Dominical
Imaginario de Ibiza: Viaje a la Eivissa intemporal en es Broll
Cuando se alude a este valle de Buscastell se tiende a magnificar el efecto del agua. Sin embargo, es la piedra y la ingeniería empleada con ella por los árabes lo que hace de este lugar algo único

Es Broll, uno de los últimos paisajes inalterados de Ibiza. / X.P.
Xescu Prats @xescuprats
El hoy y el ayer son las piedras con que construimos
En esta búsqueda incesante que a algunos ibicencos nos empuja a tratar de reconectar con el pasado de la isla y experimentar los escenarios de nuestros abuelos, es Broll de Buscastell representa un impagable viaje en el tiempo. La fotografía que ilustra esta página fue tomada un invierno hace veinte años, pero podría ser de hace tan sólo un lustro o tener medio siglo de antigüedad. Nos hallamos, en definitiva, ante uno de esos escasos lugares inalterados, congelados en la historia y dominados por el silencio.
A la imagen le falta únicamente el leve murmullo que produce el agua al deslizarse por las azacayas que conectan las albercas con las parcelas de cultivo, empujada por la gravedad. En el transcurso de esos impagables días soleados del invierno, tras las lluvias, su gorgoteo, junto al zumbido de los insectos y el siseo de las hojas de los tupidos cañaverales que, junto a las zarzas, se han adueñado del cauce del torrente, constituye una verdadera sonata de la naturaleza. La fotografía sí traslada, por el contrario, el increíble verdor del paisaje y la manera esplendorosa con que la luz se filtra entre las hojas de los pinos y las ramas de los arbustos.
Omnipresencia del agua
Al hablar del hipnótico encanto de es Broll –evito la palabra magia, dado que, por un uso excesivo, ya me produce rechazo–, tendemos a aludir a la omnipresencia del agua, que mana por todas partes. Pero la esencia de este enclave único de la geografía ibicenca radica en la piedra y el uso tan inteligente que de ella hicieron los antiguos moradores del valle, auténticos ingenieros en la gestión hídrica.
Hoy afirmamos que es Broll es uno de los últimos paisajes inalterados de Ibiza, pero al hacerlo nos referimos a la pura contemporaneidad, pues antiguamente es broll debió de ser un valle similar a cualquier otro del interior de la isla, sin rastro de presencia humana. La filigrana de bancales, muros, acequias, caños, molinos, puentes, aljibes y albercas hay que agradecérsela a los payeses andalusíes de las alquerías de Benimaimó y Benirroym, descendientes de clanes árabes y bereberes, que erigieron el sistema hidráulico que conforma este laberinto pétreo que se funde con la naturaleza, alimentándose del mayor acuífero de la isla a través del pozo artesiano de Buscastell.
La infraestructura creada por los campesinos musulmanes del medievo comienza en dicho manantial, situado en la cabecera del valle, y desciende hasta su parte más baja, siguiendo un recorrido de 4,5 kilómetros a ambos lados del torrente. A su alrededor, en esta estrecha doble franja, hectáreas y más hectáreas de cultivo, hasta sumar un total de catorce. Hoy en estas plantaciones encontramos todo tipo de verduras y hortalizas, así como una amplia variedad de frutales y viñedos, pero los musulmanes también los llenaron de cáñamo, lino, algodón e incluso arroz. Cuesta imaginar este paisaje con unos cultivos tan distintos a los actuales, aunque no la infraestructura pétrea, que sigue siendo la de entonces.
En Ibiza, rara vez se respetan las herencias del pasado. Hemos visto cómo numerosos palacios payeses, verdaderos elogios a la racionalidad y la sostenibilidad, han sido transformados en suntuosas villas, así como la progresiva transformación de toda clase de monumentos y paisajes. A es Broll, en consecuencia, ya sólo cabe cuidarlo y respetar hasta la última piedra, pues es uno de los últimos rastros de lo que fuimos que nos quedan.
Comunidad de regantes
En el curso del torrente que desciende por es Broll hay alrededor de sesenta propiedades para cultivar, fruto de herencias y transmisiones patrimoniales. Por los archivos, sabemos que en el siglo XVIII los hacendados de esta zona eran solamente una docena. En cualquier caso, todos ellos mantienen la tradición de repartirse el agua en función de los estatutos andalusíes, que la distribuyen según la superficie administrada. Por esta razón, hay quien dispone de quince minutos de agua a la semana, mientras otros disfrutan de más de diez horas.
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