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Dominical

Imaginario de Ibiza: La buganvilia sin sombra de Can Bernat Vinya

A pesar de que la vegetación que cubría el popular jardín de la plaza de Sant Josep ha quedado reducida a la mitad, la terraza ha adquirido nueva vida gracias a la música en vivo y a la presencia del vecindario

La buganvilla deCan Bernat Viny y, enfrente, laiglesia de SantJosep.

La buganvilla deCan Bernat Viny y, enfrente, laiglesia de SantJosep. / X.P.

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Xescu Prats @xescuprats *

Ibiza

La belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra

Junichirô Tanizaki

Hace algunos años adquirí en una librería madrileña con solera un librito de Junichirô Tanizaki, publicado por la editorial Siruela, que se titula ‘El elogio de la sombra’. Tal vez por la atracción que ejerce una cultura tan exótica como la japonesa, a lo mejor a causa del sugerente encabezamiento o quizás por la deliciosa encuadernación, no pude evitar hacerme con él. Con el tiempo he llegado a pensar que ese flechazo literario tuvo que ser algo parecido a lo que le ocurrió a Daniel Sempere cuando tampoco fue capaz de eludir el magnetismo de la ‘La sombra del viento’, entre los millones de volúmenes que se acumulaban en el cementerio de los libros olvidados, según describe Carlos Ruiz Zafón en su novela homónima.

A menudo, seleccionamos nuestras lecturas en base a consejos y recomendaciones de amigos y críticos, o, en su defecto, por el orden y contenido de los expositores de las librerías. Sin embargo, en esas raras ocasiones en que descubrimos un libro antológico por casualidad, debido a una intuición inexplicable que nos impele a llevárnoslo, resulta inevitable pensar que se ha producido un pequeño milagro. Así me ocurrió con estos dos volúmenes, cuyas lecciones han acabado haciendo mella en buena parte de los lectores que los han tenido entre las manos.

A ‘La sombra del viento’ la dejamos para mejor ocasión, pero de ‘El elogio de la sombra’ conviene subrayar que es un breve manifiesto sobre la estética japonesa escrito en los años 30 del siglo pasado, no más grueso que el ‘Manifiesto comunista’ de Marx y Engels. El autor sostiene que en Occidente la belleza siempre ha estado vinculada a la luz, la claridad y lo blanco, mientras que en Japón la sombra es tan inherente a la belleza como la propia luz. A lo largo de las páginas, Tanizaki desgrana la trascendencia de lo tenue, de los rincones oscuros y de los contraluces en todo tipo de artes y artesanías niponas, así como en la arquitectura.

Las enseñanzas de Tanizaki, además de intemporales, son aplicables a todo tipo de cuestiones, incluso filosóficas y existenciales, y surgen cuando menos te lo esperas. Incluso contemplando, ahora en pleno verano, la transformación a la que ha sido sometido el jardín de Can Bernat Vinya, en la plaza de Sant Josep, tras la tala y poda de buena parte del pinar que envolvía por completo su superficie, proporcionando una sombra que ahora resultaría impagable.

Por seguridad

El Ayuntamiento, según parece, tuvo que aplicar sierra y podadora el pasado invierno por una cuestión de seguridad, así que ahora la sombra la proporcionan un conjunto de sombrillas blancas, que, aunque no desentonan con la fachada encalada de la iglesia, no es lo mismo. Únicamente ha salido ganando la buganvilia que corona las columnas y el arco que separan la terraza de la calle, que ahora luce esplendorosa sus hojas fucsias, aunque parezca condenada a perder buena parte de su vigor por la canícula, dado que antes quedaba apagada en esa apacible oscuridad que pregonaba Tanizaki.

Lejos de ahuyentar a la clientela, la operación ha culminado con una terraza más viva que nunca, sobre todo por las noches, cuando el calor afloja. No por contradecir a Tanizaki, sino por la atmósfera creada por la nueva gente de Can Bernat Vinya, que ahora programa magníficos conciertos los viernes y los domingos, atrayendo otra vez a la gente del pueblo y a los transeúntes. Desde el punto de vista de la estética y la confortabilidad, tal vez prefiriésemos el jardín de Can Bernat Vinya en sombras, pero desde el existencial, nos quedamos con la vitalidad que fluye hoy en día.

El negocio más antigüo del pueblo

El bar taberna Can Bernat Vinya fue fundado a mediados del siglo XIX por dos hermanos, Joan y Bernat, y por la esposa del primero, Francisca. En aquellos tiempos era un almacén de almendras, algarrobas y otros productos del campo, y también del carbón vegetal que se producía mediante sitges (carboneras) en los bosques cercanos. Con el tiempo evolucionó a café, regentándolo ya los nietos de la pareja fundadora, Joan y Bernat Guasch, fallecidos hace pocos años. Actualmente lo dirige Angelita, que, junto a su equipo, lo mantiene tal y como era hace cien años.

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