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Imaginario de Ibiza

Imaginario de Ibiza: Sant Antoni y las casas encalladas entre edificios

Con el tiempo, los pueblos evolucionan a ciudades y van creciendo en altura, sustituyendo los sencillos hogares de antaño por bloques modernos. En esta transición, Sant Antoni ocupa un lugar destacado, pues aunque ha experimentado un cambio enorme, aún conserva múltiples casas y chalets a la sombra de inmuebles más grandes que los asedian

Una de las casas encalladas de Sant Antoni».

Una de las casas encalladas de Sant Antoni». / X.P.

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@xescuprats

Ibiza

Y así vamos adelante, botes contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado.

Francis Scott Fitzgerald

Las casas y chalets que antaño componían una cuadrícula de villas modestas, de una o dos plantas a lo sumo, van siendo sustituidos gradualmente por colmenas elevadas, que concentran a docenas de familias donde antaño había una sola. La evolución de la humanidad está intrínsecamente relacionada con la revalorización del suelo y transita en paralelo a ese fenómeno denominado progreso que, con el paso del tiempo, nos damos cuenta que en realidad no era tal cosa, sino un prolongado circunloquio que en determinados aspectos de la vida nos conduce directamente a la involución.

En Ibiza capital dicha transformación prácticamente se ha completado. Las casas que allí sobreviven entre edificios, con la sombra de su futuro proyectándose sobre ellas, pueden contarse con los dedos de las manos, pero aún sigue vigente en los dos pueblos grandes de la isla, a los que aún no nos atrevemos a calificar de ciudades: Santa Eulària y Sant Antoni. Esta última localidad constituye un ejemplo paradigmático, dado el tipo de turismo que acoge –mucho más juvenil y fiestero que el de la villa del río, que sigue apostando por las familias–.

De un plumazo, mediante un paseo rápido a través de sus calles y paseos, nadie que desconozca la historia de Sant Antoni atisbaría su pasado marinero. Las únicas excepciones son el muelle pesquero, que proporciona la única pista fehaciente de que dicha tradición, aunque sea levemente, aún perdura, así como los llaüts y otras embarcaciones antiguas amarradas en los pantanales del Club Nàutic Sant Antoni y de Ports IB, o la estatua del pescador, en el Passeig de ses Fonts.

Las viejas imágenes de Domingo Viñets, con oriundos remendando redes en el paseo, chalanas volteadas en la orilla y payesas caminando por s’Arenal ya son irrepetibles, al igual que las que tomó Toni Ribas para las postales de Casa Figueretes o las escenas costumbristas que capturaba Josep Maria Subirà en sus escapadas a la isla. Hoy, al ascender por el West End, se llame como se llame en el futuro, mientras se pisan con cierto complejo los suelos pigmentados por Okuda, resulta imposible, si no se tiene un profundo conocimiento previo de la geografía urbana del siglo pasado, imaginar ese conglomerado de calles como un conjunto de casitas de payeses y pescadores, con cercados en la parte trasera donde se cultivaban tomates y patatas, y se hacían las matanzas.

Sin embargo, en cuanto uno comienza a deambular por el resto del pueblo, en dirección opuesta al mar, hacia el campo del Portmany y subiendo después hacia el instituto Quartó de Portmany por la calle Ramón y Cajal, la transformación enseguida se hace patente. Hay casas sueltas, inmersas en pequeñas parcelas urbanas con olivos, naranjos y una cisterna en el jardín delantero y huerta en la parte trasera, y también chalets encastrados entre edificios de tres, cuatro y cinco plantas, que mantienen esa coquetería de los payeses y payesas de antaño, quienes, pese a lo modesto de su economía y forma de vida, exhibían cierta coquetería doméstica, pintando las ventanas de azul eléctrico, manteniendo las paredes perfectamente encaladas y adornando las fachadas con buganvilias y parrales, que hoy perduran.

Por alguna razón, esas casas, algunos bares y comercios que se mantienen junto a ellas y que ya existían cuando íbamos al instituto, y el carácter afable de los vecinos de toda la vida que transitan por estas calles, produce cierta reconciliación y una leve esperanza de que no todo se ha perdido.

La historia turística de Ibiza comienza precisamente en la bahía del atardecer. Cuando abrió el primer hotel en Sant Antoni, el Portmany, en 1933, también inició su andadura el Gran Hotel de la capital (luego Montesol) y el Buenavista en Santa Eulària. Sin embargo, el crecimiento de plazas, tras la posguerra, a partir de los años 50, fue exponencial en el entorno de la bahía, donde abrieron muchos más hoteles y servicios complementarios que en ninguna otra zona de la isla.

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