Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Memoria de la isla

Memoria de la isla: La mesa camilla y otros objetos domésticos entrañables

Con la perspectiva que dan los años, sorprende constatar la importancia que tuvo el entorno doméstico de nuestra infancia con muebles y objetos que luego dejamos de utilizar. Sus nombres son hoy palabras moribundas, pero nuestra memoria los retiene porque daban significado a un mundo que, entonces no lo sabíamos, estaba condenado a desaparecer

La mesa camilla y otros objetos domésticos entrañables

La mesa camilla y otros objetos domésticos entrañables

Miguel Ángel González

Podríamos hablar de aquel viejo baúl familiar que guardaba tesoros íntimos y afectivos, un manojo de misteriosas cartas enlazadas con una cinta, fotografías que el tiempo ha dejado en sepia y amarillo, el Kempis que padre utilizaba cuando iba a Sant Elm a la Adoración Nocturna y el abanico con varillas de nácar de la abuela Adriana; podríamos hablar de aquel quinqué de cuello largo que cuando vivíamos en San Juan nos alumbró muchas veladas y hoy es sólo un adorno demodé sobre el aparador; podríamos hablar de aquel botijo panzudo y negro que nos refrescaba el gaznate en los agostos, la baldraca, primera palabra en ibicenco que poco después de llegar a la isla me enseñó el brigada Barrios en el cuartel de la Benemérita en Azara; podríamos hablar del pequeño fuelle o del soplillo de palma que nuestra madre utilizaba para aventar los fogones de la cocina; podríamos hablar del calientacamas, sartén con tapadera que con unas brasas abrigaba al abuelo Amalio entre las sábanas heladas; podríamos hablar del orinal de loza, cosa de niños pero también de viejos, que por las mañanas vaciábamos en el pozal ciego con portillo de madera que tenía en la entrada nuestra primera vivienda en el carreró del Gall, aunque no todas las casas lo tenían y volcaban los orines a la calle, eso sí, con un cubo de agua para que discurriera y disimular los olores; podríamos hablar de la tabla de lavar en la que madre se dejaba los nudillos al restregar la ropa sobre las arrugas del madero; podríamos hablar del gran despertador con campana como el timbre de mi bicicleta que soltaba un ringrrineo estridente capaz de despertar a un muerto; podríamos hablar de la plancha de hierro colado y chimenea ladeada que funcionaba con carbones encendidos como una pequeña locomotora; podríamos hablar de la Telefunken, el aparato de radio entronizado en el comedor que con su mágico dial captaba voces extranjeras y por las noches, en un tono apenas audible, las arengas de la Pasionaria en la ‘Pirenaica’; podríamos hablar del brasero, bacía metálica redonda y con asas que en los bajos de la mesa-camilla nos calentaba en los inviernos con el cisco que comprábamos en el carrer des Carbó, junto al Passadís.

En mi barrio de la Marina, cuando anochecía en los inviernos, los vecinos sacaban a las aceras de la calle los braseros y lo montaban con ramitas secas, algunas hojas arrugadas del Diario de Ibiza y el picón que se prendía soplando con un cartón o soplillo. Luego, ya en casa, el brasero estaba vivo y había que cuidarlo, se cubrían las brasas para que durasen con las cenizas del día anterior y, de vez en cuando, como padre decía, se ‘echaba una firma’, es decir, se removían con el badil las ascuas que se avivaban con un fascinante chisporroteo. Todavía recuerdo el olor pesado del hollín cuando el brasero humeaba porque quemaba mal y teníamos que abrir el balcón para ventilar la habitación. Padre decía que algunas personas habían muerto atufadas al quedarse dormidas, como hacía el abuelo, la cabeza sobre los brazos y los brazos sobre la mesa-camilla. El brasero tenía su qué. En algún sitio he leído que Unamuno, don Miguel, se quemó las zapatillas por acercarlas demasiado al brasero y, sin ir más lejos, yo mismo me quemé a los tres o cuatro años la palma de la mano izquierda en las cenizas calientes y todavía conservo la señal.

Un niño mesa-camilla

Yo fui un niño de mesa-camilla que, conviene decirlo, era mucho más que una mesa. La recuerdo redonda, con un tablero en la parte inferior que tenía un hueco central para encastrar el brasero. La mesa-camilla se cubría con faldones de paño grueso –de terciopelo en las casas de ringorrango- que como llegaban casi al suelo retenían el calor y al sentarnos arrebujados nos abrigaban las piernas. La mesa solía tener sobre aquellas faldas un tapete de ganchillo hecho a mano y un cristal que protegía la filigrana de la labor de los variopintos usos de la mesa. En ella limpiábamos las lentejas que los colmados vendían a granel, separábamos las malas que eran más oscuras y unas minúsculas piedrecitas que provocaban dentera si te las encontrabas al comer. La mesa-camilla era el ombligo del hogar en los inviernos, el epicentro de la vida familiar. La mesa-camilla trascendía lo material para convertirse en símbolo de refugio y convivencia.

En la mesa-camilla hacíamos los deberes escolares y al acabarlos nos dejaban leer en el TBO las aventuras de los hermanos Zipi-Zape, las hambres de Carpanta, las rabietas de doña Urraca y los minúsculos cuentos de Calleja que venían en los envoltorios de las tabletas Tárrega de chocolate. Pocos lugares de la casa nos han dejado como la mesa-camilla un recuerdo más entrañable de calidez y unión familiar, de conversaciones y momentos compartidos. Yo diría que los mayores de la tribu recordamos la mesa-camilla como un círculo mágico, como un icono de la memoria sentimental de nuestra infancia. Yo la recuerdo, también, como un microcosmos literario que retiene mil historias, emociones y secretos.

Lugar de secretos domésticos y confidencias, algo tenía de confesionario. Madre hacía punto en la mesa-camilla, recosía los rotos que llamábamos ‘sietes’ y zurcía nuestros calcetines con un huevo de madera; padre leía el Diario de Ibiza que, con permiso de doña Luz que entonces era la dueña del rotativo, dejaba don Pedro Mas, galeote entonces de la ‘Marinoni’, al acabar el día en la garita de la casa-cuartel; padre también se entretenía en la mesa-camilla añadiendo palitroques y bebederos en las jaulas de los canarios y, cuando los pequeños estábamos acostados, sacando lustre al correaje de su benemérito oficio y a su pistola Astra-400 del nueve largo.

Donde se zurcían los calcetines

Lugar de secretos domésticos y confidencias, algo tenía de confesionario. Madre hacía punto en la mesa-camilla, recosía los rotos que llamábamos ‘sietes’ y zurcía nuestros calcetines con un huevo de madera; padre leía el Diario de Ibiza que, con permiso de doña Luz que entonces era la dueña del rotativo, dejaba don Pedro Mas, galeote entonces de la ‘Marinoni’, al acabar el día en la garita de la casa-cuartel; padre también se entretenía en la mesa-camilla añadiendo palitroques y bebederos en las jaulas de los canarios y, cuando los pequeños estábamos acostados, sacando lustre al correaje de su benemérito oficio y a su pistola Astra-400 del nueve largo.

Tracking Pixel Contents