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Imaginario de Ibiza

Imaginario de Ibiza: La hora bruja de Cala Tarida no es al atardecer

A primera hora, tras la calma nocturna, la orilla amanece cristalina, turquesa y en silencio, opuesta a la transformación que experimenta según avanzan las horas

Cala Tarida el domingo pasado.

Cala Tarida el domingo pasado. / X.P.

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@xescuprats

Ibiza

Aunque viajemos por todo el mundo para encontrar la belleza, debemos llevarla con nosotros para poder encontrarla.

Ralph Waldo Emerson

Al parecer, el concepto de ‘hora bruja’ tiene su origen en el folklore europeo, cuando se creía que las criaturas sobrenaturales, como brujas, fantasmas y demonios, adquirían la cúspide de su poder. Aunque existen diferentes versiones al respecto, dicha hora mágica se sitúa alrededor de las tres de la madrugada. El término, sin embargo, ha acabado adquiriendo otros usos, como, por ejemplo, el que se aplica en la crianza de los recién nacidos, en aquellos casos en que un bebé llora intensamente todos los días, a la misma hora, en un periodo que abarca desde la tarde hasta la medianoche.

También se emplea en el contexto de las inversiones, aludiendo a la última hora de la bolsa, justo antes de que se cierre el mercado. Muy especialmente determinados viernes en que se produce un gran volumen de operaciones, al tener los inversores que cerrar sus contratos de derivados financieros.

Sin embargo, el concepto de ‘hora bruja’ que más se aproxima al que a mí me interesa lo manejan los fotógrafos. Lo emplean para referirse a los instantes inmediatamente posteriores al amanecer o justo antes del atardecer, cuando la luz es horizontal, alargando las sombras y encendiendo los cielos con dorados, ámbares, malvas y escarlatas. Aplicando un punto de vista parecido a éste, se podría definir como la ‘hora bruja’ de un determinado lugar al periodo del día en que dicho enclave ofrece su mejor versión o, por decirlo de otra manera, exhibe su potencial máximo de hermosura.

Estos últimos años, a los oriundos, nos cuesta recurrir a la palabra belleza para referirnos a Cala Tarida, que antaño, cuando aún era una playa virgen rodeada de dunas y bosques de pinos y sabinas, con tan sólo un par de modestos kioscos, constituía una de las orillas más paradisíacas de la costa crepuscular ibicenca. A cualquier isleño de mi generación que vivió aquella playa idílica hoy se le cae el alma a los pies al contemplar las colinas que la envuelven, antaño puro verde, cubiertas de hoteles escalonados que las ascienden hasta la cumbre. También cuando el terrible fenómeno de la microalga convierte sus aguas cristalinas y turquesas, formenteranas, en una ciénaga oscura y opaca, que echa para atrás al bañista menos escrupuloso.

Hace ya muchos años que se instalaron unas bombas que mueven el agua del mar, refrescando la que está caliente junto a las orillas con otra impulsada desde mayor profundidad, con el objetivo de que la microalga no se eleve del fondo arenoso a la superficie, provocando su lamentable efecto. Sin embargo, desde hace ya unas semanas, los empresarios de la zona se quejan de que las bombas no funcionan correctamente y por la tarde la playa vuelve a quedar convertida en un denso pantanal, especialmente en la parte central, entre los islotes que hay encallados en la arena y que definen la orilla en tres playas. A ellas, por cierto, hay que sumar las de los extremos, más apartadas y escondidas, como es el caso de es Calonet en el lado sur, y los rincones septentrionales próximos al islote conocido como sa Bota o sa Sabata –según a quién se le pregunte–, incluido también es Pujolets.

Siempre había considerado que la hora bruja de Cala Tarida era al atardecer, cuando el sol se esconde frente al acantilado que abraza la cala por el mediodía, acariciando s’Espartar. Así era hasta hace justo una semana, cuando se me ocurrió visitar la playa a primera hora del día y me encontré el panorama que exhibe la fotografía: agua todavía cristalina e impecable, escasez de bañistas y un silencio sepulcral, únicamente interrumpido por algún niño jugando a la pelota, como antaño. Y también lo que no se ve: tráfico inexistente, aparcamiento de sobra y los beach clubs aún cerrados. Definitivamente, si queremos volver a vivir y gozar nuestras playas de antaño, la hora bruja se sitúa entre las 8 y las 9 de la mañana, y Cala Tarida constituye el mejor ejemplo. A los ibicencos sólo nos queda madrugar.

Existe toda una legión de residentes que sigue disfrutando las playas en horario mañanero, para evitar la marabunta. Hoy por hoy, es la única forma de gozar con cierta tranquilidad de arenales tan magníficos como Platges de Comte, ses Salines, es Cavallet, Cala Gració y Gracioneta...

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