y dado que nuestras casas no se parecen en nada a las catalanas que tras la conquista no tuvo ningún efecto en nuestra arquitectura, cabe pena que algo sí heredamos de la sabiduría oriental y meridional mediterránea que hace de la luz una aliada que, en nuestro caso, se manifiesta, sin ornamentaciones innecesarias, en su más pura y desnuda esencialidad.

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