Playas
Imaginario de Ibiza | Ses Figueretes, la transición primaveral de una playa bipolar
Durante los recientes días de vacaciones, ses Figueretes, la más urbana de las orillas ibicencas, ha mantenido su tranquilidad invernal, en una lenta transición hacia el verano

Una caseta en ses Figueretes. / X.P.
El silencio es paz. Tranquilidad. El silencio es bajar el volumen de la vida. El silencio es presionar el botón de apagado.
Esta imagen de la orilla de ses Figueretes fue tomada hace pocos días, en una de estas jornadas brumosas durante las vacaciones de Semana Santa, por la mañana, aunque no excesivamente temprano. Si ya estuviésemos en los albores del verano, media playa aparecería tomada por un manto de toallas, ocupadas por anglosajones y teutones de familias madrugadoras tostándose al sol. Aunque, ciertamente, tal colectivo turístico resulta cada vez más exótico por escaso, al ser progresivamente sustituido por grupos de amigos, parejas y hordas fiesteras, al compás de la transformación hotelera que atrae a este tipo de público. Ses Figueretes, sin embargo, sigue pareciendo estar atrapada entre ambos mundos.
A la hora de ilustrar la bipolaridad y la transición que experimenta esta playa en primavera –cuando aún colea la apacibilidad del invierno, acentuando la decadencia del barrio–, mientras los establecimientos cerrados ya comienzan a sacudirse las telarañas ante el aroma del verano, dudé entre esta imagen y otra, tomada unos minutos después.
La descartada, más cerrada hacia el mar, exhibe un enorme crucero, de esos que se antojan ciudades flotantes, con rumbo al puerto de Vila, y un ferri que navega en la dirección opuesta, hacia Denia. Ambas embarcaciones se sitúan sobre el perfil de una de las escolleras que parten la orilla en tres, que antaño soportaba parte de la estructura de aquella absurda piscina de agua salada que alguien tuvo la idea de construir en medio del mar. Se avistan tan cercanas que, aunque el Puig des Molins y Dalt Vila ejerzan de prolongada frontera hasta la bahía de la ciudad, resulta inevitable experimentar la sensación de estar pisando una playa portuaria, como ocurre en algunas orillas valencianas, barcelonesas y de otras urbes costeras.
Garita aún vacía
La elegida, por el contrario, refleja mejor la apetecible soledad del presente, ya con los días contados, protagonizada por la garita vacía de los socorristas, aún clausurada, y la única presencia de una mujer y un perro, a lo lejos, caminando junto al mar. La escena aparece envuelta en una doble neblina. La visible que apaga el cielo y la invisible del silencio, únicamente interrumpido a retazos por las zancadas de los corredores que sudan sobre el paseo, las radiales y los taladros que trabajan perezosamente en la puesta a punto de la vertiente turística del barrio y el eco de los coches que circulan por las calles adyacentes, amortiguado por los edificios de primera línea.
La arena oscura parece sucia, aunque no por la posidonia que la envuelve a jirones, también presente en cualquier postal de hace medio siglo, cuando todavía no era retirada con maquinaria pesada y los turistas venían igual, sino por los plásticos y la suciedad que la metrópoli parece exudar hacia el mar. De alguna forma, la orilla de ses Figueretes, incluso ahora, refleja las angustias y las tensiones de un barrio con dos caras antagónicas, contenidas entre los muros de las casas y los edificios, y en la pobreza que anida en muchos de los interiores, siempre con la permanente sensación de estar a punto de aflorar.
Parte del Quartó de ses Salines
En la Edad Media, ses Figueretes pertenecía al Quartó de ses Salines y ya se conocía con este nombre. Su paisaje era el típico de la Ibiza interior, con vides, higueras, algarrobos y almendros. Aquí púnicos y romanos cultivaron junto a la orilla, salaron pescado, modelaron y cocieron cerámica, y hasta instalaron un pequeño puerto con su necrópolis. Su configuración como costa urbana arrancó en los años sesenta del siglo pasado, cuando sus 23 hectáreas de extensión comenzaron a llenarse de hoteles, apartamentos, comercios y pisos de viviendas, hasta albergar una población de más de 5.000 personas, que conviven con alrededor de 1.500 turistas. Un barrio, por cierto, sin escuelas, plazas ni iglesia, aunque con un extenso paseo marítimo.
(*) Cofundador de www.ibiza5sentidos.es, portal que recopila los rincones de la isla más auténticos, vinculados al pasado y la tradición de Ibiza
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