Imaginario de Ibiza
Imaginario de Ibiza: Isla de cruces y supersticiones
La Ibiza de antes acumulaba docenas de rituales para protegerse de una vasta colección de peligros invisibles. Las cruces que aún siguen dispersas por la isla constituyen la última huella visible de aquel catálogo de insólitas creencias.

Cruces en la rampa de acceso a la iglesia de Santa Eulària. / X.P.
La superstición en que fuimos educados conserva su poder sobre nosotros aun cuando lleguemos a no creer en ella.
Aunque la contemporaneidad haya impuesto una pátina de olvido sobre las antiguas supersticiones, los ibicencos las llevamos impresas en el ADN y, como dijo Lessing, su influencia permanece latente en nosotros, a través de las tradiciones que nos han transmitido nuestros antepasados. Antiguamente Ibiza era una isla plagada de rituales y fetiches, según apuntan algunos eruditos de la condición humana ibicenca, como Joan Castelló Guasch o Isidor Macabich.
En la humedad oscura de pozos y aljibes, entre las oquedades de las murallas y sobre las cubiertas de las casas habitaban los barruguets, unos duendes tan traviesos como nerviosos e irritantes. Los fameliars, exclusivos de la tradición isleña, eran unos hombrecillos capaces de sacar adelante con milagrosa efectividad las tareas más engorrosas y duras de la Ibiza rural, como construir los bancales de piedra seca que sostenían los márgenes de los sembrados o segar grandes extensiones de cereal en el transcurso de una noche. Se conseguían la medianoche de San Juan, en el Pont Vell de Santa Eulària, atrapándolos en una botella.
Por la noche, las mujeres del campo evitaban dejar la ropa de sus hijos tendida en el exterior de los hogares porque los follets se la ponían, para luego poner nerviosas a las criaturas, provocándoles un berrinche que duraba toda la noche. También había gigantes, como aquel que habitaba en la cueva des Vedrà, y un notable surtido de brujas.
En la Enciclopèdia de Ibiza y Formentera, a cuento de la superchería pitiusa, se cuenta también que ciertos jugadores de antaño portaban una lagartija de dos rabos metida en un tubo de caña porque proporcionaba suerte en los naipes, y los huevos que las gallinas ponían en Viernes Santo se consideraban benditos y se conservaban para sanar a las mujeres que se sentían debilitadas o sufrían pérdidas importantes de sangre. Em el transcurso de ese día esencial de la Semana Santa tampoco se podía realizar ningún trabajo, ya fuera encender una hoguera, barrer la casa o cocinar, bajo pena de todo tipo de maldiciones.
Aún hoy, muchos ibicencos que han recibido esta herencia de supersticiones se niegan a retirar los nidos de golondrina de las vigas de los porches, aunque estas aves ensucien el suelo a diario, porque expulsarlas constituye un mal presagio. Y quienes todavía hornean pan, al terminar de amasar dibujan una cruz sobre la mezcla justo antes de dejarla reposar.
Cruces de bruja
La cruz, precisamente, constituye el vestigio más visible de esta colección de creencias, más allá del simbolismo cristiano. Las de la imagen se corresponden a las que hay situadas junto a la rampa de acceso a la iglesia de Santa Eulària y, como en tantas otras iglesias pitiusas, sí encarnan el calvario, las tres últimas estaciones de las catorce que soportó Jesús en el Vía Crucis. Además de ellas, en buena parte de los templos hay otras sueltas coronando los muretes de los alrededores, que representan dicho tránsito hacia la crucifixión, la muerte y la resurrección.
La tradición de las cruces, sin embargo, no se vincula exclusivamente a los pasajes bíblicos y es omnipresente a lo largo y ancho de la isla, desde incluso antes de construirse los templos no fortificados del siglo XVIII. Aún se conservan múltiples casas payesas con una o varias cruces trazadas con lechadas de cal viva sobre la mampostería que compone los muros, así como en diversas torres prediales. Se denominan creus de bruixa (cruces de bruja) y protegían los hogares de los malos espíritus y las energías dañinas. Constituyen el último vestigio de una colección de supersticiones pasadas que, con el tiempo, han sido sustituidas por los chakras, las piedras espirituales y la cromática del aura. Para que luego digan que la superchería es únicamente cuestión de incultura.
Una de las cuatro iglesias fortaleza.
Las tres cruces que lucen junto a la iglesia de Santa Eulària son parte de la iconografía del templo. En este entorno existió un templo anterior, s’església vella, que fue parcialmente destruida durante un asedio turco, en 1543. En los años 60 del siglo XVI, coincidiendo con la obra de las murallas renacentistas, se erigió un nuevo templo fortaleza, con un semibaluarte preparado para el combate con piezas de artillería. Es una de las cuatro que se construyeron en la isla, junto con Sant Jordi, Sant Antoni y Sant Miquel.
Suscríbete para seguir leyendo
- La fascinante historia de Franco Monti, el marchante de arte africano que se convirtió en artista en Ibiza y creó un bosque de esculturas
- Memoria de la isla: Ibiza, de los mitos fundacionales al nuevo mito
- Memoria de la isla: Las Pitiusas, narrativa visual
- Història: Aquilí Tur Oliver, un eivissenc dissortat
- Juliol 1930. Inundacions a Ibiza
- Imaginario de Ibiza: Cuando no se le ponían tabiques al campo
- Un endemismo tan extraordinario como desconocido
- Imaginario de Ibiza: Isla de cruces y supersticiones