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Imaginario de Ibiza

Imaginario de Ibiza | La fugacidad de un campo de amapolas camino a Sant Agustí

Después de muchos años de sequía, las intensas lluvias caídas durante el invierno han provocado una primavera tan colorida y frondosa como hacía tiempo que no se contemplaba

Campo de amapolas cerca                   de Sant Agustí. / X.P.

Campo de amapolas cerca de Sant Agustí. / X.P.

Xescu Prats

Xescu Prats

Yo nunca había visto tanta inmensidad de amapolas y nunca más las he vuelto a ver (Miguel Hernández).

Algunos pintores impresionistas de finales del siglo XIX atraparon para la posteridad la efímera belleza de las amapolas. Claude Monet lo hizo con absoluta maestría en ‘Amapolas en Argenteuil’, Van Gogh logró el mismo resultado con su ‘Campo de amapolas’ y Mary Cassatt retrató magníficamente a dos mujeres y un niño recolectándolas en su cuadro ‘Amapolas’. También se aplicó en condensar su belleza Gustav Klimt, ya en los albores del siglo XX, en plena era modernista, con su ‘Prado con amapolas’. Cualquiera de ellos habría gozado esta primavera ibicenca, con el estallido de color que reflejan los campos isleños.

Estos días, el conductor que transite sin las urgencias de la rutina entre Sant Josep a Sant Antoni difícilmente podrá evitar detener el coche y pararse a admirar el largo campo de amapolas que se extiende junto a la carretera, antes de Sant Agustí, y que viene reflejado en la imagen. En los prados situados a ambos lados de la pista de asfalto se avistan a menudo retazos de rojo entre la hierba, pero la concentración de flores en esta parcela específica resulta apabullante. Su abundancia e intenso tono escarlata atraen inevitablemente la atención e invitan a caminar entre ellas mientras la brisa las agita, creando con el movimiento de sus pétalos una hipnótica sensación de oleaje.

Hacía años que en Ibiza no se vivía una primavera tan frondosa y colorida. Llevábamos mucho tiempo de sequía y en esta época el verdor de los campos ya había comenzado a amarillear, tal y como ocurre habitualmente en verano. Hoy, el campo resulta un espectáculo y la frondosidad de hierbas, matojos y arbustos es tan excesiva que múltiples senderos que atraviesan los campos y conducen a los antiguos pozos y a otros rincones por los que apenas transita nadie, resultan casi impracticables. Al igual que ocurrió en las orillas ibicencas en los tiempos de recogimiento por el covid, la naturaleza ha seguido su curso y se ha adueñado del paisaje con un frenesí que casi habíamos olvidado.

La excepción de los pinos

La única excepción a este estallido de brío salvaje son los pinos de los montes y algunos frutales viejos que, a pesar de la milagrosa lluvia, siguen enfermos, saturados de procesionaria y otras plagas, incapaces de recuperar la viveza del verdor de antaño. El esplendor, por tanto, es el de la hierba, como en la película de Kazan.

El fogonazo de la primavera, asimismo, no se aplica únicamente al manto vegetal que cubre los campos sin arar, sino también a la costa y la ribera de las playas. Los colores del mar, tras las tempestades invernales y el clima inestable, también florecen a su manera, exhibiendo una transparencia que antaño era perenne y esa gama infinita de turquesas y esmeraldas que contrastan con las manchas oscuras, atigradas, donde cimbrea la posidonia. Luego llega el verano, con la saturación de barcos, los constantes vertidos, la sobreexplotación de las playas y la elevada temperatura marina, y el brillo del agua acaba siendo sustituido por una creciente y preocupante turbidez.

En Ibiza habría que cambiar el calendario escolar y que los niños comenzasen las vacaciones largas en el mes de abril. Así podrían disfrutar las playas en las mismas condiciones en que las vivimos los de nuestra generación, en los veranos de la infancia.

(*) Cofundador de www.ibiza5sentidos.es, portal que recopila los rincones de la isla más auténticos, vinculados al pasado y la tradición de Ibiza

Los ibicencos de antaño usaban la amapola como planta medicinal de diferentes maneras. Se hacían, por ejemplo, infusiones con los pétalos por sus propiedades sedantes y para curar la tos a los niños. Una de las variedades que hay en la isla y que crece de manera salvaje en los campos es la Papaver somniferum, conocida como adormidera, de cuya cápsula se extrae el opio. Tiene los pétalos de color violáceo y los payeses la empleaban para aliviar el dolor de muelas. Su cultivo, lógicamente, está prohibido.

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