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Calas de Ibiza

Imaginario de Ibiza | El esplendor de Porroig tiene fecha de caducidad

Estos días la bahía luce con el agua clara, sin apenas barcos fondeados ni tránsito de neumáticas, y los bañistas toman el sol en su apacible orilla de grava. En pocas semanas, se convertirá en puerto

Primeros bañistas en Porroig. / X.P.

Primeros bañistas en Porroig. / X.P.

@xescuprats

Ibiza

La naturaleza señala a los soldados de la vida el lugar en donde han de luchar por ella

Blas Infante

En los veranos de la infancia, cuando las grandes playas ya concentraban a un buen número de turistas, pero las calas pedregosas seguían quedando para los ibicencos, el Porroig que aparece en la fotografía casi podía gozarse en pleno agosto, con idéntica cantidad de bañistas y alguna barca más fondeada en el horizonte.

Esta imagen, por el contrario, fue tomada el pasado lunes a media tarde, con el cielo despejado y la mar en calma, durante esta afable transición que queda entre las semanas santas tempranas, como la de este 2026, y el arranque de la auténtica temporada. En ella el agua exhibe la transparencia que siempre ha caracterizado esta bahía, desde la que se avista buena parte de la costa de es Cubells hasta el Cap Llentrisca.

Tan insólita perspectiva, sin embargo, tiene los días contados. Pronto aparecerá el pirata con su lucrativo negocio de alquiler de boyas ilegales y toda la cala se llenará de chárters y megayates, quedando reducida a la condición de puerto. Y si por algún milagro el personaje no aparece, las embarcaciones llegarán igual y fondearan gratis sobre la escasa posidonia que va quedando.

Los carcomidos muelles de los pescadores, los varaderos de las casetas y las zonas de grava más fina, donde ahora se apostan los bañistas, serán tomados por las neumáticas que prestan servicio a los yates, que van y vienen todo el día sin descanso, trajinando clientes, combustible, víveres y bolsas gigantescas de basura, que dejan amontonadas de cualquier manera junto a los contenedores situados a la entrada de la cala.

Para el bañista viajero, la versión veraniega de Porroig es incompatible con una jornada de playa. Viene a ser lo mismo que tomar las aguas en el canal de salida de cualquier puerto deportivo. Tampoco los oriundos con caseta, que antaño gozaban de magníficas jornadas estivales los domingos, paella incluida, soportan estar aquí.

Mirando al mar en esta época del año, parece que Porroig siga siendo el de antaño. Los cambios, sin embargo, han sido abrumadores. Basta con echar la vista al costado izquierdo para asombrarse con la cantidad de villas de lujo que se han erigido sobre el altiplano, transformando por completo el paisaje hasta el extremo de que la ribera hoy casi parece una playa urbana.

Y todo aquel que siga caminando por el sendero que discurre entre los colosales chalets y el acantilado, se encontrará que ya no puede acceder a sa Penya Roja, que era uno de los rincones más abruptos y atractivos de la bahía. Allí, como probablemente recuerde el lector, se produjo un grave desprendimiento en enero de 2024, que sepultó media docena de casetas varadero y toda la orilla. El suceso ocurrió durante una de las más largas sequías sufridas por la isla y sólo se explica por el riego constante de una gran extensión de césped situada en lo alto del precipicio, frente a una villa hotel.

Pero, a pesar de todo, reconforta asomarse a Porroig en primavera, admirar los colores del mar y el verdor de los bosques que cubren los montes de es Cubells, y experimentar de nuevo la conexión con esa Ibiza que fue y que, cada vez en ocasiones más contadas, sigue siendo.

La estación arruinada

El telégrafo llegó a Ibiza en 1860, unas décadas antes que el teléfono. Existía una línea que atravesaba toda la isla, desde Cala Vedella, unida mediante cable a Jávea. Después continuaba desde sa Cala de Sant Vicent hasta Mallorca, bajo el mar. El segundo cable desde la península conectó con una nueva caseta instalada en Cala Molí, en 1871, y el tercero ya arribó a Porroig, en 1890, permaneciendo en funcionamiento hasta que lo cortaron durante la Guerra Civil. La caseta del telégrafo, erigida con bloques de marès, se mantuvo en pie hasta hace pocos años. Hoy la mitad de ella ya se ha derrumbado, el techo de la parte que queda no existe y algunos sillares se amontonan en la zona de aparcamiento, a la entrada de la cala.

(*) Cofundador de www.ibiza5sentidos.es, portal que recopila los rincones de la isla más auténticos, vinculados al pasado y la tradición de Ibiza

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