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Patrimonio

Imaginario de Ibiza | Pou de Benimussa, un manantial en un mar de hierba

En el valle interior, alejado del camino, aguarda este monumento hídrico, medio escondido entre la maleza. Antaño, cuando arreciaba la sequía, proveía de agua a todo el vecindario.

Pou de Benimussa, un manantial en un mar de hierba.

Pou de Benimussa, un manantial en un mar de hierba. / X.P.

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Los manantiales de la abundancia no están en las plazas, sino en los campos; sólo puede abrirlos la libertad y dirigirlos a los puntos donde los llama el interés

Gaspar Melchor de Jovellanos

La mayor parte de los pozos y manantiales de la Ibiza rural se hallan junto a los caminos y su antigüedad es tal que no se sabe si fueron descubiertos buscando agua junto a las sendas que empleaban los antiguos pitiusos para moverse de un asentamiento a otro o, por el contrario, fueron los caminos los que se trazaron en función de la necesidad de acceder a estas fuentes cuando arreciaba la sequía.

Algunos, sin embargo, rompen la norma y hay que buscarlos en enclaves recónditos de la Ibiza interior, sin marca que anuncie su cercanía. Uno de los más representativos es el Pou de Benimussa, inmerso en la profundidad del valle, dos kilómetros más adentro que el d’en Benet, mucho más próximo a Sant Josep y fácil de localizar, al estar aferrado a la carretera.

Para alcanzarlo, hay que alejarse a pie del asfalto en la curva que sigue a la agrupación de casas de Cal Tio y descender hacia el centro del valle, pasando junto a la tapia de Can Mariano Ribas. Hasta no hace mucho vivía en este hogar María Ribas, una payesa a la que pude entrevistar hace ya más de veinte años, que me contó que sólo se había vestido de señora una vez en toda su vida y porque era Carnaval.

De jovencita la cortejaron a la antigua, los domingos por la tarde. Una docena de pretendientes se apostaba en el porxo de la casa, repartiéndose el tiempo para hablar con ella a partes iguales. Aquel que no lo respetara, se marchaba a casa con una buena tunda. Eligió a su vecino Mariano y cuando se casaron se mudó a su casa, donde pasó toda su vida. Antes, de niña, incluso fue pescadora, porque su padre enfermó y alguien tenía que acompañarlo cuando salía con la barca que tenían en Punta Xinxó. A pesar de ello, sólo se bañaba en el mar una vez al año, por el día de Sant Cristòfol, y con los refajos puestos. Resulta inevitable caminar hacia el Pou de Benimussa, junto a la casa de María, y no acordarse de ella y de la alegría que trasmitía.

Superada la casa, una vez el terreno casi se allana, hay que bordear una amplia parcela repleta de olivos antiquísimos, ahora cubierta de hierba, que está delimitada por un murete de mampostería coronado de forma triangular y encalado, con esa solución arquitectónica tan típica que los oriundos denominan esquena d’ase. El paseo no resulta sencillo, pues la porrassa (Asphodelus aestivus), una planta de la familia de las liliáceas, lo ha invadido por completo. Sus tallos, de más de un metro de altura, florecieron hace un par de meses y ahora se hallan repletos de frutos en forma de cápsulas y con una legión de caracoles haciendo escalada, mientras se mecen al viento.

El pozo se halla medio tapado por un conjunto de hinojos igual de vigorosos que la porrassa. Esconden el cartel de madera del Consell Insular d’Eivissa que, ahora sí, indica la presencia del monumento. Su estructura es bastante parecida al Pou d’en Benet, con su capilla de mampostería vista, aunque en este caso se halla cubierta por un tejadillo sostenido por vigas.

En el interior, una polea de madera fijada a un travesaño mediante dos ménsulas, y un conjunto de barras de idéntico material justo en la boca del pozo, para evitar que alguien pueda caerse dentro. Fuera, asentado sobre el terreno, un gran abrevadero de piedra, de forma ovalada; y en el interior, encastrado en un lateral de la capilla, un lebrillo de cerámica. Aquel que busque la Ibiza profunda, también puede encontrarla junto al Pou de Benimussa.

Baile después de Sant Pere

Al igual que la mayoría de pozos antiguos de la isla, el de Benimussa también tiene su jornada de baile. Se celebra el domingo posterior a Sant Pere, que es el 29 de junio. Estas fiestas tenían lugar durante el verano, cuando ya se habían terminado las cosechas, y podía acudir libremente todo el que quisiera, como ahora.

(*) Cofundador de www.ibiza5sentidos.es, portal que recopila los rincones de la isla más auténticos, vinculados al pasado y la tradición de Ibiza

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