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Memoria de la isla

Memoria de Ibiza: Sensaciones perdidas

Si Ibiza ha experimentado en lo que dura la vida de un hombre un fenómeno que lo abarca todo, ese fenómeno es el cambio que se dio partir de los años sesenta, una mutación de la que no ha escapado nada ni nadie

«Ibiza puede ser un universo si eliminamos las prisas y la velocidad»

«Ibiza puede ser un universo si eliminamos las prisas y la velocidad» / FERNANDO DE LAMA

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Miguel Ángel González

Hoy, la isla es otra. También nosotros somos otros. No insistiré en la jeremiaca lamentación que venimos repitiendo al hablar de paisajes destrozados, cultivos abandonados y tierras que soy hoy eriales. Tampoco hablaré de la elogiada arquitectura autóctona que ha pasado a ser arqueología, sustituida en nuestros días por malos remedos, construcciones que puede ser lujosas pero resultan anodinas, que han perdido funcionalidad y nos engañan con una belleza artificiosa que en su desmesura es insultante. Una debacle, en fin, que conocemos bien. Tampoco diré que ‘todo pasado fue mejor’. Mentiría. Tenemos más comodidades, eso sí, pero no sé si somos más felices.

Quienes conocimos otra isla nos hacemos preguntas que nos incomoda responder: ¿Es mejor la ciudad nueva, la del Ensanche, que la que recordamos de nuestra infancia en la Marina, la Penya y Dalt Vila? ¿Hemos mejorado o hemos empeorado los litorales? ¿No tenemos la impresión de que, con tantísimo coche que nos lleva en minutos de mar a mar, se nos ha encogido la isla, se nos ha quedado pequeña? ¿Recuerda alguien que en los años cincuenta y sesenta tuviéramos el chabolismo que tenemos hoy? ¿Era acaso, entonces, mayor o menor la diferencia entre ricos y pobres? Y la pregunta definitiva: ¿Dejamos a las nuevas generaciones una isla mejor que la que recibimos? Sea cual sea la respuesta, –confieso que la mía me incomoda-, es del todo inútil lamentarse desde una realidad irreversible en muchos aspectos y cuando sólo cabe conseguir –y no estamos en ello- que la bola de los despropósitos siga rodando. Pero hay algo más.

Cuando en el cambio que hemos protagonizado hablamos de pérdidas y ganancias, solemos quedarnos en lo cuantitativo y material, en lo que ahora tenemos, pero nos olvidamos de que también ha cambiado y es muy otra la vida que hacemos. Hoy me ha dado por pensar en las vivencias y sensaciones que teníamos y no tenemos. Pienso en la calma y en el tiempo lento de aquellos años, en una sana anarquía que era muy humana y señal de verdadera libertad. Al margen de los ruidos del mundo, atentos a lo inmediato, concreto y cotidiano, ajenos a los vaivenes y las luchas en que nos enzarzamos, -también entonces sucedía-, la insularidad nos protegía y no teníamos la menor idea de por qué pasaba lo que pasaba. Tampoco lo sabemos hoy, el problema es que ahora la TV nos lo vuelca en directo. No digo que entonces estuviéramos en Babia. Sabíamos, por ejemplo, que un lugar que había sido griego y luego italiano acababa siendo turco, pero pensábamos que tanto daba, que poco importaban las banderas siempre que se viviera en paz con los demás y consigo mismo. En fin, ya sé que esto son sólo divagaciones, solo humo.

Por aterrizar en lo concreto, hoy pienso -es sólo un ejemplo- que resulta estúpido recorrer la isla en automóvil. Hay que caminarla para que siga siendo en muchos aspectos inabarcable y desconocida. El tamaño de la isla no se mide por los kilómetros de las carreteras que tenemos, en nuestro caso demasiadas porque nos roban los caminos. Ibiza puede ser un universo si eliminamos las prisas y la velocidad.

Compruebo, por otra parte, algo curioso: ningún magnate de los que llegan en jet privado y ocupan las portadas de los periódicos tiene la expresión plácida que recuerdo en un viejo payés, Joan Riera, que hace sólo unos días me contaba en Can Cosmi, en Santa Agnès, la dicha que le proporcionaba trabajar la tierra, cuidar su hato de cabras, bajar a ses Balandres donde tenía un pequeño llaüt y salir a pescar en ses Margalides y «davant dels Corrals d’en Guillem», un lugar paradisíaco que descubrí hace años con unos amigos desde tierra, atravesando una cornisa de vértigo que se desmoronaba en el acantilado.

Hace sólo unos días, he vuelto a bajar con dificultad a la pequeña cala que queda al pie de ses Balandres. Hoy no tiene como entonces un tramo de su descenso que se hacía con ayuda de una cuerda y otro, al final, con un simple tronco en el que se habían dejado tocones de rama para que hicieran de escalera. Ses Balandres sigue siendo un paisaje abrupto, desnudo, mineral, de aguas cristalinas y de un profundo color turquesa. Pronto ya no podré bajar, me fallan las rodillas. Abajo no había ni un alma. He podido, como entonces, tenderme como un lagarto al sol sobre las rocas, al borde del agua, y cerrar los ojos sin pensar en nada, sin lamentar nada, sin desear nada. Inmerso en el silencio y la calma, sin nada que atesorar o acumular, sin nada que hacer, dejando pasar el tiempo con la mente en blanco y que una luz cegadora me atravesara los párpados cerrados en una calidoscópica explosión de chispas irisadas.

He tenido la sensación de estar fuera del tiempo, inmerso en un silencio sólo roto por el leve chapoteo del agua. Todavía me ha dado tiempo a contemplar una de esas bíblicas puestas de sol de las que el hombre está completamente ausente, cuando la naturaleza abre simplemente su bocaza sangrante, insaciable, y se traga todo que está a la vista. Siempre lo he sabido, la naturaleza es la gran sanadora.

Lo explico porque son vivencias que hemos perdido, sensaciones antiguas, pero posibles todavía en algunos rincones. Después, cuando he subido trabajosamente el acantilado y he llegado de nuevo a Can Cosmi, he pedido un vaso de agua. Me dicen, como pidiéndome excusas, que es agua de pozo. Me gusta pensar que es agua de sombra, un agua que no ha visto nunca la luz. No quiero ninguna otra para saciar la sed. «No hay mayor goce -dice Gide- que la sed saciada». Después, he pedido una tortilla de patatas que en Can Cosmi la hacen como en ningún otro sitio, un poco crudas y jugosas. Algo se me escapa por la comisura de los labios y sonrío. Ha sido un día de reconciliación con la isla y con uno mismo, de nupcias con el mar y la tierra, de recuperación de sensaciones perdidas. Ha sido un día como los de entonces.

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