Medio ambiente
Cerdeña, la isla que se enfrentó a sus desechos y lo que Ibiza puede aprender
En dos décadas, la isla italiana ha pasado de niveles mínimos de recogida selectiva a superar el 76%, un cambio que pone el foco en la separación desde el origen y en la organización del sistema

Cerdeña, la isla que se enfrentó a sus desechos y lo que Ibiza puede aprender / Carmen Pi

Cada 17 de mayo, el Día Mundial del Reciclaje invita a parar un momento y preguntarse qué hacemos con nuestros residuos. En Ibiza, esa reflexión ya no es solo una cuestión ambiental o de concienciación: es también una necesidad urgente. El vertedero de Ca na Putxa se acerca a su límite y las instituciones trabajan con la previsión de trasladar parte de la basura a Mallorca para su incineración en Son Reus, una solución que supondrá sacar de la isla miles de toneladas de residuos cada año.
En este contexto, el debate sobre cómo mejorar el sistema deja de ser teórico. Y ahí es donde aparece Cerdeña.
Hasta esta isla italiana se desplazaron hace unas semanas representantes políticos y técnicos de Baleares, Canarias y Portugal, junto a entidades de Plastic Free: Alianza Residuo Cero Ibiza y Formentera —Think (Ma), Fundación Deixalles, Creatives for the Planet e IbizaPreservation— con el objetivo de ver sobre el terreno cómo funciona un modelo que ha conseguido dar la vuelta a un problema muy parecido, en un territorio marcado, como las Pitiusas, por la insularidad, la presión turística y la dispersión de municipios.
Porque Cerdeña no siempre fue un referente. A principios de los años 2000 apenas separaba el 6% de sus residuos. Hoy supera el 76%. La diferencia, explica Inma Saranova, directora de IbizaPreservation y participante en la visita, no está en una medida concreta, sino en el conjunto: «Ese salto no se explica por una única infraestructura ni por una campaña puntual, sino por una arquitectura de política pública coherente».
Esta evolución es, en sí misma, una de las principales conclusiones del viaje: el cambio no responde a decisiones aisladas, sino a un sistema que se construye, se ajusta y se mantiene en el tiempo.
Pero hay una idea que atraviesa todo el modelo y que resulta especialmente relevante. En muchos territorios —también en Ibiza— el foco suele ponerse en qué hacer con los residuos una vez generados. En Cerdeña, en cambio, la clave está antes.
«Muchas veces hablamos del residuo mezclado como si fuera el problema final, cuando en realidad el punto decisivo está en separar bien la orgánica», apunta Saranova. De esa separación depende buena parte del funcionamiento del sistema: si la materia orgánica se mezcla, la fracción resto —la más cara y difícil de tratar— aumenta y el modelo pierde eficacia. Cuando la separación funciona, en cambio, se reduce el volumen de residuos mezclados y mejora el rendimiento global.
Es ahí donde el sistema empieza a funcionar como un conjunto. La recogida puerta a puerta actúa como base, pero no como una solución única, sino ajustada a cada realidad: zonas turísticas, núcleos urbanos o viviendas dispersas. Este modelo ha demostrado que puede sostener niveles altos de recogida selectiva tanto en municipios turísticos con fuerte estacionalidad, como en ciudades de mayor tamaño, siempre que se ejecute con control, comunicación y adaptación.
También el componente económico resulta determinante. En Cerdeña, los incentivos están alineados con los objetivos: los municipios que reciclan mejor pagan menos; los que no lo hacen, más. «Quien no recicla bien, paga más; quien lo hace bien, recibe ventajas», resume Saranova.
A ese planteamiento se suma el propio coste del tratamiento: gestionar la fracción resto resulta mucho más caro que tratar la orgánica, lo que refuerza la necesidad de separar bien desde el origen. A ello se suma el pago por generación, un sistema que vincula el coste del servicio a la cantidad de basura mezclada que produce cada usuario: cuanto más se tira sin separar, más se paga.
Nada de esto, sin embargo, funciona sin continuidad. Más allá de las infraestructuras, el modelo se sostiene con seguimiento técnico, campañas constantes y, sobre todo, coordinación entre administraciones. Sin coordinación institucional, el sistema pierde coherencia y difícilmente puede sostener cambios estructurales en el tiempo.
La visita ha servido, sobre todo, para comprobar que ese cambio no es una hipótesis. «Lo más valioso ha sido ver qué decisiones han funcionado, qué dificultades han surgido y qué herramientas pueden ayudarnos a avanzar de forma realista en Ibiza y Formentera», señala Saranova.
La conclusión es menos técnica de lo que parece. No se trata solo de reciclar más, sino de organizar mejor el sistema y, sobre todo, de decidir si se quiere dar ese paso. Porque el modelo existe y funciona. Y, en un contexto como el de Ibiza, cada vez hay menos margen para seguir aplazándolo.
IbizaPreservation es una fundación sin ánimo de lucro dedicada a la conservación y regeneración de las Islas Pitiusas. Más en ibizapreservation.org.
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