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Memoria de la isla

Memoria de la isla: La singularidad urbana de la Marina

La ciudad de Ibiza y Vila son realidades distintas. Vila es la ciudad histórica, mientras que la ciudad de Ibiza engloba la ciudad histórica y la ciudad nueva que desde los años sesenta del siglo pasado se ha expandido en un anodino Ensanche que se ha configurado al margen de las señas de identidad de la ciudad originaria

Fachada de la Marina.

Fachada de la Marina. / JUAN A. RIERA

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Miguel Ángel González

Ibiza

Dalt Vila significa literalmente 'encima de Vila', 'ciudad alta' que queda sobre la 'ciudad baja' o arrabal, de manera que Vila, en tanto que ciudad histórica, es la ciudad alta y también la baja que conforman, a partir de los siglos XV y XVI, la Penya y La Marina. Una ciudad histórica, por cierto, perfectamente diferenciada de la ciudad nueva o Ensanche que nada tiene que ver con el corazón de la ciudad que, bien lo sabemos, está en el cañamazo urbano más antiguo, un ámbito fácil de reconocer por los parámetros que condicionaron su anclaje, por un ordenamiento que respondió a la necesidad y a las condiciones estrictas que impuso el suelo de su asiento, la irregular orografía en acusada pendiente de la colina, del Puig de Vila.

Cabe decir, sin embargo, que, aunque consideremos también a La Marina como parte sustantiva de la ciudad histórica, no lo es en la medida que lo son Dalt Vila y la Penya, barrios más antiguos y que responden a una edilicia y a un ordenamiento urbano todavía medieval. Hasta mucho después de la conquista catalana (1235), la ciudad fue un coto cerrado entre murallas. Fuera de ellas había únicamente algunos tinglados, casuchas y almacenes relacionados con las atarazanas y el puerto. Sólo a partir de los siglos XV y XVI se crearía un pequeño asiento poblacional en el roquedo en declive que queda, al pie del promontorio de Santa Llucia, entre la fortificación, la bahía y los acantilados de levante. De aquel momento tenemos la referencia de las capillas del Socorro o de Santa Llucia (1410) y Sant Elm (1506), la iglesuela del gremio de pescadores. En aquel roquedo de levante, la proximidad de las casas a la muralla respondía a la necesidad de encontrar inmediato refugio por el peligro que venía del mar.

Este pequeño burgo extramuros daría con el tiempo lugar a la Penya, una zona que hacia poniente dejaba una estrecha lengua de tierra llana, por debajo del actual carrer de la Mare de Déu. Las aguas de la bahía alcanzaban entonces la plaça de sa Riba y los actuales carrers del Mig y Cipriano Garijo, tierras que con el tiempo se ganarían al mar. Entonces aún existía un varadero al pie de capilla de Sant Elm, en cuyos muros había argollas para que los pescadores amarraran sus barcas, un entorno que hoy nos recuerda en su nombre el carrer del Mar y el carrer de sa Drassana, por la pequeña atarazana que estuvo allí.

Hoy, con el terreno ganado al mar, cuesta imaginar el viejo mapa del norte urbano del Puig de Vila, pero basta pensar en la plaça de Drassaneta, pequeño astillero que entonces quedaba a un tiro de piedra de las orillas de la bahía.

Si ampliamos el mapa, toda la zona llana que iba hacia poniente desde el arranque actual de la Penya o, lo que es lo mismo, desde el carrer de la Mare de Déu, es ya el ámbito en el que con el tiempo se irá configurando entre los siglos XIV y XVII un burgo habitado por pescadores y marineros, gentes de la mar y ligadas al puerto, con obradores, talleres de artesanos y comerciantes. El incremento poblacional de esta zona se debió también a la llegada a la ciudad de payeses que abandonaban el campo y buscaban la segura inmediatez de la fortaleza.

Trazado irregular

Durante un tiempo, en el encuadre que tenemos entre la bahía por el norte, la fortificación por el sur, la línea que crean las calles de Manel Sora y Emili Pou por levante y Guillem de Montgrí por el oeste, la Marina creció todavía con manifiesta espontaneidad, con un trazado irregular y algún esponjamiento en el entorno de Sant Elm —iglesia reconstruida en 1623— y en el frontis de la rampa o Rastrillo de acceso a la Real Fuerza, (Portal de las Tablas). El crecimiento de la ciudad a pesar de las dificultades y los riesgos que en aquellos días suponían las incursiones piráticas es imparable, al punto que Dalt Vila suma a finales del siglo XVIII una población estática y dirigente de poco más de 800 personas, formada por rentistas, clero, militares y propietarios a los que llaman mossons, mientras el arrabal de la Marina, habitada por una población más dinámica y productiva, suma más de 2.000 individuos a los que los primeros llaman despectivamente 'banyaculs'.

Según leo en la entrada que Maurici Cuesta i Lavernia dedica a La Marina en nuestra Enciclopèdia d'Eivissa i Formentera (EEiF), hasta 1841 no se consigue autorización para edificar un primer piso sobre los edificios que hasta entonces sólo tenían planta baja. Tenemos que esperar a 1857 para que se traslade a su final el muro de protección de s’Estacada que iba desde el baluard de Sant Joan al mar, es decir, hasta al arranque del actual carrer de sa Creu donde quedó el único acceso al burgo de la Marina. Así se va configurando el Poble Nou, pequeño y ordenado agrupamiento urbano entre Compte del Rosselló i Guillem de Montgrí, entre las murallas y el mar, donde se impone, ahora sí, un callejero homogéneo y cuadriculado de manzanas, cuadras habitacionales o islas, un trazado ortogonal, de vías perpendiculares, que se aleja definitivamente del laberíntico tramado medieval de Dalt Vila y del asimismo angosto callejero del barrio marinero de la Penya.

En cierta manera, se trata de un primer ensanche, un anticipo que será ya norma urbanística en la ciudad que seguirá creciendo hacia el oeste. Este ordenamiento supuso, desde el punto de vista urbanístico, un salto cualitativo, un cambio radical en su edilicia y en sus calles por las posibilidades que ofrecía el terreno llano entre la colina y la bahía, extendiéndose sin límites hacia poniente. La Marina que fue creciendo desde entonces relativamente uniforme y con una estructura moderna, por así decirlo, fue ya un anuncio y anticipo de lo que muchos años después, ya en nuestros días, sería el Ensanche. De aquí que habláramos al comienzo de la singularidad urbana de La Marina que, todavía hoy, mantiene una clara función de bisagra urbana entre la ciudad histórica (Dalt Vila y la Penya) y la ciudad nueva (Ensanche). Y es ya en los inicios del siglo XX cuando la Marina alcanza el entorno del Parque y Vara de Rey que podríamos considerar el límite de la ciudad histórica. Lo que ha venido después es ya otra cosa.

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