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Historia

Memoria de la Ibiza| Es Vedrà, enigmas y evocaciones

Ver el islote desde la costa ibicenca pide silencio, invita al silencio, pero es un silencio que puede llegar a ser atronador

Turistas asisten al ocaso en el mirador de Cala d’Hort. / MARCELO SASTRE

Turistas asisten al ocaso en el mirador de Cala d’Hort. / MARCELO SASTRE

Miguel Ángel González

El Vedrà nos atrae como un imán porque tiene aura, es una emergencia que nos subyuga, nos impone respeto y nos inquieta, posiblemente porque retiene un secreto que no conseguimos descodificar. Las cosas adquieren significado cuando la nombramos, pero la palabra Vedrà nos deja en blanco a pesar de que ya la tenemos documentada en el siglo XIII. No sé de ningún topónimo ibicenco que tenga un origen más escurridizo. De las etimologías de Vedrà que conozco, -de Corominas, Mascaró Passarius, Cosme Aguiló, etc-, me quedo con la de Enric Ribes que tengo por más razonable y razonada. Según su propuesta, la palabra Vedrà vendría posiblemente de petranu (pedregoso) y de la forma latina petra (peñal o roca), que implica el paso de la P a la V, cosa menos extraña de lo que parece cuando sabemos que los árabes no pronunciaban la P que transformaban, según los casos, en B, F o V, tal como vemos en pastinaca que pasa a bastenaga, portulaca que se convierte en verdolaga o Portumany que llamaban Burtuman.

A mí, la verdad, me fascina que el Vedrà, ya en su nombre, siga siendo un enigma. Es algo que casa bien con su enigmática y telúrica imagen que inspira poemas y despierta sueños. No conozco ningún escritor, pintor o poeta, que con sus palabras, pinceladas o versos, consiga transmitir la vivencia que experimentamos al ver el Vedrà, cíclope marino que alimenta el mito y nos remite a relatos arcanos de héroes, gigantes y dioses. Uno ve el Vedrà y sabe que por sus aguas han navegado los argonautas de Jasón y también Ulises camino de Ítaca, amarrado al mástil de su nave para no verse seducido por el canto de las sirenas.

Al SW del litoral ibicenco y a poco más de una milla de Cala d’Hort, con 385 metros de altura, el islote impone su hipnótica y sorpresiva presencia. Un estrecho canal de aguas profundas y oscuras separa la isla de un islote menor, el Vedranell, y los dos peñales hacen pensar en el poderoso espaldar de un prehistórico animal petrificado. La vegetación es endémica, rasa y escasa. El Vedrà, donde domina desnuda la piedra, es un espacio inhóspito y prácticamente inhabitable en el que sólo hubo en tiempos algunas cabras asilvestradas que los payeses de la zona dejaban para luego cazarlas en partida festiva.

Hoy sólo hay lagartijas pintadas de azul y amarillo, cormoranes, algunas ratas y gaviotas. Que yo sepa, el Vedrà sólo ha estado habitado por el P. Palau, fraile que en una cueva tuvo eremitorio en lo más alto del anfiteatro que levanta, como gibas de camello, las dos crestas del islote. Allí tuvo el beato su particular Sinaí, su Patmos, su Mont-Sant: «Visc aïllat en aquest peñal on he trobat una cova amb un degotim d’aigua suficient per al meu consum i tinc provisions per un mes. Déu m’ha preparat en aquest illot una solitud tan plaent al meu esperit que no m’hauria atrevit a desitjar-ne un altra de millor».

A pesar de su proximidad a la costa ibicenca, al Cap des Jueu, el Vedrà permanece secreto y distante. Grito tectónico de Gea, es el vestigio de un mundo primigenio y arcano, un ámbito simbólico y numinoso que viene definido por tres elementos, agua, isla y montaña. No puede extrañarnos cuando el agua, símbolo de vida, es el elemento primordial de la existencia. Antes de que hubiera tierra, existieron las aguas genesiacas: «Al principio, las tinieblas cubrían el abismo y el espíritu de Dios se cernía sobre las aguas». Todas las cosmogonías participan de las hidrofilias con el agua lustral como fons et origo, matriz de vida. Las religiones se han apropiado después de su simbolismo en el bautismo cristiano, en la inmersión hinduista en el Ganges y en las abluciones del Islam. El agua tiene un poder germinativo, iniciático y regenerador, capacidad de exorcizar y facilitar el renacimiento. Los oráculos están siempre cerca del agua que purifican y vivifican. El Diluvio es un mito de catarsis y restauración. Los cristianos nos santiguamos con agua y el sacerdote asperja con agua a los fieles, la casa en la salpassa y en la misa, antes de la consagración, se lava las manos.

Mitificación de la isla

No puede extrañarnos que, en su emergencia de las aguas, el Vedrà sea signo, señal, lugar revelador de trascendencias y utopías, un espacio separado y distinto que rompe la homogeneidad del espacio profano circundante, un ámbito cargado de energía que permite al hombre participar de su fuerza y sacralidad, condición que explica la islofilia, la mitificación de la isla y la atracción que ejerce sobre nosotros. En cierta manera, todas las islas son Ítaca, ese lugar primordial que perdimos y necesitamos recuperar.

Y el tercer elemento que define el Vedrà, además del agua y la insularidad, es la montaña, en tanto que lugar elevado. En la búsqueda de la divinidad, el hombre ha construido ciudades y templos, como nuestra catedral, en lugares altos donde se encuentran la tierra y el cielo. El lugar elevado, superior, trasciende el espacio común y ordinario. Babel es el esfuerzo prometeico del hombre por llegar al lugar que habitan los dioses. Las pirámides aztecas y los zigurats mesopotámicos eran lugares elevados. La montaña en sí misma es un ámbito que sobresale orientador, Axis Mundi. De aquí que sean sagrados el Monte Meru en la Índia, el Garizim en Palestina, El Haraberezaiti en Irán, el Sinaí y el Tabor o Tabbaûr, que significa ombligo de la tierra, centro del mundo.

Ser como dioses

Al ascender a una montaña el peregrino alcanza un punto límite donde se da una ruptura de nivel. La cima deja atrás el espacio profano y penetra un espacio sagrado que propicia las revelaciones. Es la virtud que, como lugar cualitativamente especial, tiene el Vedrà. Y no se trata de una perspectiva religiosa, sino de una vivencia anterior a toda reflexión que introduce al hombre en lo sagrado, en un espacio saturado de ser y que alimenta el anhelo que tenemos de habitar una mítica Arcadia, de ser inmortales, de ser como dioses.

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