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Dominical

Memoria de la isla: Las Pitiusas, narrativa visual

Las fotografías más antiguas que tenemos en l’Arxiu d’Imatge i So del Consell Insular d’Ibiza son recientes en términos relativos, nada extraño cuando la fotografía se inventa en 1830 y tarda un buen número de años en normalizar su uso

Imagen del Carnaval de 1919 en Vila. / D.I.

Imagen del Carnaval de 1919 en Vila. / D.I.

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Una de las imágenes fotográficas más antiguas que conozco, de autor anónimo, es de 1890. Con el tono sepia que dan los años, nos regala una impagable panorámica de la parte baja y levantina de Dalt Vila, la plaza que crea el baluard de Santa Llucia y parte de la extasiada bahía que cierra el istmo de las tres antiguas islas, Grossa, Plana y Botafoc, con la playa de Talamanca y las costas de Cap Martinet como telón de fondo. Las fotografías se multiplican en las primeras décadas del siglo XX, pero antes de estas fechas teníamos únicamente grabados y dibujos. Y si retrocedemos más, sólo nos queda imaginarnos lo que describen las crónicas y documentos, lo que no pasa de ser una pobre y subjetiva recreación que poco tiene que ver con la realidad.

Decimos -y no es cierto- que una imagen vale más que mil palabras, pero algo de verdad sí tiene la frase. A nadie se le escapa que existe una distancia abismal entre ver algo y la alternativa de imaginarlo a partir de lo que alguien nos describe, por muy bien que lo haga. Lo cierto es que hasta bien entrado el siglo XX no empezamos a tener de nuestras islas una narrativa visual significativa, la que nos dejan viajeros que no son todavía turistas y que, cámara en ristre, aportan de todo lo que ven un ingente material fotográfíco que, por su oportunidad, hoy tiene un valor inapreciable. En las imágenes que corresponden a los años que van desde principios del siglo pasado hasta bien entrados los años cincuenta, vemos todavía lo que hoy llamamos Viejo Mundo, un universo que durante siglos no había tenido cambios significativos.

Cuando yo era niño, todavía se utilizaba la reja en el arado, funcionaban las norias, en la ciudad las calles eran de tierra, los relojes eran menos importante para medir el tiempo que las campanas de las iglesias, la llegada del barco-correo era un verdadero acontecimiento y el pregonero nos daba noticia en las esquinas de las defunciones, bodas, natalicios y, por supuesto, del precio de las sardinas. Luego, a partir de los años sesenta, las fotografías nos ofrecen un testimonio impagable de la radical mutación que viven las islas por mor del turismo, una transformación que no se había dado en siglos y que se produce en sólo unos años. Que la encajáramos sin pestañear desde dentro, como observadores y protagonistas, tiene explicación.

El aislamiento que hasta entonces habían vivido las islas hizo que, cuando mejoraron las comunicaciones, lo foráneo se impusiera en cuatro días sin que nadie se parara a pensar lo que dejábamos atrás. Se pasó página y ya nada fue igual. En unos años desaparecieron las caballerías y los carros sustituidos por las cuatro ruedas, la pequeña ciudad que era Vila se convirtió en un bosque de grúas, se asfaltaron las calles, las payesas abandonaron su indumentaria tradicional, dejamos de oír las campanas, los motoveleros que nos abastecían de lo que la isla no producía se vieron superados por los ferrys de la ‘Tras’ y los cultivos se abandonaron porque era más rentable ser camarero, tendero o taxista, que tratar de vivir en un régimen de subsistencia de lo que daba la pequeña finca familiar.

La llegada del turismo de masas

Lo que aquellos primeros viajeros captan en sus fotografías es precisamente aquella transformación, un tiempo-bisagra en el que el Viejo Mundo se precipita en formas de vida radicalmente distintas que a partir de los años sesenta, con la llegada del turismo de masas, nos puso las islas del revés. Dudo mucho, sin embargo, que aquellos fotógrafos fueran conscientes del fenómeno que sus imágenes recogían. No parece que pretendieran preservar o dejar testimonio de lo que veían, ni que pensaran en términos etnológicos o folclóricos. Dudo que sospecharan que estaban recogiendo los últimos días de un mundo que se diluía, de una vida que daba sus últimas bocanadas. Si disparaban su cámara a diestro y siniestro era, sencillamente, porque les desconcertaba y sorprendía lo que veían. Fotografiaban lo que les llamaba la atención, que era casi todo. Las islas vivían como inmovilizadas en un anclaje de siglos y el viajero tenía la impresión de que el tiempo en ellas se había detenido. El mismo sentido de admiración y desconcierto habían tenido mucho antes los grabados del Archiduque. Todos ellos creían estar en una utópica Arcadia.

Siendo un verdadero tesoro el material fotográfico que nuestros archivos han conseguido reunir, tiene un pequeño problema de interpretación. En la mayoría de los casos es un variopinto puzle de flashes que mezclan motivos de todo tipo sin ninguna secuencia narrativa. Existe alguna valiosa excepción. Hausmann, por ejemplo, focaliza su trabajo en las arquitecturas, en la casa rural ibicenca. También lo hacen Philippe Rotthier, Josep Vilanova y Carme Marqués en ‘Ibiza fascinant’. Y en algún caso, como hace Heinz Vontin en ‘Unes imatges per a la història’, se separan las fotos urbanas y rurales, de Vila y Fora Vila, pero por lo general domina el batiburrillo.

Ordenar fotos

Lo importante es que las fotos existan, entre otras cosas, porque dan pie a que alguien haga lo que no se ha hecho, ordenarlas, con independencia de su autoría, por familias, motivos o temas, sean arquitecturas, vida urbana, vida rural, salinas, folclore, costumbres, paisajes, paisanaje, cultivos, etc. La idea sería que una narrativa visual ordenada pudiera explicarnos con hilatura y precisión lo que ha significado aquel fenómeno de mutación que ahora explicamos sólo desde la memoria, con el inconveniente de que la imaginación rellena los vacíos que inevitablemente tienen los recuerdos, una trampa difícil de evitar y que a partir de las fotografías es más difícil que se dé. ¿Alguien se anima?

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