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Memoria de la isla

Memoria de Ibiza: Ritos, oficios y misiones de Semana Santa

Los marzos y abriles se reparten la Cuaresma que este año nos llega con retraso. Tras el fornicio, la risa y los disfraces que nos ha propiciado don Carnal, la Doña llega grave y con vestido malva

Procesión a su salida de la Catedral.

Procesión a su salida de la Catedral. / Vicent Marí

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Ibiza

En los tiempos que recuerdo de mi infancia, allá por los cincuenta —hoy ni por asomo—, el personal se encogía y compungía, y aunque nadie se daba ya golpes de pecho ni se vestía de saco, conformaba su condumio a las sopas de pan y a las sardinas. Y eso sí, teníamos el paliativo de la Santa Bula, que más que santa era negocio: te rascabas el bolsillo y en vez de arenques, bacalao y potajes, te podías agenciar un capón sin condenación eterna.

Hoy tengo por gilipollez lo de la abstinencia, pero me tranquiliza leer en las Crónicas que, tiempo atrás, lo de la Cuaresma era más grave. Pasaba el cerbero del Santo Oficio, casa por casa, para recoger los ‘boletines’ firmados por el rector de la parroquia que confirmaba la preceptiva confesión pascual. Y mal asunto si no se tenía, porque se daba aviso al Santo Oficio que de santo tuvo poco. Y luego estaban los ‘Edictos de Fe’ que se publicaban cada año en la parroquia de Santa María y en la iglesia de Santo Domingo, entonces de Sant Jaume y Sant Vicent, que obligaban sots pena de excommunicació major a denunciar a quienes hubieran comido carne en la Cuaresma.

Tal le sucedió a un tal Gregori Guasch, Antoni Ferrer y Lluc Torres, de Labritja, que dieron cuenta de un lechón asado; y el mismo caso fue el de Joan Ramon ‘Pintat’ que en ca’s Ramons de Balançat «torrà sobrassada i se la menjà un divendres», lo que le llevó al mal trago de rendir cuentas al Comisario del Alto Tribunal. (Causa 4001.11). Afortunadamente, los tiempos que recuerdo en los cincuenta ya eran otros y todo quedaba en guardar las formas. No podíamos hincarle el diente a un cacho de tocino, pero nos podíamos poner morados, color muy cuaresmal, comiendo calamares y salmonetes fritos. En todo caso, en los días que digo, aún pintaban bastos. Las chacinerías y carnicerías bajaban la persiana con indisimulado cabreo, mientras los pescadores no daban abasto y aplaudían con las orejas la abstinencia que el P. Alberto predicaba en Sant Elm. De aquellos dislates nos queda una explícita coplilla: «Set setmanes de Corema / només hem pogut menjar / arengades rovellades, mongetes i bacallá».

Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero sigue siendo una bendición que se mantengan con estupenda salud liturgias y ritos que por su magnífica teatralidad son una gozada, incluso para agnósticos y ateos. Es un espectáculo asegurado. Hablo de los Oficios y las procesiones. No hay compañía de teatro que con sus espectáculos supere la depurada puesta en escena que en estos santos días consiguen las iglesias. Todo funciona en ellas con la precisión de un reloj suizo, músicas, cánticos, letanías y luces.

Casullas y capas

Contribuye a ello, por supuesto, el magnífico escenario de los templos, pero es de ver la representación meticulosa de los oficiantes con sus vistosas casullas y capas, amén del fervoroso clima que crean los recitativos corales. Un repertorio riquísimo y variado que la secularización no ha sido capaz de arrinconar.

Hoy ya he perdido comba porque no practico y no sé si sobrevive el ‘Sermón de las Siete Palabras’ que, cuando yo era niño, el Viernes Santo, oía en el Convento de Santo Domingo con mis padres. Era una meditación tremebunda sobre las últimas palabras de Jesús en la cruz que, tantos años después, todavía recuerdo: 1) «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». 2) «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso». 3) «Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre». 4) «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». 5) «Tengo sed». 6) «Todo está consumado». Y 7) «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Confieso que la cuarta frase, «¿Por qué me has abandonado?», me sigue acompañando en los malos momentos, en tanto que metafísica duda. Como queja o lamento, es la frase más humana que jamás ha pronunciado un Dios-Hijo crucificado a un Dios- Padre omnipotente que se cruza de brazos. Y otro evento cuaresmal que se daba en los cincuenta era el de ‘Las Misiones’ que la feligresía esperaba con expectación. Eran prédicas que sufragaba el Obispado y que casi siempre impartían capellanes forasteros, por lo general, carmelitas o dominicos. Las pláticas se anunciaban en una cartela que se clavaba con una chincheta en la puerta de la iglesia, de manera que el programa y la fama precedía al orador.

Alguno de ellos repetía y si cambiaba de municipio sucedía que sus seguidores de otros pueblos acudían a la iglesia que visitaba el año en curso. Admonitorios, proféticos y vehementes, aquellos panegíricos se resumían en el tremendo ¡Timete Deum! que como un estribillo se repetía sobre los acojonados oyentes. Por lo general, para entrar en calor, los sermones iban precedidos por un didascálico Vía Crucis en el que, paso a paso, se meditaban las 14 estampas que llevaban de la casa de Pilatos al Calvario.

Del susurro al arrebato

No era raro que para serenar los ánimos se rezara el santísimo rosario, una forma de ‘yapa’ occidental con el ‘mantra’ del ora pro nobis y el ‘mala’ de las 59 cuentas, muy parecido al rosario árabe o indú. La perorata del predicador solía arrancar en voz baja, en susurro hipnótico, seductor y silabeante, que era una forma de que la parroquia, para poder oírle, guardara un sepulcral silencio. Pero aquel pacífico introito duraba poco y cuando más confiado estaba el auditorio, el cura estallaba en arrebato atronador, colérico y congestionado, cosa que sucedía cuando salían al paso la Muerte y el Juicio Final: «Convertiu-vos pecadors! Penseu que us pot sorprendre mort sobtada i repentina! No digueu prou temps hi ha, puig quan menys us ho penseu, la vida s’acabarà!». Y así seguía como si sobre la iglesia descargara una tormenta de rayos y truenos que, paradójicamente, los fieles disfrutaban sin mojarse, recogidos y encogidos, eso sí, pero en el buen cobijo de la nave.

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