Historia
Memoria de la isla | Algo más sobre la oralidad en nuestro medio rural
Al tratar la oralidad o cultura oral conviene eliminar, de una vez por todas, la expresión literatura oral, oxímoron tan absurdo como hablar de ‘luz oscura’ o ‘silencio atronador’

‘Xacota pagesa’ celebrada en Vila durante la Navidad de 2023. / TONI ESCOBAR
Al hablar de ‘literatura oral’ utilizamos en una misma expresión significados opuestos: literatura, que viene de littera o letra que implica escritura, mientras que oralidad viene de os, oris, ‘boca’, del sufijo de relación alis (‘oral’) y el sufijo dad (calidad), indicando la cualidad de la palabra que se dice, que pronuncia la boca, de manera que no existe una literatura oral ni una escritura oral. Como es también un absurdo reiterativo hablar de ‘literatura escrita’ porque no existe una literatura no escrita. Dicho esto, dejamos de lado la literatura y hablaremos, que es lo suyo, de oralidad o cultura oral. Quien habla no se dirige a un lector, se dirige a un escuchante. La transmisión oral implica interaccionar con una audiencia, diferencia radical con la literatura escrita que se recibe en soledad y en la que el narrador o escritor no está conectado de forma física con su receptor, con el lector.
En el proceso que sigue la oralidad podríamos distinguir, como poco, cinco fases: producción (generalmente improvisada y anónima), transmisión, recepción, conservación y repetición. Las dos últimas, conservación y repetición, configuran lo que ya es ‘tradición oral’. Aspectos también determinantes de la oralidad son la voz, el gesto, el lugar o situación y el momento en que se da. Y hablar del gesto es hablar de la puesta en escena, algo especialmente evidente en els caramellers, els xacoters o en quienes protagonizan la cançó de porfèdia, sentados, uno al lado del otro, el hombre sonando el tamboril y la mujer apoyada la cabeza en una mano con la que se lleva un pañuelo a la mejilla, gesto que tal vez facilita la concentración. Hablamos, sí, de puesta de escena, pero no de teatralidad.
En el teatro existe un texto que luego se representa, en el acto de oralidad no hay texto y más que representación se da una ‘presentación’ en la que entran en juego la memoria y la improvisación. Es expresión pura y directa. Las dificultades que presenta el estudio de la oralidad se deben, entre otras cosas a que lo que se relata o dice es una de las muchas posibilidades, pues cada comunicador tiene la suya y porque la organización del material discursivo no puede hacerse dos veces de la misma manera. Si el teatro es un segundo paso porque el primero es el texto a representar, en la oralidad la comunicación es sólo ‘actual’, ‘presente’, se origina y agota en sí misma. El mensaje oral se da de forma única e irrepetible. El texto del teatro está fijado, es objetivo, el contenido de la oralidad es subjetivo y variable, no tiene una versión definitiva, es una verdadera performance en la que priva la espontaneidad, con tantas versiones como actores tiene y hacen, en presente, de la memoria colectiva, una actualización, una recreación o creación personal.
Cambios entre escritura y oralidad
En nuestros días se da un fenómeno curioso. Los medios de comunicación contribuyen a introducir un cambio radical en las relaciones entre escritura y oralidad. Si hasta épocas no muy lejanas existió una situación de predominio de la oralidad –basta retroceder en nuestro medio rural a los tiempos de nuestros abuelos-, los procesos de alfabetización masiva han contribuido a implantar una cultura de lo escrito, que a su vez es superada por la irrupción de los medios de comunicación en los que de nuevo prima la voz, acompañada en muchas ocasiones por la imagen, pero no de la escritura. Los medios radiofónicos y televisivos han devuelto a la voz su omnipresencia como en tiempos de nuestros antepasados pre-gutenbergianos.
Los archivos de sonido, por otra parte, han eliminado la precariedad y el riesgo de pérdida que amenazaba a la oralidad, aunque lamentablemente se llega tarde para recuperar muchos contenidos porque ya se han ido quienes los tenían. Afirmar, por otra parte, que la oralidad era frágil y tenía una existencia precaria es falso, porque la oralidad ha mantenido durante siglos, de manera viva, creativa y sin el encorsetamiento de la fijación que tiene la escritura, una riquísima cultura que ha transmitido de forma extraordinariamente eficaz el sistema de valores, normas, creencias y conocimientos compartidos por una colectividad, además de servir para configurar el mundo que se habitaba, dando lugar a nuestra cultura, la que tenemos hoy. Es suicida avanzar sin tener en cuenta el retrovisor, pensar que progresamos sin tener en cuenta la memoria. También conviene subrayar que todo el conjunto de mitos, leyendas, cuentos, plegarias, sentencias, poemas o canciones tradicionales, etc., constituyen auténticos géneros y en su expresión, son también un arte.
Lo sabe bien quien ha sido testigo de estas manifestaciones, sea en nuestra isla o en la plaza de Jemaa el-Fna en Marrakech que, por cierto, es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Y bien lo sabían también los antiguos que en la Oratoria tenían una verdadera disciplina. Tampoco conviene olvidar que toda transcripción de la oralidad a la escritura mutila el mensaje y reduce su sentido al privarla de su necesario contexto.
Transcriptores, compiladores y transmisores
En el caso de nuestras islas sería de gran interés –algo ya se ha hecho- identificar toda esa serie de meritorios personajes, vates populares, glosadors, relatores, cuentacuentos, recitadores etc., que han ido apareciendo de manera recurrente y que forman parte de toda una cultura riquísima, con una muy concreta sensibilidad y visión del mundo, de un sistema de pensamiento, saberes, valores y códigos comunes. Como sería interesante analizar los contextos de producción en que se ha dado una determinada oralidad, en qué pueblo o zona se ha generado y por qué cada lugar le da al mensaje un toque diferente, su propia impronta. Bien entendido que, por lo general, estamos ante una producción anónima y dinámica, en el sentido de que se retroalimenta y re-versiona en su difusión, de manera que los informadores, aunque en algunos casos pueden ser creadores, las más de las veces son –y no es poca cosa- transcriptores, compiladores, transmisores de una memoria ancestral y colectiva.
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