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Dominical

Imaginario de Ibiza: Santa Llúcia, el apéndice de las murallas

El séptimo baluarte de la fortaleza constituye el mejor mirador de los barrios de la Marina y Sa Penya, y también de la parte baja del monumento

El momento óptimo para visitarlo es al atardecer

El baluarte es el mejor mirador de la ciudad.

El baluarte es el mejor mirador de la ciudad. / Xescu Prats

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Xescu Prats @xescuprats

Ibiza

Cuando el sol se esté poniendo, deja de hacer lo que sea que estés haciendo y míralo

Mehmet Murat Ildan

En esa incesante búsqueda crepuscular que emprenden los verdaderos amantes de la isla a través de un interminable paisaje de recovecos, predominan los ocasos marítimos, aquellos en que el sol se sumerge bajos las aguas proyectando una paleta vibrante y violenta de carmines, fucsias, azafranes y malvas en el cielo. Los atardeceres interiores, por el contrario, transitan a través de un dorado apacible y brumoso, que difumina el contorno de los pinares que envuelven los montes. De entre estos últimos, el que se avista desde el terraplén del baluarte de Santa Llúcia figura entre los más destacados.

Cualquiera que haya paseado por las murallas de Dalt Vila durante el verano y alcanzado su altiplano más amplio y diáfano, en el momento justo, lo habrá percibido. El fulgor de las casas encaladas de la ciudad alta irradiadas por el reflejo crepuscular, la progresiva inmersión en sombras de los barrios contemporáneos y los arrabales marineros, y la manera en que la luz persiste unos minutos más sobre el talud de Santa Llúcia, mientras los últimos destellos se cuelan entre los pasajes y callejones de sa Penya, constituye un espectáculo digno de contemplación.

Ahora que las murallas ya no ejercen de salvaguarda de la ciudad, sino que se limitan a retomar su papel de monumento, Santa Llúcia también ha renunciado a la esencia de apéndice militar para elevarse como espectacular mirador de la ciudad y todo lo que permanece inerte a sus pies: el puerto, las dos bahías, el Pla de Vila, los montes que lo circundan y un mar que se pierde hacia el oriente.

Una perspectiva única

Tras el parapeto del lado de poniente, entre los cañones de atrezo, se goza una perspectiva única del extenso lienzo que desciende hacia el Portal de ses Taules y el baluarte de Sant Joan. No existe enclave más adecuado para imaginar cómo habrían resultado las murallas si el proyecto concebido por el ingeniero italiano Giovanni Battista Calvi, que comenzó a erigir una fortaleza con seis baluartes, no hubiese sido ampliado por el suizo Jacobo Paleazzo, El Fratín, que casi dobló la superficie de la ciudad amurallada.

Del diseño original del siglo XVI se mantiene la parte alta de las murallas, con los baluartes de Santa Tecla, Sant Bernat, Sant Jordi, Sant Jaume y Sant Pere. Estaba contemplado que un extenso lienzo uniera Santa Tecla, a los pies de la Catedral, con una versión mucho más reducida del bastión de Sant Joan, que habría tenido un tamaño similar a los anteriores, en lugar de casi triplicar dicha extensión, como ahora. El espacio que ocupan la plaça de Vila y algunas calles adyacentes, así como la zona de la plaza de sa Carroca y los pasajes empedrados que ascienden habrían quedado extramuros.

El Fratín, sin embargo, incorporó la enorme extensión que abrazan el revellín, el Portal de ses Taules, con su rastrillo y cuerpo de guardia, y la ampliación del citado Sant Joan, haciendo espacio a nuevas travesías y edificios tan simbólicos como la sala de armas, que hoy alberga el Museo de Arte Contemporáneo, el convento de los dominicos, actual extensión del Ayuntamiento, con su iglesia, y el polvorín, entre otras estructuras.

El adarve al completo de las murallas constituye un paseo ineludible, tanto para deleitarse con la grandiosidad del monumento como con las vistas marineras que en Santa Llúcia se le niegan al caminante. Pero dicho baluarte, sin duda, requiere de una parada prolongada para escudriñar las plataformas que componen la fortaleza y la cuadrícula urbana que esbozan las calles del puerto y la Marina.

El vértice más afilado de la muralla

El más importante detalle arquitectónico de Santa Llúcia no se admira con suficiente perspectiva desde el terraplén, incluso al asomarse al precipicio junto a la garita de vigilancia del extremo de levante. Se trata del vértice afilado que sostiene el baluarte por este lado y que se apoya sobre el acantilado de sa Penya. El mejor rincón para otearlo desde una perspectiva frontal es el muro de abrigo del puerto, ascendiendo al paseo que lo corona y que conduce hasta el faro.

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