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Coses Nostres

Coses Nostres: La gran ola de Kanagawa en versión mediterránea

En el tren de borrascas iniciado en enero, el Mediterráneo registró una onda récord, aunque las más grandes en el Canal de Ibiza se detectaron en 2013 y 2017

Esta ola fue fotografiada durante el temporal del 8 de diciembre de 2024.

Esta ola fue fotografiada durante el temporal del 8 de diciembre de 2024. / CAT

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Ibiza

Entre Ibiza y Alicante, lejos de la costa, está anclada una de las boyas de la red de Puertos del Estado que miden el oleaje del Mediterráneo occidental. Es una boya de aguas profundas, aunque flota en la superficie y, de esta manera, mide el movimiento del mar con acelerómetros, giroscopios y sensores de inclinación que recogen ascensos y descensos en el vaivén de las ondas, el periodo entre ellas y su dirección. Es la boya más cercana a Ibiza y Formentera y, por tanto, la única referencia exacta del tamaño de las olas que se acercan a aguas pitiusas. Sus datos, a lo largo de décadas de seguimiento, son analizados por el Sistema de Observación y Predicción Costero de las Illes Balears (SOCIB).

Esta boya ha detectado dos olas históricas, el 1 de diciembre de 2013 y el 21 de enero de 2017. La primera de ellas alcanzó una altura máxima de 10,3 metros, mientras que la segunda —anotada en una noche especialmente desapacible en las Pitiusas, con rayos, truenos y cortes de luz— llegó a medir 10,12. Aunque hay que precisar que las olas no se miden de manera individual, sino que los valores se obtienen de analizar los datos de una sucesión de ellas. En cualquier caso, son olas extraordinarias para el Mediterráneo occidental y aún quedan un poco lejos de la más alta registrada por una boya cercana a Balears, ya que ese récord lo detenta la ola que el famoso temporal Gloria, en enero de 2020, generó cerca de Menorca. La captó la boya de sa Dragonera y su altura máxima fue de 14,2 metros.

Pero la borrasca Harry, una de las que se sucedieron en Europa desde enero hasta mediados de febrero de este año y que azotaron con fuerza el Mediterráneo, llegó para batir este récord en la cuenca occidental del Mare Nostrum. En el punto álgido del temporal, entre el 20 y el 21 de enero, una boya oceanográfica gestionada por el Instituto Superior para la Protección y la Investigación Ambiental (ISPRA) registró una ola de 16 metros de altura máxima en el canal de Sicilia, entre Portopalo di Capo Passero, en Sicilia, y la isla de Malta.

Todas estas cifras resultan impresionantes y extraordinarias para un mar como el Mediterráneo y representan, mucho más allá de la simple anécdota de los récords, datos importantes para el estudio del oleaje en el contexto del cambio climático. Un tren de borrascas con intenso oleaje —aunque no todas las alturas máximas alcancen 16 metros— tiene un impacto enorme en la erosión y la seguridad en las costas, de la misma manera que puede alterar la distribución de nutrientes y afectar a praderas marinas a poca profundidad como las de posidonia o de algas pardas del género Cystoseira, menos conocidas pero que conforman importantes barreras en primera línea del litoral.

Por otra parte, también hay que señalar que en las previsiones meteorológicas del tren de borrascas se llegaron a anunciar olas de hasta diez metros, una previsión también poco usual en las islas.

Y si tenéis curiosidad por saber cuál ha sido la ola más grande registrada en España, nos hemos de trasladar a las costas frente a Cabo Vilán, en A Coruña, donde, en 2014, se detectó una onda con una altura máxima de 27,8 metros. Por supuesto, en un mar como el Atlántico pueden formarse olas mucho más grandes que en el Mediterráneo, ya que las ondas dependen del espacio que tienen para crecer en altura y potencia mientras el viento ejerce de motor. Para que crezcan tanto, el factor determinante es el fetch, la extensión en la que sopla el viento en una dirección y velocidad constante. De hecho, la ola que ha batido un nuevo récord mediterráneo se generó por un viento que, además de fuerte, fue persistente y se extendió más de ochocientos kilómetros, lo que permitió que las olas fueran acumulando energía.

El megatsunami de Alaska

Para aportar un dato más, la ola más grande registrada en el mundo fue un megatsunami derivado de un terremoto que provocó el colapso de un glaciar. Fue en el año 1958 en la bahía de Lituya, en Alaska.

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