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Memoria de la isla

Memoria de la isla: De aquellos veranos en Formentera

En los años setenta, Gloria y yo pasábamos todos los agostos en Formentera. Recalábamos siempre en la Fonda Pepe, en Sant Ferran de ses Roques.

La emblemática silueta del faro de la Mola, en Formentera.

La emblemática silueta del faro de la Mola, en Formentera. / Gerardo Ferrero

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Miguel Ángel González

Rosalía, la gobernanta de la Fonda Pepe, nos reservaba la misma habitación que, en el primer piso de la fachada, quedaba justo enfrente del bar de la Fonda y del tancó asilvestrado de nopaleras y piedras que quedaba en un lateral del edificio, donde, en las atardecidas, se reunía la hippylandia de aquellos años, los flower children –para nosotros peluts– que se pasaban las horas muertas hasta bien entrada la madrugada en pequeños corrillos, soplando flautas o sonando letánicos y sordos tambores que, si al principio nos desvelaban, al final resultaban hipnóticos y nos facilitaban el sueño. De aquellos utópicos efebos, siempre había alguno que se acuclillaba en un rincón como ensimismado, tal vez ‘colocado’ o sencillamente amodorrado.

La Fonda se deshabitaba por las mañanas. Los huéspedes nos dispersábamos a pie o en bicicleta por los caminos de la isla. Nosotros solíamos ir a la Cala en Baster. Nos fascinaban los singulares varaderos excavados en los cantiles de marès. También íbamos a Trocadors, el larguísimo dedo de roca y arenales que alarga la isla hacia el norte y, según era el viento, podíamos elegir entre las prodigiosas playas de ses Illetes o las de Levante, aguas de insólita trasparencia que, si la marea era baja, nos permitían atravesar con el agua al cuello el estrecho freo del Pas y alcanzar el islote de s’Espalmador. Éramos jóvenes, nos tumbábamos al sol como lagartos y para que las arenas no acabaran siendo una parrilla, vuelta y vuelta, de vez en cuando nos zambullíamos para refrescarnos.

Si aquello no era la felicidad, que me expliquen qué otra cosa puede ser. Fueron días a tal punto inolvidables que después, por aquello de evitar el desencanto, en los cincuenta años que han pasado no hemos vuelto a la isla. El Molí des Carregador, hoy restaurante, entonces estaba abandonado y era una extraordinaria miranda sobre ses illes des Pouet i Redona, Cala Savina, es Racó de ses Ampolles y ses Salines d’en Marroig. En las dunas que las protegían nos topábamos en ocasiones con un conejo blanco que se inmovilizaba al vernos, levantaba muy quieto las orejas y salía espiritado.

En aquellos años, Formentera, con pocos turistas, sí era el último paraíso, pero eso lo sabemos ahora; entonces no nos dábamos cuenta del lujo que suponía disfrutar aquellos veranos insólitos en la isla. A tal punto era así que sucedían cosas increíbles. Era el caso de abandonar la isla y dejar hecha la reserva para embarcar el coche, ida y vuelta, el año siguiente. Y nos sorprendía que el patrón de la ‘Joven Dolores’, la balandra que daba servicio entre Ibiza y Formentera –ya no recuerdo si era Joan Serra ‘Blai’, Vicent Serra o Pep Colomar– anotara el encargo en un bloc de notas. Siempre en las mismas fechas, el 2 y el 31 de agosto, algo que ahora me parece absurdo porque sólo utilizábamos el ‘Renault-Cuatro-Latas’ para ir a Cala Saona, al Cap de Barbaria o subir a la Mola. En aquella Formentera conocimos a personajes singulares. Pepe, el amo de la Fonda, era uno de ellos. Solía salir a pescar de noche y se pasaba luego las mañanas durmiendo en el sofá de skay del comedor, una bendición porque proporcionaba a la cocina pescado fresco.

Cuando el sol se iba, aparecía Rolf Stanberg, un sueco que tenía una galería de arte. Aficionado a la arqueología, nos llevó a lo que luego ha sido el Castellum romano, frente a es Caló; y en los extraños montones de roca del Cap de Barbaria decía reconocer huellas vikingas, aunque esta vez marraba; también creyó ‘ver’ algo en los vestigios de Ca na Costa que luego sería un sepulcro megalítico que es todo un enigma. En aquellos días conocimos también a Robert Lewis Baldon, ‘Bob’, canadiense, un hombre austero y solitario como un monje que, con los libros que dejaban los turistas, creó en Sant Ferran la ‘Librería Internacional’ con miles de novelas en una idiomática Babel que hubiera encantado a Borges. En la Mola conocimos a Mayoral, artesano-joyero, hoy de reconocido prestigio, que en un pequeño taller creaba unas piezas únicas, de inspiración arcana y extraordinaria belleza. Y a Javier Pérez de Arévalo, alto, enjuto, muy barbado, de alborotada cabellera y rostro de profeta. Fue el último farero de las Pitiusas, autor de ‘El far de Formentera’, libro-diario con la historia de la linterna que daría una buena película de avistamientos, naufragios y vivencias de las familias que allí vivieron.

Años después me escribió desde Porto Pí, su nuevo destino al que se trasladó con un enorme disgusto. Diestro en solfas y con buen oído, Javier había creado composiciones New Age que tenían mucho que ver con el paisaje telúrico del faro. Allí conocimos también a Gabrielet (Tur Costa), extraordinario dibujante y ceramista que se inspiraba en el mar y en los mitos para dejarnos sugerentes imágenes de estrellas, lunas de alambre, sirenas, pescadores y grandes peces. Vivía en una precaria vivienda junto al farallón, con una cabra y un palomar. Robinson vocacional, Gabrielet era en sí mismo un canto a la libertad y a la vida.

También en la Mola, recuerdo un colmado que me dejó una imagen curiosa, la de una payesa que llegó con varios quesos que, envueltos en un farcell, cambió por garbanzos, lentejas y conservas. De las excursiones a la Mola no sólo me quedan los paisajes de vértigo del farallón, la torre del faro, la leyenda de Verne que nunca estuvo allí –menciona la isla en una de sus novelas, ‘Héctor Servadac’– y el sendero recto, trazado con tiralíneas, que desde la iglesia del Pilar lleva a la Punta de sa Ruda.

Otros rincones de película, hoy desgraciadamente masificados, eran los del otro faro, el de Barbaria, y las increíbles canteras de marès del poniente de la isla, por sa Empenyalada, es Caló d’en Trull y Porto-Salé, una precisa geometría de piedra de homéricos bloques cúbicos cortados a cuchillo. Era otra Formentera. Después, cuando la isla apareció en el mapa de los destinos vacacionales y llegaron las hordas del norte, ya nada fue igual. Tuvimos una suerte inmensa quienes pudimos conocerla aquellos años.

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