Historia
Memoria de la isla | Éramos pequeños, pero no tontos
En los años cincuenta, sin televisión, nuestro refugio eran los tebeos que tenían su templo en el tabuco de Casa Carlos, en el carreró de la Xeringa

Un grupo de niños en una imagen anónima tomada en la Plaça de Vila. / D.I.
Ya octogenario, ¡cómo pasa el tiempo!, he vuelto a leer por curiosidad los tebeos que entre los seis y doce años leíamos los niños. En ellos teníamos nuestros particulares héroes de papel y personajes familiares que acompañaron nuestra infancia. Y al revisarlos sorprende el estrepitoso fracaso que tuvo con nosotros la casposa censura franquista, el veneno que intentaban inocularnos y que no nos hizo el menor efecto, posiblemente porque nuestro mundo estaba en otra onda y aquel adoctrinamiento ni tan siquiera nos arañó el subconsciente, aunque aquella manipulación, conviene recordarlo, no estaba sólo en los tebeos. Estaba en el obligado NO-DO que en los intermedios de las sesiones dobles nos colaban los cines. Estaba en los sermones de los curas que nos amedrentaban con el pecado, el infierno y los demonios. Estaba en el frontis de las aulas, sobre la tarima de las sores y maestros, en aquella cruz negra flanqueada -como los dos ladrones del Calvario- por Franco y José Antonio. Estaba en las artimañas de la Falange que nos engatusaba con el futbolín, la mesa de pimpón y los juegos reunidos Geyper que disfrutábamos en el Salón del Frente de Juventudes que estaba en Vara de Rey, al lado de Ebusus, y con los aparentes uniformes de camisa azul mahón, la boina roja y aquella bonita hebilla al cinto con el yugo y las flechas de Isabel y Fernando.
Trataron incluso de manipularnos años después, cuando ya nos asomaba el bigote, en el Santa María, nuestro instituto, a través de aquella ‘maría’ que era la ‘Formación del Espíritu Nacional’. Y ¡ni por esas! La censura fracasó con nosotros porque, aunque pasábamos por ser los niños de derechas que dice Umbral, acabamos siendo rebeldes con causa. Pero volvamos a la censura franquista de los tebeos que, como decía, tan poco efecto tuvo en nosotros.
A poco que nos fijemos en la intencionalidad que volcaban en nuestros cuadernillos infantiles, El Guerrero del Antifaz, El Cachorro, El Jabato, El Pequeño Luchador, El Capitán Trueno, El Hombre Enmascarado, Tarzán, Supermán, El Corsario Negro, Flash Gordon, Roberto Alcázar y Pedrín, Diego Valor, Hazañas Bélicas y Las Aventuras del FBI, descubrimos que nos vendían la imagen del superhombre, los valores de la Hispanidad y de la Raza, un nefasto racismo colonial y paternalista, un reaccionario conservadurismo, un concepto imperial del Estado, una clara represión del sexo y el erotismo, un descarado machismo, violencia a mansalva, un belicoso anticomunismo y una mal disimulada infiltración americanista. Y no salían mejor paradas nuestras amigas con las historietas del cómic femenino, melifluo y sentimental, en la Colección Azucena, Belinda, Sissí y Florita, con argumentos ingenuos y moralizantes que sublimaban las labores del hogar y el matrimonio como estado de felicidad en su papel de esposa y madre, al tiempo que dejaban clara la superioridad del hombre que se presentaba como rey de la creación y príncipe azul al que tenían que esforzarse en cazar a cualquier precio.
Si la censura franquista no nos hizo mella fue por la sencilla razón de que éramos pequeños, pero no tontos. Pienso que nuestra defensa y contrapeso estaba en los otros tebeos, los del género humorístico, TBO, DDT, Pulgarcito, Pumby, etc. Si los tebeos de aventuras eran fiel reflejo de la España oficial, es decir, de las directrices y los ideales de los vencedores de la guerra civil, los tebeos de humor hablaban de la España cotidiana y real de los vencidos. Con una crítica solapada y en lo posible subversiva describían la triste realidad de la vida de posguerra, la de las cartillas de racionamiento, abrigos de borra y brasero.
Humor sanchopancista
Estos tebeos de humor sarcástico, mordaz y en ocasiones non sense, absurdo, no planteaban cuestiones trascendentes, ideológicas, políticas o religiosas. Su humor era más sanchopancista que quijotesco, de antihéroes, no de héroes. Me viene a la mente toda una tribu maravillosa de vagabundos, cascarrabias y desheredados, Don Furcio Buscabollos era un Quijote heterodoxo, Don Rigoberto Picaporte un solterón de mucho porte, celtíbero medio y solitario que acababa mal, los hermanos Zipi y Zape terroríficos mellizos que ponían el mundo del revés, Doña Urraca un personaje de manifiesta mala leche que, eso sí, siempre salía mal malparada, Carpanta era el pobre de solemnidad con hambres que llegaban a enternecernos, Leopoldo Vaguete no daba golpe, no le gustaba trabajar, el Doctor Cascarrabias era un Groucho Marx para andar por casa que desmontaba convenciones y costumbres, Doña Tula descubría la virulencia inusitada de las suegras, Matildita y Anacleto, lejos de ser un matrimonio completo, descubría un casorio equivocado y resignado, el abuelo Cebolleta un vejete que nos machacaba con sus batallitas, la Familia Trapisonda y la Familia Ulises nos decían que en el hogar no todo eran mieles, del Doctor Cataplasma mejor era no fiarse por sus malos apaños, Doña Filomena Mochales estaba como una cabra, la Terrible Fifí era una niña repulsiva, repipi y corrosiva, el Profesor Tragacanto un mal enseñante y su clase un espanto, Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, creaban una desgracia en cada apaño, Anacleto Agente Secreto y Mortadelo y Filemón eran polis voluntariosos que salían trasquilados porque siempre metían la pata, Paca Cotilla y Doña Lío Portapartes eran las reinas del chismorreo, Tacañete un individuo agarrado como un chotis y Casimiro Futbolete un hincha que perdía el norte cuando su equipo encajaba un gol.
La rebelión de los marginados
En aquellos tebeos humorísticos teníamos, en fin, la indisimulada rebelión de los marginados y contestatarios que una estúpida censura no cazaba. Teníamos la comedia, la condición humana. Con el humor se decía lo que no se podía decir de otra manera, la vida como era. Y fue aquella vida cotidiana y real, a pie de calle, la que, aunque vistiéramos pantalones cortos, contribuyó a desasnarnos y evitó que nos tomaran el pelo. ¡Benditos tebeos!
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