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Imaginario de Ibiza

Imaginario de la isla: Una torre que se asoma, Formentera y la épica

Ibiza está salpicada de paisajes sobrecogedores y literarios. Desde es Vedrà a los acantilados de es Amunts, pasando por las murallas renacentistas, las iglesias fortificadas o los bancales de Buscastell, el catálogo es increíblemente extenso. También la costa más abrupta de ses Salines, entre recodos de arena, ‘marès’ y agua turquesa.

La torre de ses Portes y, al fondo, Formentera.

La torre de ses Portes y, al fondo, Formentera. / X.P.

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@xescuprats

Ibiza

Además de la epopeya, los dragones, los caminantes blancos y la trama shakespeariana, gran parte del éxito de la serie ‘Juego de tronos’, que han visto cientos de millones de personas y ha sido declarada la producción televisiva más pirateada de la historia, obedece a sus impresionantes localizaciones: las murallas de Dubrovnik como Desembarco del Rey, la histórica localidad marroquí de Essaouira como la ciudad de los Inmaculados, el parque islandés de Skaftafell como las tierras heladas más allá del muro, la costa irlandesa de Ballintoy como las Islas del Hierro, la ermita vizcaína de San Juan de Gaztelugatxe como Rocadragón…

Ibiza alberga una colección de paisajes que bien podrían haber reemplazado diversos escenarios de la celebérrima serie inspirada en los libros de George R. R. Martin. Las murallas de Ibiza son una opción tan válida como las de Dubrovnik y Es Vedrà habría resultado impresionante como Rocadragón, por poner dos ejemplos incontestables. La zona de ses Salines, asimismo, alberga recodos que permiten imaginarlos como escenario de todo tipo de desembarcos, escaramuzas, huidas y reencuentros.

Si crees que esto tendrá un final feliz, es que no has estado prestando atención.

Ramsay Bolton en ‘Juego de Tronos’, de George R. R. Martin

Algunos de los mejores rincones costeros, bajo mi punto de vista, aguardan entre dos aguas, en esa transición de escollos de marès que discurre entre el extremo austral de la playa de ses Salines y la torre de ses Portes, que parece situarse en los confines de la tierra civilizada. En esas minúsculas playas de arena y aguas cristalinas, entre rocas talladas a escalones por la pericia de los canteros renacentistas que aquí recortaron los bloques que configuraron las puntas de flecha de los baluartes de Dalt Vila, todo parece girar en torno a una épica invisible, que no se contempla, pero se percibe.

Por encima del roquedal laminado y agujereado, carcomido por el salitre, la torre se va asomando como una aparición y permite rememorar los tiempos en que los pescadores regentaban las almadrabas de es Freus y despedazaban y adobaban atunes en la Xanga, bajo la protección de este refugio y el de es Carregador, en caso de que irrumpieran jabeques enemigos. Y presidiendo el horizonte, ahí mismo, casi tangible, aunque más allá del rosario pétreo que componen en Caragoler, la seca de sa Barqueta, es Penjats, ses Illes Negres y s’Espalmador, emerge el macizo formenterano de la Mola como un dragón dormido.

Desde aquí, la costa salinera y es Freus se antojan un gran estrecho de esos que permiten cruzar de un continente a otro, como Bering, el Bósforo o Gibraltar. Un enclave donde se entrecruzan culturas, idiomas y razas, como en la épica de juego de tronos.

La mayor torre de cuantas custodian el litoral ibicenco aguarda en la punta de ses Portes. Curiosamente, ya existía mucho antes que las construidas por la Corona española en el siglo XVIII, pues el dominico ibicenco Fray Vicente Nicolás dejó constancia de su presencia por escrito, en 1620. En esa primera etapa, ya que posteriormente se erigió en vigía junto a las más recientes, era proporcionar seguridad a los pescadores de la almadraba situada en el cruce de corrientes, por donde transitaban los bancos de túnidos que llegaban del Atlántico en busca de las aguas cálidas del Mediterráneo. Ya en el siglo XVIII, una vez reconstruida y reconfigurada como aparece en la actualidad, estuvo armada con dos cañones, a ras de cielo, que cruzaban fuego con la de sa Guardiola, en s’Espalmador.

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