Dominical
Imaginario de Ibiza: atardecer en silencio en Cala Vedella
En la orilla de esta bahía turística, repleta de apartamentos y restaurantes, aún prevalece la apacibilidad de los arranques de temporada. Aunque sólo es cuestión de semanas.

El crepúsculo en Cala Vedella. / Xescu Prats
El cielo, al atardecer, parecía una flor carnívora
Obviamente, «en silencio» es un decir, una alegoría exagerada, pues ya estamos en junio, pero en estos principios de temporada todavía se le acerca mucho. Los hamaqueros aún no han desplegado todo su arsenal, sino aquel que tienen capacidad de llenar en estos albores turísticos, y, llegada la hora del atardecer, hamacas y sombrillas se hallan perfectamente alineadas, casi con escuadra y cartabón, para el comienzo de la siguiente jornada. Entre sus parcelas exclusivas, grandes espacios vacíos que nada tienen que ver con el panorama abigarrado que, aquellos que tengan la valentía y las ganas de acercarse entonces a la playa, arriesgándose a congestiones viarias, tintes de microalga y plagas de vendedores ambulantes, hallarán dentro de un mes.
Suena desde la lejanía, casi como un susurro, una vieja canción de Bob Dylan, en una voz aguardentosa y afinada de mujer, sostenida por los acordes nítidos de una guitarra y la melodía hawaiana de un dobro. Transita a oleadas, oscilante por la brisa, desde un modesto chiringuito de segunda línea, junto a la rotonda, que concentra más ambiente en su reducido espacio que toda la orilla junta. Se llama Es Quiosk, acaba de abrir las puertas y prácticamente es el único establecimiento de temporada que pisan los oriundos, por familiaridad y precios contenidos. El vaivén de la corriente, sin embargo, acaba silenciando las estrofas de Robert Zimmerman.
En la orilla todavía no hay jóvenes haciendo botellón entre los campos de tumbonas, pues las familias siguen en sus países de origen, a la espera de terminar colegios e universidades, y los chiringuitos más próximos a la ribera, que ya trabajan de día con cierta alegría, andan a medio gas por la noche. El sol tampoco se pone aún entre las barcas, encendiendo sus cascos y las puertas de los varaderos del flanco; y no por falta de ellas, pues frente a la cala, a continuación del polígono de boyas que aísla a los bañistas de las embarcaciones, hay más de treinta fondeadas. A diferencia de agosto, cuando cae entre mástiles, el sol desaparece tras el altiplano de es Torresí, que prolonga la ribera por el norte, protegiendo la rada de buena parte de los vientos.
Aunque suela decirse que el astro se pone por el oeste geográfico, eso sólo es cierto en los equinoccios de marzo y septiembre, desplazándose unos grados al sur en invierno y al norte en verano, por efecto de la inclinación del eje de la tierra combinado con el movimiento de traslación del planeta alrededor del sol. En cualquier caso, tampoco importa. La bóveda se aviva con la misma intensidad de los días calmos y quienes anhelen los tonos ardientes del infierno deben aguardar a las vísperas de las jornadas ventosas, con su pedregal de nubes.
Cala Vedella, en el arranque de la temporada, todavía parece retener la esencia del entorno familiar que siempre la ha caracterizado como núcleo turístico. Los restaurantes de postín, cada vez más abundantes, se alternan con otros aún tradicionales, donde comer pescado guisado al estilo de los pescadores, sin cartas aderezadas por ensaladas de burrata, ceviches con frutas exóticas y demás delicatessen internacionales y repetitivas, que van colonizando buena parte de la oferta mutante de la restauración playera pitiusa. Aunque da la impresión que sólo es cuestión de tiempo, pues el asedio progresa adecuadamente, aunque quizás a un ritmo más sostenido que en otras latitudes. Quedémonos, pues, con el fenómeno crepuscular, sin echar la vista atrás.
Importante núcleo turístico
Cala Vedella es uno de los principales núcleos turísticos del municipio de Sant Josep. Concentra un buen número de apartamentos turísticos, hoteles, segundas residencias de ciudadanos europeos, comercios, servicios de restauración, centros de buceo… Toda la zona comenzó a construirse en los años 60 y fue declarada urbanizable en las normas subsidiarias de los 80, lo que ha permitido un crecimiento que hace ya muchos años se les escapó de los manos a los gobernantes locales e insulares.
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