Dominical
Memoria de la isla: La figura de mossenyer al món rural eivissenc
En los viejos tiempos y en nuestras islas, como en cualquier sociedad rural, determinados personajes tenían asignada una función sobresaliente, tutelar y en cierto modo paternalista, que religaba al payés con los estamentos de Vila, el mundo exterior y urbano que, aunque quedaba a pocos kilómetros de distancia, desde el campo resultaba un ámbito extraño y lejano con el que, sin embargo, era inevitable tener contacto, fuese para visitar al dentista o comprar algo que no daba el campo

Reciente visita teatralizada a la iglesia de Sant Francesc. / J.A. RIERA
Miguel Ángel González
Baixar a Vila era inevitable. Los próceres significados del pueblo eran el alcalde y sobre todo mossènyer, el rector de la parroquia. Médico no solía haber, todo lo más un sanador como el iai Martí que conocí en Sant Joan. Los curas eran gente leída, respetada y, en cierta manera, envidiada, porque no tenían que doblar la espalda para ganarse las lentejas. Se decía que engordaban sin dar palo al agua. Mossènyer despertaba en el personal sentimientos de consideración y deferencia, pero también una ojeriza más o menos disimulada. No era raro oír decir «aquest és un panxacontenta escarxofat!, viu com mossènyer!».
El papel de mossènyer era importante porque mediaba con lo sobrenatural, con el reino de los muertos y lo inexplicable. Tenía preces para que lloviera, para que no lloviera y para detener las tormentas. Todo lo podía -o podía intentarlo-, porque en lo Alto tenía aliados especializados en gracias y dones, santas y santos auxiliadores: Sant Isidre per aconseguir bones collites, Santa Bàrbara en les tronades, Santa Llúcia per a la vista, Sant Antoni pels porcs i altres animals, Sant Miguel contra el dimoni, San Ciriac contra les temptacions, Sant Jordi contra els mals esperits i las epidèmias i Santa Rita per allò impossible. Lo sorprendente de estos cambalaches religiosos que eran auténticas negociaciones, -si rezo y te venero, tú me das lo que pido-, no han desaparecido del todo, todavía nos agarramos a un clavo ardiendo si vienen mal dadas.
Muchas viejas creencias viven larvadas o tienen otras formas. Todavía se bendice a los animales el día de su santo patrón, hasta hace cuatro días se pasaba la salpassa para que en las casas no entrara el demonio y nadie se atreve a borrar las lechadas de cal que en tiempos dejaron cruces protectoras en los muros. El cura sigue presente como hace mil años. Nos da la bienvenida con el bautizo cuando venimos al mundo y nos despide cuando lo dejamos, con las exequias y recomendación para los de arriba. Mossènyer, sea dicho en el mejor de los sentidos, es el sustituto en la tribu del bruixot de antaño, hace en la misa un cotidiano milagro y nos protege con sus esotéricos latinajos. En un orden más inmediato, se le tenía como pozo de sabiduría porque podía dar, se suponía, buenos consejos, aunque, eso sí, por ser un profesional de la bondad, la honestidad y, en fin, la bonhomía, cuando descarrilaba era objeto de todas las burlas. Un detalle, sin embargo, en el que el rector ibicenco, se alejaba del cura de otras geografías es que no ha defendido al rico que yo sepa, no se ha bebido su coñac ni ha fumado sus puros. Y como he oído decir, por lo general, «no ha tingut capelletes».
Tal vez sea porque en nuestros campos no ha existido la figura del terrateniente. Lo común ha sido un minifundismo de pequeños propietarios y, por otra parte, antes de que el Seminario Conciliar se convirtiera en un apartotel para turistas, nuestros curas eran del pueblo, salían del pueblo como descubren sus apellidos ibicencos, Planells, Bufí, Cardona, Marí, Escandell, Tur, Torres, Costa, Ribes... Y su casa, la rectoría, era como cualquier casa payesa, modesta y minimalista, con un corral en el que podía tener conejos y gallinas. Mossènyer no dejaba del todo de ser un payés entre payeses. Conocí a uno que tenía rebaños de ovejas en Portmany y de sus razas y crianzas lo sabía todo. Y conocí a otro, concretamente en Sant Joan, que era un experto sanador, pero no como curandero, tenía mano de santo para descojonar a los cerdos.
El celibato en ‘estribots’
Uno de los aspectos más manidos y divertidos en relación a los curas en el medio rural era la cuestión del sexo. El celibato de mossènyer levantaba sospechas. En algunos casos, con motivo, a partir de hechos escabrosos o situaciones embarazosas que se acababan sabiendo, caso de un capellán que en el confesionario me cargaba de padrenuestros por mis masturbaciones y luego se dio el piro de la isla con una señora casada. El caso es que la jodienda, cierta o presentida, ha dado lugar a chascarrillos, chistes sin cuartel y maliciosas canciones donde mossènyer se lo monta como puede. Lo vemos en estrofillas como las que nos regaló Editorial Mediterrània en ‘Cançons verdes i estribots bruts’: «Darrera una mata verda / vaig sentir un quisó dular / i vaig veure un capellà / que s’esmolava la verga». «Es capellà Micolau / porta ses sabates brutes / i de tant d’anar de putes / té es cap de sa fava blau». En otras ocasiones, sin embargo, nuestro buen cura salía más corrido que una mona: «Sota un pi, a genollons / una al·lota cull brancons, / Mentre cull l’últim brancó / pel camí baixa el rector, / l’atrapa prest i molt viu salta del ruc. / Jo per tes penes t’en tiro un vel,/ perquè quan moris vagis al cel, / i tu has de fer-me sens remissió / una abraçada i un gros petó. / Una abraçada no li faré, / sinó dos-centes, dos mil també, / però si ve el pare, que mai fa tard, / si ens atrapa, Déu nos en guard. / Pugi a aquest arbre, señor rector, / per veure si el pare ve o no ve, / que si un cas ve, que mai fa tard / si ens atrapa, Déu nos en guard. / Mentre pujava ell tot feixuc / ella fa un salt i puja al ruc. / Va quedar el pobre senyor rector, / sense abraçada, ruc ni petó».
Binomio bajo suspicacias
Es bien sabido que el binomio rector-majordoma es un clásico que ha provocado siempre suspicacias. Es conocido lo que cuentan, de cuando el obispo decretó que las caseras o sacristanas de las rectorías habían de tener menos de 40 años y mossèn Micolau se apresuró a contratar dos de 20 a fin de respetar la nueva disposición. Y no son menos divertidos algunos sermones de aquellos entrañables curas. Del mismo Micolau se cuenta que un día le dio por elogiar las andanzas del P. Palau, el eremita del Vedrà, con tantísimo detalle que aquello superaba con mucho las aventuras de Marco Polo.
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