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Playas de Ibiza

Imaginario de Ibiza | La maleabilidad de las orillas mutantes

Ibiza ha evolucionado de cien maneras distintas en los últimos 70 años y continúa haciéndolo. Los cambios son inherentes al paso del tiempo y los designios de la naturaleza. Las playas constituyen un ejemplo incontestable y son muchas las que, de un año para otro, experimentan transformaciones radicales sin que medie la mano del hombre.

Playa de sa Cala de Sant Vicent. / X.P.

Playa de sa Cala de Sant Vicent. / X.P.

@xescuprats *

Ibiza

Aquí abajo el verano ha empezado tarde, pero pronto estarán al llegar los primeros higos. Los forasteros en cambio ya han caído de los árboles, más numerosos que el año pasado: por desgracia muchos de ellos verdes e inmaduros

Walter Benjamin, Sant Antoni, 1933

La palabra «mutar» significa cambiar o transformarse y es un término que puede aplicarse a Ibiza desde innumerables puntos de vista. La mutación más evidente es económica y social, y comenzó con la llegada de los primeros turistas, culminando con la evolución de una comunidad rural y prácticamente medieval, sin apenas alteraciones durante siglos, a una isla cosmopolita y de servicios, asediada por la globalización y la gentrificación. Walter Benjamin ya lo intuía en los años treinta, atisbando los albores del cambio.

Pero hay otras muchas mutaciones que definen nuestra realidad actual, como la climática, que cada vez genera más incertidumbre y caos; la identitaria, en la que vamos perdiendo personalidad y cultura a borbotones, o la paisajística, donde el hormigón, el asfalto y las vallas publicitarias carcomen progresivamente una naturaleza antaño virgen, que había convivido con la acción del hombre prácticamente sin alteraciones.

La mutación que hoy nos interesa, sin embargo, es la costanera, fruto de embates, tormentas, vientos, corrientes y remolinos. La imagen que acompaña esta página fue capturada hace algunos años en sa Cala de Sant Vicent, una de tantas orillas maleables de la isla. Antaño, sa Cala era una ribera pedregosa a la que se inyectó arena para transformarla en playa turística, por interés de los hoteles de la retaguardia. A partir de entonces, la arena fue entrando y saliendo al compás de los temporales del invierno, y tanto el turista esporádico como el ibicenco ocasional, que sólo se aventura a sa Cala con la canícula, llevan a cabo el primer acercamiento con la incertidumbre de cómo hallarán la playa esta temporada.

Las orillas ibicencas son mutantes sin excepción, pero algunas experimentan cambios extremos. El pasado verano, sin ir más lejos, es Jondal, en lugar ser una ribera pedregosa en toda su amplitud, presentaba manchas arenosas en el exterior, que permitían asolearse sin abollarse la espalda y acceder al agua sin tropezar con una sola piedra, quedando marginados los pantalanes que los chiringuitos instalan para que los bañistas accedan al mar con comodidad. Curiosamente, en el invierno anterior, las tempestades movieron toneladas de piedras, expulsándolas frente a los refugios de pescadores de es Xarco, en la orilla contigua, inutilizando la mayor parte de sus varaderos.

También en es Jondal, los bancos de arena sumergidos cerca de la orilla suelen generar sorpresas. Algunos años, el agua cubre tras cuatro pasos y, en otras ocasiones, hay que adentrarse muchos metros en el mar y, aun así, un poco más adelante, el bañista descubre que vuelve a hacer pie.

Luego encontramos orillas habitualmente cubiertas por completo de arena, como Platges de Comte, s’Aigua Blancases Salines, es Cavallet o Cala Tarida, que de pronto la pierden en largos tramos, quedando al descubierto las grandes plataformas de roca lisa sobre las que, cuando la hay, ésta se asienta. Y en Benirràs no sólo aguarda el atardecer junto a es Cap Bernat, sino el misterio de si el invierno habrá maleado la orilla o habrá respetado el manto blando en toda la media luna. Por mucho que intentemos domarla, la naturaleza siempre sigue su curso.

De Salada a Saladeta

Una de las paradojas generadas por los temporales de invierno la encontramos en Cala Salada y Cala Saladeta. Lo habitual es que la playa grande acumule un rosario de escollos y la pequeña, en cambio, adquiera la condición de edén caribeño, con aguas turquesas y fina arena. Algunos años, sin embargo, las tempestades se tornan caprichosas y ambas orillas alcanzan el mismo estatus elevado. Ocasionalmente se reproduce idéntico fenómeno en Cala Gració y Cala Gracioneta, y en el rincón de es Calonet, junto a Cala Tarida, que de un verano a otro también pasa de rincón paradisíaco a oscuro roquedal y viceversa. Otro día hablamos de las concesiones menguantes de hamacas y chiringuitos, por esta misma causa.

(*) Cofundador de www.ibiza5sentidos.es, portal que recopila los rincones de la isla más auténticos, vinculados al pasado y la tradición de Ibiza

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