Historia
Memoria de la isla | Elogio y elegía de la oralidad en el medio rural de Ibiza y Formentera
Estas notas vienen a cuento porque entiendo que hasta hoy no se ha estudiado el proceso de creación verbal en una cultura tradicional no letrada como ha sido la de nuestras islas

‘Xacota pagesa’ en una Navidad pasada. / J. A. RIERA
El hecho de tratarse de comunidades con un fuerte componente ágrafo y un acceso prácticamente nulo a la educación formal, unido al cambio brutal que han tenido en Ibiza y Formentera las formas de vida, han provocado que la oralidad, por la pérdida de informantes, se vaya diluyendo y desaparezca. En cualquier caso, no creo que nadie cuestione la riqueza de nuestra cultura oral, transmitida de vida voz y de generación en generación, un acervo de conocimientos formidable que ha proporcionado a la población cohesión y resistencia, ha preservado nuestros valores y la memoria colectiva como columna vertebral de identidad y supervivencia cultural. La oralidad es un bien inmaterial y patrimonial de primer orden, no en vano hablamos de lo que nos identifica, la Lengua.
La oralidad en nuestro medio rural ha sido una herramienta fundamental que trascendía la mera comunicación. En un contexto en el que el acceso a la educación formal o escrita ha sido limitado y el analfabetismo apabullante –el 90 % a principios del siglo-, la palabra hablada en leyendas, rondallas, refranes y canciones, ha mantenido viva la memoria colectiva, la cohesión social y la identidad insular. De la importancia de aquella oralidad dan fe los esfuerzos que se han hecho y se siguen haciendo para recopilar un valiosísimo caudal de tradiciones y conocimientos.
En ello han estado y están, entre otros, escritores como Macabich, Marí Cardona, Joan Castelló y Marià Torres, poetas como Villangómez, grupos folklóricos que nos han preservado caramelles, xacotes y cançons de porfèdia, grupos musicales como ‘Uc’ o ‘Aires Formenterencs’, publicaciones como las ‘Jornades de Cultura Popular’ de la Federació de colles de ball i cultura popular d’Eivissa i Formentera, l’Institut d’Estudis Eivissencs con el veterano ‘Pitiús’, la revista Ibiza o la Col·lecció Nit de Sant Joan, l’Editorial Mediterrània en su Col·lecció Balafi, que recoge dites, fets, succeïts, anècdotes i acudits o la meritoria aportación de personajes como na Maria Torres Prats de cas Gasí (Sant Antoni de Portmany) o en Pep Simon de can Parra (Cap de Barbaria), que nos han recuperado un valiosísimo material de la oralidad de nuestras islas.
Y no me olvido de la colaboración que, como debe ser, han tenido y tienen els Consells d’Eivissa i Formentera. ¡Gracias a todos los que contribuyen en este ingente trabajo que impide que nuestra oralidad se pierda!
Infravalorado
Hecha esta premisa de reconocimiento con involuntarios olvidos, podemos entrar en harina y aclarar, para empezar, algunos aspectos en los que nos hemos equivocado. Es el caso de la infravaloración que hacemos de la oralidad por su supuesta precaria preservación en la memoria. Es falso que la trasmisión oral haya quedado superada por la escritura que fija los contenidos, porque la oralidad, lejos de perderse, hoy se preserva con absoluta fidelidad y con todos los matices de la fonación, superando incluso a la escritura gracias a las grabaciones sobre los mil soportes que tenemos, analógicos, mecánicos, magnéticos, digitales o en discos con sistemas ópticos. La revolución de Gutemberg no ha sido lo decisiva que creímos. La escritura, por otra parte, no tiene la inmediatez de la voz. La radio se adelanta a la prensa de papel. Y la voz tiene un poder que no tiene la escritura. Los mítines en las elecciones son más efectivos que cualquier panfleto. Hoy la voz identifica más y mejor que la escritura, mueve máquinas y activa ordenadores. No conviene olvidar que la escritura es posterior y deriva de la oralidad. El niño primero habla y luego escribe. La voz crea: «En el principio era el Verbo, el Verbo era Dios y todas las cosas fueron hechas por Él» (Juan, 1, 1-14). Dios nombra la luz y la luz emerge. Poseer un nombre es poseer el objeto que se nombra, de aquí que Yhavé prohiba que se le nombre. Un hecho que conviene subrayar en la oralidad es la impermeabilidad del lenguaje en el mundo rural. En la cultura urbana, en cambio, aparece un nuevo analfabeto letrado que recibe, mixtificado, buena parte de la información a través de la imagen.
El payés no sólo posee una gran riqueza de conocimientos adquiridos de boca a oreja, sino que ha desarrollado trucos nemotécnicos que mejoran su retentiva: referentes prácticos sin abstracciones, el formato rítmico de la rima que lejos de ser ornamental funciona como ‘pegamento’, el uso de cacofonías, anáforas, repeticiones, onomatopeyas, parataxis, (uso de copulativas en vez de subordinadas), homeostasis (sólo sobreviven los contenidos situacionales y concretos, que tienen utilidad), la concatenación de causas y efectos, juegos de palabras, ristras de frases encadenadas –l’enfilall de paraules- que se engarzan como las cerezas, dites o formulas fijadas por la tradición, etc.
Oralidad empática
La oralidad es empática, participativa y consabida, de aquí que cuando en una reunión se recordaba en voz alta una cantarella, dita, acudit, refrany o rondalla y el que hablaba cometía un error, provocaba la risa en quienes escuchaban porque conocían el relato. Es algo que sabe bien quien ha tenido ocasión de sentarse en el banco corrido de una cocina, una noche de invierno, al amor de la lumbre. Y existen, por supuesto, otros muchos aspectos que nos hacen valorar la oralidad por encima de la escritura. Uno de ellos es la pureza de sus contenidos que permiten la crítica mordaz, la ironía, la causticidad, la burla, el sarcasmo y, en fin, decir lo que de otra forma no se podría decir, sea de política, religión o sexo. La tijera del censor no alcanzaba la transmisión oral, de manera que la libertad de contenido y expresión era absoluta, de aquí que hoy nos sorprenda lo que llegamos a oír en las cançons de porfèdia.
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