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Historia

Memoria de la isla: del conill eivissenc

A Antoni Pedro Marí, expert en les races autòctones pitiüses que, a més de familiaritzar-nos amb una fauna amb la qual covivim i tenim, potser sense adonar-nos, una determinant i positiva interacció, subratlla el lligam que hi ha entre molts d’ells i la cultura i tradició de les nostres illes

Conejo ibicenco de la Finca de Can Musón. / J.M.L.R.

Conejo ibicenco de la Finca de Can Musón. / J.M.L.R.

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Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Ibiza

En estos papeles hemos hablado en varias ocasiones de la fauna, bichos y animales con los que convivimos y que han jugado, sobre todo en nuestros primeros años, un papel del que por lo general no somos conscientes. Confieso que me sorprendí el día que traté de agrupar la fauna urbana de Vila, la que teníamos y tenemos, gorriones, golondrinas, gaviotas, lechuzas, murciélagos, perros, gatos, lagartijas, dragones, ratones, cucarachas, hormigas, las aves y ranas en ses Feixes... Una lista que crecía al recordar tiempos idos, cuando los vecinos criaban el gallo navideño enjaulado en los balcones y teníamos urbanos quiriquiquíes. Y si retrocedemos a los años cincuenta, en los altos de la Penya había cochineras y no era raro ver por las calles gallinas sueltas y alguna cabra.

Urbanos eran también en noviembre los acrobáticos estorninos que, tras darse un atracón de aceitunas en los olivos, buscaban refugio nocturno en los árboles de s’Alamera con una piuladissa competitiva por encontrar buena rama. Toda una fauna que crecía en el campo con las aves estacionales, flamencos y avecillas que colonizaban como aún hacen hoy los estanques salineros, amén de erizos de tierra, la escurridiza gineta que no se deja ver y especies autóctonas como la lagartija, las ovejas, cabras, gallinas y nuestro icónico podenco, el ca eivissenc. Hoy –y no son buenas noticias- a la fauna insular tenemos que sumar las especies foráneas que nos invaden, arañas venenosas, escarabajos destructores y las depredadoras culebras que no conseguimos tener a ralla.

El caso es que, al revisar hace unas semanas este faunístico recordatorio, caí en la cuenta de que nos olvidábamos del también autóctono conill eivissenc que Pedro Marí describe poéticamente: «De cos compacte, robust i rodó, és d’una talla mitjana que arriba fins als 4 quilos de pes. Les cames i potes fines i estretes. La pell ajustada al cos, sense massa gorga, el pel atapeït i curt, monocolor, bicolor o tricolor, blanc, negre, gris cendra i roig clar. El cap triangular, més en el morro i en la femella, més arrodonit en el mascle. Els ulls grossos, rodons i de color fosc, tirant a negre i les orelles petites, dretes i acabades en punta».

Tímido y simpático

El conejo es un animal tímido y simpático que siempre me he resistido a ver en el plato. Tal vez porque de niño tuve durante mucho tiempo conejos de Indias, animalejos sociables, dóciles y cariñosos. Tampoco me ha gustado ver a los pacíficos conejos enjaulados. El año que viví en Sant Joan, tuve la suerte de poder hacer alguna salida al campo con un amigo de mi padre, en Jaumet de sa Taulera, que los cazaba con tres podencos, creo que eran hembras y, aunque me daba pena ver como los perseguían, eran fantásticos sus increíbles zizgagueos para escabullirse, cosa que rara vez conseguían, pero que si sucedía yo me alegraba. Del conejo en libertad retengo una imagen que, a pesar del tiempo que ha pasado, no he olvidado. Mi mujer y yo, durante muchos años, -corrían los setenta- pasábamos las vacaciones de verano en Formentera, en una pequeña fonda que estaba cerca de la Platja de ses Canyes y de ca n’Eric, no lejos del Molí Morroig que luego ha sido un restaurante.

El lugar era fantástico porque estaba cerca de las salinas d’en Marroig, en la base del largo dedo que tiene la isla hacia el norte de Illetes, Trocadors y sa Punta des Borronar. Era el camino hacia el norte que entre dos aguas hacíamos cada día para bañarnos, según fueran el viento, en las playas de levante (Racó de ses Ampolles) o de poniente, frente a ses illetes Redona i des Pouet. De camino, solíamos sentarnos a descansar en un bosquecillo dunar en la zona levemente elevada dels Pujols de n’Adolf y en varias ocasiones sucedió: aparecía a pocos metros un conejo blanco que salía detrás de una mata –no puedo pensar que fuera el mismo, pero tal vez lo era-, que sentado en sus patas traseras se quedaba inmovilizado, moviendo únicamente sus tiesas orejas. Nos veía pero no parecía temernos, posiblemente porque, convertidos en estatuas, estábamos más quietos que él. Aquello duraba unos segundos que nos parecían eternos, hasta que finalmente desaparecía. Sucedía con frecuencia y llegó momento en que nos sentábamos a esperar. No siempre aparecía, pero cuando lo hacía nos alegraba la mañana.

Muchos años después, mi interés se ha decantado por la influencia que ha tenido en el imaginario colectivo ese conejo de la fantasía popular que se escurre hacia el mundo inferior y nos invita a explorar los laberintos subterráneos de la conciencia y el subconsciente, los mundos de Lewis Carroll en ‘Alicia en el país de las maravillas’, secuencias dislocadas de un sueño en que el conejo blanco representa la prisa constante y actúa como catalizador que nos arrastra a lo desconocido; o los otros conejos de Richard Adams en ‘La colina de Watership’, donde tienen su propia cultura, lenguaje y mitología. También nuestro país se ha sacado de la chistera ‘Los siete conejos blancos’ de José A. Sánchez Pérez (1942), obra difícil de localizar pero que Antonio Rodríguez Almodóvar ha recuperado en sus ‘Cuentos al amor de la lumbre’. Lo que más interesa en estos conejos literarios es que son relatos contra la locura de un mundo superior, superficial, siempre ordenado y asfixiante.

Los conejos en la historia de las islas

Los conejos no sólo tienen un rol literario, también lo han tenido en la historia de nuestras islas, aunque a nadie se le escapa que los clásicos, sin pisar las islas, son proclives a las fantasías. De ‘Les illes a les fonts clàssiques’ recojo tres breves reseñas en su traducción catalana: «Els conills que porten a Ibiza moren tot just toquen la seva terra, però devasten els sembrats a les Balears» (Plinio. Hist. Nat. III, 78 y VIII, 226). Y más explícito es Estrabón: «Diuen que una vegada els habitants de les Gimnèsies enviaren una embaixada als romans amb petició de terra per a viure, perquè eren foragitats pels conills i no podien contenir-los» (Geographia, III, 2,6). Y Plinio insiste: «El cert és que el Baleàrics varen demanar auxili militar al diví August en contra de la gran proliferació dels conills» Plini, Hist. Nat. VIII, 226). ¡Benditos conejos!

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