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La fascinante historia de Franco Monti, el marchante de arte africano que se convirtió en artista en Ibiza y creó un bosque de esculturas
Franco Monti se instaló en Ibiza con su familia y, como tantos otros, dio un giro radical a su vida: se convirtió en escultor y dejó un legado de esculturas de hormigón coloreado, formas rotundas y etéreas en las que late el arte africano que tanto le fascinó. Las esculturas se funden con el bosque de la montaña de Sant Carles en la que este artista tardío y autodidacta desarrolló su actividad creativa febril

Sergio G. Cañizares

Un bosque de esculturas y pinos. Las personales esculturas de un artista autodidacta que dejó fluir su desbordante creatividad cuando se asentó en Ibiza, ya mayor, con una larga trayectoria a sus espaldas como marchante de arte, especialmente africano. Franco Monti, un artista «clandestino», según escribe el crítico e historiador del arte J. F. Yvars en el libro ‘Estelas de color. La escultura de Franco Monti’, publicado por Ediciones Ambit en 2005. «Jamás ha estado vinculado a grupos, escuelas o tendencias artísticas (…). La mirada de Monti es la del antropólogo, la del científico», prosigue. Pero ¿cómo acaba un bosque de una montaña de Sant Carles acogiendo una colección de esculturas de hormigón de colores hechas por un italiano fascinado por África?
Su hijo, Jacopo, relata la historia de este singular artista en el porche de la acogedora casa payesa que sus padres reformaron respetando las líneas puras de la arquitectura tradicional ibicenca para convertirla en su hogar. Franco Monti nace en una familia burguesa de ingenieros, notables, pues tanto su padre como su abuelo electrificaron el norte de Italia. Mientras su hermano se dedica a la ingeniería textil en la gran industria italiana, Franco se inclina por las humanidades, el latín, el griego, el dibujo. «Le gustaba más trascender esas fronteras de la matemática e ir más a la imaginación. Ya desde los 12 o 13 años empieza a interesarse por el arte, dibuja, visita galerías y entra en contacto con la escena artística milanesa», explica Jacopo, depositario del legado de su padre, nacido en Milán en 1931 y fallecido en Ibiza en 2008. El legado de su obra escultórica y de su memoria, que Jacopo mantiene viva con la ayuda de su esposa, Susana García Moreno, incondicionales los dos de un artista tardío que se reinventó en la isla donde tanta gente ha dado un giro radical a su vida.

El escultor Franco Monti y su guía dogón, el jefe Doró Bará, en Mali en 1960. / Laura Ottolenghi
Fascinación por el arte africano
Pero aún faltaban muchos años para que Franco decidiera instalarse con su familia en Ibiza. Tras la Segunda Guerra Mundial Milán renace y hay una escena cultural efervescente. El joven Franco frecuenta a artistas y conoce a Lorenzo Pepe, un escultor del norte de Italia muy conocido que lo apadrina y le anima a que siga con su investigación artística, figuras abstractas modeladas en arcilla con aire a Giacometti. También le apasiona la abstracción del antiguo arte cicládico, «por su esencialidad y pureza de forma», explica el propio artista a Yvars en la entrevista del libro ‘Estelas de color’: «Me gustaba mucho la escultura egipcia, abstracta, potente; la sumeria y el arte africano de intenso y arcano contenido. Me atraía un arte más bien de expresión y forma que de estilo», explica. Descubre el arte africano y le admira su geometría, la forma y la belleza de su escultura, por lo que decide profundizar en él y viaja a París, Bruselas y Londres, los tres centros más importantes del arte africano debido a los vínculos coloniales de estos países.
El primer viaje a África en busca de esculturas rituales es muy complicado
Franco se suma así a la legión de artistas europeos fascinados por el arte africano, que a principios del siglo XX marca movimientos como el cubismo y a creadores de la talla de Picasso. El joven se forma como etnólogo en la Escuela de Etnología Francesa y durante su estancia en París conoce a Charles Ratton, «el mayor marchante y experto de arte africano que jamás ha existido». «Mi padre tuvo la suerte de conocer a Ratton, que le apadrina, y le sugiere que no se quede en Europa como marchante, sino que vaya directamente a África a buscar él mismo las piezas», prosigue Jacopo, que explica que su padre, junto con Ratton, organizó la venta de la famosa colección personal de arte del escultor británico sir Jacob Epstein al coleccionista italiano Carlo Monzino a principios de los años 60.
Así empieza la aventura africana
Con solo 23 años se lanza a la aventura africana y viaja a Mali: no tiene contactos ni guías, no conoce a nadie, no sabe cómo contactar con la gente para que le enseñen esculturas… Esculturas que eran usadas en los rituales religiosos y totémicos para comunicarse con los antepasados y con fines espirituales. «La mayoría de estas poblaciones eran animistas, por lo que para comprender el uso de estas obras de arte había que comprender las creencias animistas, donde tú siempre estás en un equilibrio con tu entorno, tu historia y tu futuro, y trasciende lo elemental, lo físico -explica Jacopo-. Esto también se traslada a la mentalidad que tienen estos pueblos, que han sufrido muchísimo, desde esclavitud a hambrunas y guerras, pero en un pasado habían mantenido un nivel de espiritualidad y felicidad espiritual de la que nosotros carecemos en nuestro mundo occidental».

El artista vierte hormigón en un molde con la ayuda de su hijo, Jacopo, en su casa de Sant Carles. / FAMILIA MONTI
África transforma al joven marchante italiano. Y África aflora en la escultura que creará muchos años después en su retiro ibicenco: en esos tótems de geometría inventada, misteriosos en su altivez y en sus curvas delicadas pero contundentes, que invocan un imaginario irracional de sueño, espiritualidad y emoción. «Mi padre siempre decía que llevaban el sufrimiento con una dignidad que era posible gracias a su entendimiento de la vida como una parte más de un universo, de la gran naturaleza, de la gran tierra, que trasciende tu sufrimiento; formas parte de una energía que se transmite por todos los lados», continúa Jacopo.
1954: llega a Mali con 23 años
Pero habíamos dejado a Franco en Mali, 23 años, 1954, sin saber por dónde empezar. Las esculturas rituales están guardadas en las casas, a menudo de los jefes o los hombres medicinales de la tribu. Son objetos sagrados que se utilizan en ritos de iniciación, para convocar a la lluvia, ayudar en la caza, proteger en las guerras… Aquel primer viaje es muy complicado. Un hombre blanco que dice que busca esculturas, pero despierta sospechas de que en realidad va detrás de diamantes o petróleo… Casi al final del viaje conoce a un hombre que sería su guía durante años: le convence de que quiere comprar esculturas a un precio digno. «Siempre decía que para que te aceptaran tenías que ser muy respetuoso y enseñar todas las cartas, y adaptarte a su manera de vivir», agrega su hijo. Después de varios viajes logra crear una red de informadores que le avisan de dónde hay esculturas interesantes. Tiene una base en las capitales de cada Estado, pero en el hotel se limita a hacer el check-in por exigencias de la Policía, y luego se va a vivir con las familias de sus guías. «Quería estar en contacto con la cultura y las creencias para comprender mejor a la gente que creaba esas maravillosas obras de arte», añade Jacopo. Al mismo tiempo, se produce un cambio importante en las nuevas generaciones, por el contacto con la cultura occidental: dejan de lado las creencias y rituales y pierden interés por su propia cultura animista. Este hecho inclina a algunos jefes a acceder a vender esculturas.

Dibujo de una escultura con medidas y posible peso. / FAMILIA MONTI
Durante veinte años Franco continúa viajando al África subsahariana para comprar esculturas y máscaras y otros objetos rituales que después vende, a menudo sobre encargo, a coleccionistas y museos europeos. Es un marchante prestigioso que tiene muy buena reputación. En algunos de estos viajes le acompaña su joven esposa, Laura Ottolenghi, con la que se casa en 1956. Ella será una pieza clave para Franco, pues en Milán se encarga de recepcionar las obras que envían a Italia desde África, y de la relación con galeristas y coleccionistas, así como de la parte burocrática y administrativa. Franco llega a pasar hasta diez meses al año en África, en varias etapas.
Bosque de pinos, sabinas y esculturas
El latido de África bajo esas esculturas de hormigón de colores, de formas rotundas, verticales, elevadas hacia las copas de los árboles y horizontales, curvadas sobre la tierra, que salen al paso con la misma naturalidad que los arbustos, las sabinas o los pinos. Están en su sitio, elegido minuciosamente por su creador, llevadas hasta allá con una retroexcavadora en una complicada operación. Este bosque de esculturas es una de esas maravillas incomprensibles que encierra Ibiza, una isla donde todo es posible, hasta la historia de un marchante enamorado de África que había enterrado sus sueños juveniles de artista, que elige para vivir una casa situada muy cerca de la de un gran pintor, y que se hagan amigos, y que esta relación despierte una actividad creativa tardía pero febril, obsesiva, en Franco. Ahí está aún su taller, donde se acumulan sus herramientas, los materiales con los que armaba moldes especiales para crear sus formas tan personales. Decenas de esculturas dialogan en silencio. Rumor de brisa de mar en el bosque seco del verano ibicenco. Tiempo detenido en una montaña frente al mar. Qué extraño estar en esta burbuja mientras las carreteras bullen de tráfico y de agosto y en las playas no hay sitio para extender la toalla. Esto, también, es Ibiza.
La historia se ramifica en este punto, pues Jacopo quiere hablar de su madre: «Parte de la familia de mi madre terminó en los campos de concentración, porque mi abuelo materno era un rabí que se había casado con mi abuela, que no era judía. Tuvieron que escapar durante la guerra a Suiza, donde estuvo en un campo de acogida, que como dice mi madre, de acogida tenía poco. Mi abuelo materno consiguió que les sacasen de este campo de acogida y les dejasen vivir en Suiza trabajando bajo la tutela de un empresario suizo que había sido colaborador suyo».
Los tiempos cambian. Cada vez es más difícil encontrar obras de arte tradicional, creado para uso ritual. Hay un mercado negro y de contrabando en el que Franco no quiere involucrarse. Siente la necesidad de volver a lo que le habría gustado hacer: «Esculpir y transmitir lo que él sentía», explica su hijo. Así que a mediados de los años 70 va cerrando la etapa de aventura africana y empieza a plantearse otro tipo de vida: «Siento que quiero volver a la escultura, algo que solo puedo hacer aquí, en este bosque de pinos», explica a Yvars. Su último viaje será en 1984, pero ya solo de unas semanas. Tampoco Milán ni la Italia de los 70 son lo que eran en los 50 y 60: aquel mundo cultural tan activo de la juventud de Franco ya no existe. El país está sacudido por el terrorismo, se expande el mercado de la moda… y los Monti deciden hacer las maletas con sus dos hijos pequeños. Buscan una isla para estar en contacto con la naturaleza, pues son amantes del mar, de la pesca submarina, de los horizontes abiertos. Conocían las islas italianas y las griegas pero las descartan, por lo que ya solo les quedan las Balears. Pasan dos años visitando las tres islas, y en Ibiza se enamoran de la luz, de su belleza natural, «de su movimiento, de sus colinas, que las otras islas no tienen. Menorca y Mallorca no tienen ese movimiento sinuoso de la naturaleza ibicenca», relata Jacopo: «Mi padre siempre decía, mirando el valle de Morna: ‘mira, es como estar en África, hay esa misma luz, esas mismas puestas de sol, esa misma intensidad cromática». Lo cuenta el propio Franco en el libro ‘Estelas de color’: «El clima de Ibiza, su luz límpida, casi de alta montaña, el silencio y el mar siempre en los ojos me propician una atmósfera congenial a mi trabajo».
Un golpe de suerte en Ibiza
En 1979 la pareja tiene un golpe de suerte y compra la finca que un interiorista alemán había adquirido a mediados de los 60 a una familia payesa, y cuya casa había mantenido casi intacta. Después de reformar y ampliar la casa, la familia se instala en Ibiza. Es verano de 1982. Jacopo tiene casi nueve años y junto a su hermana, Guia, descubren la libertad de vivir en un monte de Ibiza, van al colegio en bici, conocen otro mundo totalmente diferente.

Galería: Franco Monti, un escultor con alma africana en Ibiza / Sergio G. Cañizares
Franco empieza a hacer pequeñas esculturas. Sus treinta años de inmersión en el arte y la cultura africana se abren paso en esta nueva etapa creativa que inicia, y que le conecta con aquel joven milanés que modelaba figuras en arcilla. Empieza de forma privada, solo muestra sus creaciones a su familia, no a sus amigos, muchos de ellos artistas, como Erwin Bechtold. Pasa años probando materiales diferentes: madera, arcilla, metal. Y llega al hormigón. Prueba a añadir color mediante pigmentos minerales. «Le atrae la idea de que el hormigón tiene reputación de ser un material brutalista, que viene de la arquitectura brutalista de los 50, 60 y 70, y quiere convertirlo en algo noble. Pasa mucho tiempo meditando y pensando no solo en la forma, sino en el tipo de escultura que quiere hacer. Él siempre decía que era como los escultores africanos, que se pasaban muchísimo tiempo pensando y meditando cómo hacer la escultura, no solo desde un punto de vista técnico, sino también para transmitirle esa carga de espiritualidad y significado, que en el caso del arte africano necesitaba para convertirse después en un objeto de culto y de ritual, para permitir una conexión con el mundo espiritual. Mi padre, a su manera, hace el mismo tipo de reflexión, o sea, cómo crear algo que pueda transmitir sus vivencias, su ser interior y su manera de estar conectado con la naturaleza que está a su alrededor, trabajando, obviamente, en el campo en Ibiza», recuerda su hijo.

Franco Monti y su esposa, Laura Ottolenghi, trabajan en el taller de esculturas de su casa de Sant Carles. / FAMILIA MONTI
Los Monti y sus amigos artistas
Los Monti se integran en el círculo de artistas de la isla, la mayoría extranjeros, como Marcel Floris, el ibicenco Rafael Tur Costa (el único español del Grupo Ibiza 59), o el pintor polaco Leszek Muszynski y su esposa Pat, a través de los cuales conocen a los Bechtold. En el camino de búsqueda personal que inicia Franco Monti, y que le lleva a convertirse en escultor, será clave la influencia de un vecino muy especial: el artista alemán Erwin Bechtold, que vivía cerca con su esposa, Christina. De esta estrecha amistad que crece a mediados de los 80 surge una relación de intercambio creativo que deja huella en la obra de ambos artistas. El pintor consagrado, que se había retirado a Ibiza para poder dedicarse en cuerpo y alma a su obra, ve un día una pequeña escultura de Franco en su casa y le anima a que haga más, y a que las muestre. Es un impulso definitivo para el italiano. Este verano, una exposición en el Espacio Tur Costa evocó la estrecha amistad de ambos con un emocionante diálogo entre cuadros de Bechtold y esculturas de Monti, titulado ‘Reencuentro’, que era la continuación de la muestra de ambos creadores que había organizado en 2002 la ya desaparecida galería Van der Voort, bajo el nombre de ‘Encuentro’.

Monti con su amigo Erwin Bechtold en Eivissa en 2004. / FAMILIA MONTI
Al principio, las piezas son pequeñas, pero su tamaño va aumentando: de medio metro pasan a 60 centímetros, 70, dos metros, 2,70… hasta alcanzar los tres metros, en horizontal o en vertical, que es la chapa más grande que puede encontrar de forma fácil. «Mi padre tenía la grandísima capacidad desde pequeño, de visualizar todo en tres dimensiones -apunta Jacopo-. Tenía ese don como lo pueden tener los maestros de ajedrez que juegan partidas en su mente, o grandes artistas o arquitectos. Una vez al arquitecto japonés Tadeo Ando le encargaron un aeropuerto y estuvo tres meses pensando en él, hasta que un día dibujó todo el proyecto de golpe. Porque ya lo había pensado, visualizado, compuesto todo en su cabeza. Y esto es un don. Mi padre lo tenía. Él siempre decía ‘yo pienso mis esculturas, no dibujo, pienso, pienso, me vienen en mis sueños, emergen’. Después, hacía un dibujo técnico, hacía cuatro puntos sobre un papel que juntaba con líneas para calcular el material que iba a necesitar. Y poco más».
Su amigo Erwin Bechtold, artista ya consagrado, le anima a dedicarse a su escultura

De izquierda a derecha, Laura Ottolenghi, Anneliese Witt, Franco Monti, Erwin Bechtold, Rafael Tur Costa, Christina Bechtold, Gilbert Herreyns, Lilli Kosola y Giorgio Pagliari en Eivissa en 2006. / FAMILIA MONTI
Lo más complicado: el molde
La parte más complicada del proceso creativo de Franco Monti era hacer el molde, porque debía aproximarse lo más posible a la forma definitiva, para reducir al mínimo el trabajo de pulido, corte y sustracción tras desencofrar la pieza. Siempre había algo que retocar después, ya que los moldes sufrían una pequeña dilatación que no estaba planificada.
Al principio, el escultor trabajaba debajo de un almendro, cerca de la casa, hasta que su mujer se cansó del ruido y el polvo de las radiales, las lijadoras, la hormigonera, el martillo y el cincel y le dijo que se buscara un sitio más lejos. Hacia 1996 o 1997, Franco aprovechó un aljibe de agua para crear una plataforma de trabajo con un pequeño almacén, que sería su taller y que se conserva tal como lo dejó.
"Monti es un artista enigmático", escribe Yvars. Hoy, su enigma permanece flotando entre las esculturas
La primera exposición en solitario de Monti es en 1996, cuando el artista tiene 65 años. Su obra se muestra en galerías y museos de Alicante, Barcelona, Ibiza, Palma, Varese y Verona (Italia), y se integra en colecciones de arte contemporáneo. Hay piezas suyas en el Museo de Arte Contemporáneo de Ibiza y en el Espacio Micus.
«Monti es un artista enigmático», escribe Yvars. Su enigma permanece flotando entre las decenas de esculturas que se elevan hacia la luz de Ibiza, esa luz indefinible que le atrapó, como a tantos otros artistas. «Una escultura mía admite diversas miradas, cambia según del lado que la observes», relata Franco Monti en el libro de Yvars. Y efectivamente, el cambio es permanente en este bosque de piezas de hormigón, onírico; que se transforman en función de la luz y del lugar desde donde mira el visitante, maravillado por las perspectivas infinitas, por las combinaciones geométricas junto a pinos y arbustos, por una especie de magnetismo arcaico donde el tiempo y el silencio están detenidos.
La carga espiritual africana, en la obra
Franco se inspira en las formas totémicas africanas, y lo transmite en sus primeras esculturas, que solían ser un conjunto de piezas, dos juntas, que evocan la idea de la unidad, del hombre y la mujer: «La suma de dos es más que dos, que también se ve reflejado en otras culturas asiáticas, el ying, el yang, el negativo, el positivo, o sea, tiene una carga espiritual bastante importante. También empieza a hacer esculturas más totémicas, o sea, empieza a elaborar un vocabulario propio», explica su hijo, Jacopo. Franco Monti responde a Yvars que el artista que más influencia ha tenido en su trabajo ha sido Brancusi, «sin duda»: «Lo que me interesa en Brancusi es la abstracción. Transformar algo tangible, real, en un sueño, que se libera de las formas originarias. Y nacen formas más puras, idealizadas».
En este camino de búsqueda aprende a hacer moldes para crear sus esculturas, que hace mediante un proceso de vaciado. No es fácil, porque a menudo son formas con torsiones o equilibrios, y sus esculturas no tienen armadura. Debe explorar la técnica y la resistencia del material. Finalmente encuentra la forma de hacer sus piezas: con un molde formado por dos chapas de acero galvanizado de un milímetro y medio sujetas entre sí, suficientemente flexibles para que las pueda curvar pero resistentes, para que cuando vuelque dentro el hormigón no se ensanchen demasiado y se mantenga la forma que ha decidido el artista. Las chapas se sostenían en su posición a través de unas traviesas de madera que cubrían la parte exterior de la chapa, que a su vez se cogían con unos sargentos. Después, el escultor acaba la pieza limando las impurezas. Son moldes únicos, por lo que no hay dos piezas iguales. Cemex le pidió que hiciera cien pequeñas esculturas para darlas como premio, pero Monti respondió que era «incapaz», que su método creativo de molde le impedía hacer dos piezas iguales.
«Mi padre trabajaba solo, con ayuda puntual de mi madre, y para la creación de las obras más grandes participaba yo en la fase de producción del hormigón. El tamaño de las esculturas fue creciendo también en base al tamaño de la chapa que podía encontrar fácilmente aquí en Sant Carles», recuerda Jacopo.
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