Imaginario de Ibiza
Imaginario de Ibiza: Reequilibrarse los chakras con los azules de Comte
En una isla plagada de yoguis y chamanes que se nutren de las energías del cosmos, los ibicencos nos reconciliamos con la isla escudriñando su magnífica naturaleza. El apabullante espectáculo que ofrece la ribera de Comte constituye uno de los mejores ejemplos.

El litoralde Platges de Comte. / X.P.
A menudo me he preguntado que tiene Ibiza que atrae a tal cantidad de iluminados dedicados a predicar la comunión con los astros, la alineación con las energías del universo y el reequilibrio de los chakras. En Ibiza, el business de la espiritualidad alternativa cotiza con un ímpetu casi tan desmesurado como el de la fiesta y los centros ayurvédicos piratas, donde la gente acude a encuentros multitudinarios para meditar y seguir las enseñanzas de los brahmanes de la luz ibicenca, a precio de hotel de cinco estrellas, proliferan como hongos.
El azul es el único color que conserva su carácter inalterable en todos sus matices. Siempre seguirá siendo azul.
Sin duda, tal concentración de eruditos de la metafísica alternativa por metro cuadrado obedece al pasado hippie de la isla y al acercamiento de sus pioneros a la filosofía oriental. Dichos individuos, asimismo, fusionaron las bases más elementales de estas creencias con el anticapitalismo, el consumo de sustancias psicotrópicas y la cultura del amor libre, proyectando un aura artificial que caló en la isla y en la imagen que ésta proyectaba al mundo.
Con el tiempo, dicho popurrí metafísico ha acabado convirtiéndose precisamente en lo contrario de lo que se predicaba al principio; o sea, un vasto negocio eminentemente capitalista y plagado de oportunidades, que aprovecha un supuesto fin espiritual para saltarse a la torera las ordenanzas y los principios urbanísticos, tal y como hemos tenido ocasión de comprobar con las reiteradas denuncias que se han producido estos últimos años.
Sin embargo, y aunque la herencia hippie sin duda ha sido determinante en la exaltación del fenómeno, no me imagino que tal discurso hubiese calado en comunas asentadas en la estepa almeriense o la llanura albaceteña. La exuberante naturaleza ibicenca, sumada a la idiosincrasia de los oriundos, que por lo general vivían y dejaban vivir, siempre que nadie se cruzase en su camino, tuvo al menos el mismo peso en la propagación del fenómeno.
Los mismos ibicencos, a los que las cuestiones de los reequilibrios energéticos y la comunión interplanetaria les inducen mayoritariamente a la risa, cuando no a la carcajada, tienen sus propios rituales para alinearse los chakras, que en lenguaje nativo podría traducirse como prevenir la mala leche que inevitablemente nos entrará cuando Ibiza se transforme otra vez en un hormiguero y el más leve desplazamiento comporte el potencial peligro de trasmutar a odisea. Algunos, antes de comenzar la temporada, se asoman al abismo desde s’Era des Mataret para contemplar es Vedrà, no por el magnetismo que irradia, sino por la pura belleza que desprende. Otros, por el contrario, acuden a gozar la puesta de sol en Benirràs unas semanas antes de que sea un hervidero. Cada ibicenco posee su propia terapia y la de un servidor consiste en acudir a ses Roques Males a escudriñar la insólita gama de azules que se sucede frente a la costa de Comte.
Allí, frente al rosario de escollos, cabos e islotes, las transiciones de ida y vuelta entre turquesas, esmeraldas, cobaltos, índigos, zafiros e imperiales ejercen un poder más absoluto e irrefrenable que media docena de chamanes adoradores de Pachamama puestos de sapo bufo.
Espectáculo en todas direcciones
La intensidad de los colores del mar representa, sin duda, uno de los mayores atractivos de Comte, al igual que la presencia de los islotes des Bosc, sa Conillera, s’Espartar y ses Bledes. Impresiona también el número de playas que se forman en este tramo abrupto de litoral, comenzando por el embarcadero donde atracan las golondrinas que enlazan con la bahía de Portmany y siguiendo por los dos arenales principales de la playa, hasta alcanzar el Racó d’en Xic, en la parte más al sur. Y entre ellas, diversos escollos donde se apostan aquellos bañistas que prefieren cierta tranquilidad por encima de la comodidad. No es extraño que, incluso en pleno verano, con la orilla atestada, siga considerándose una de las playas más bellas e inolvidables de todo el Mediterráneo.
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