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Dominical

Memoria de la isla: Ibiza, de los mitos fundacionales al nuevo mito

Ibiza y Formentera navegan el tiempo alumbradas por dos poderosas mitologías que, en el mundo antiguo y en nuestros días, las han situado en el mapa

Ricardo Urgell entrega la escultura dedicada a los hippies en el puerto de Vila en 2016.

Ricardo Urgell entrega la escultura dedicada a los hippies en el puerto de Vila en 2016. / LORENA PORTERO

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Ibiza

Cuesta poco hablar de los mitos fundacionales que en el Viejo Mundo acompañaban siempre el nacimiento de una nueva ciudad, ritos de sacralización del solar elegido para vivir que quedaba bajo la protección de dioses tutelares que en nuestro caso fueron Tanit y Bes. Pero si Ayboshim tuvo en aquel lejano ayer importancia como colonia de Cartago y base de tránsito por su situación estratégica entre las costas norteafricanas, el levante peninsular y el oeste mediterráneo, después, según pasaron lo siglos, fue perdiendo presencia y relevancia.

Basta recordar la crisis del siglo III, los tiempos oscuros con vándalos y bizantinos, el auge leve que se dio en la época andalusí y los siglos de precariedad, pestes y despoblación, que sufrió la isla tras la conquista catalana de 1235, entre los siglos XVI y XVIII. Siguieron tiempos de emigraciones y revueltas en el XIX y en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, días que ya conocimos los más viejos de la tribu, las islas vivían como aletargadas y ancladas en el Viejo Mundo, como si el tiempo en ellas se hubiera detenido.

Todavía se pasaba la reja al arar, funcionaban las norias, el transporte se hacía con carros y caballerías, las casas en el campo eran islas dentro de la isla, en la ciudad era un acontecimiento la llegada del barco-correo, dependíamos en buena medida de los motoveleros que traían a la isla lo que no producía, las calles eran todavía de tierra y el tiempo, más que los relojes, lo marcaban las campanas de las iglesias.

El descubrimiento de la isla que hicieron desde principios del siglo pasado algunos viajeros que no eran todavía turistas, escritores, pintores, artesanos, escultores, arquitectos, fotógrafos, etc., —tenemos noticia de ellos en 'La senda de los elefantes' de Mariano Planells y en 'Viajeros contemporáneos' de Vicente Valero—, no cambiaron las cosas.

Nos dejaron, sí, un testimonio gráfico y literario significativo, miles de fotografías y bellísimas descripciones de lo que lo que creyeron una utópica Arcadia, algo que la isla no era y que sólo estaba en sus sueños. Eran intelectuales y artistas que iban a lo suyo y que en las islas tuvieron una estancia a tal punto discreta que de ellos sólo hemos sabido muchos años después.

¿Quién de nosotros supo entonces que por aquí andaban Walter Benjamin, Vill Faber, Albert Camus, Emil M. Cioram, Norman Lewis, Tristan Tzara, C. Marca-Relli, Hans Hinterreiter y tantos otros? Lo cierto es que las islas no salieron del anonimato por ellos. Muy pocos de aquellos viajeros en tránsito se quedaron aquí.

La mayoría de ellos pasaron desapercibidos y no tuvieron especial relevancia de puertas afuera. Fue otro el fenómeno que puso a las islas en boca de todos y tuvo resonancia internacional.

Cuando revisamos los últimos cien años separamos los tiempos en ‘antes y después del turismo’, pero en los años sesenta y setenta sucedió ‘algo’ determinante para el futuro de las islas y que, por falta de perspectiva y por su misma naturaleza, no tuvo el análisis que merecía.

Hablo del fenómeno hippie, de los flowers children o ‘hijos de las flores’. Hubo, sí, algunos intentos de explicar su aventura desde la ficción y el ensayo. Recuerdo ‘Blue bar’, ‘Formentera Lady’, ‘Cavalls salvatges’, ‘Formentera, una sociedad en evolución’, ‘Juventud marginada’ y el estudio más serio de ‘Ibiza, una isla para otra vida’, donde Danielle Rozenberg insiste en el ‘efecto llamada’ y el eco que aquel fenómeno tuvo en el exterior: "Miles de jóvenes utópicos se han afincado en las islas para vivir otra vida, para realizar un sueño que se nutre de rechazos personales y repulsas hacia la sociedad industrial. También se alimenta de las representaciones míticas de las islas que se transmiten de boca en boca y amplifica la prensa nacional y extranjera que dedica grandes espacios a los hippies de Ibiza y Formentera, hecho que incita a numerosos lectores a unirse a ellos e incorporarse a este lugar paradisíaco".

Ríos de tinta

Rozenberg no exageraba. El fenómeno hippie hacía correr en toda Europa ríos de tinta en artículos y reportajes sensacionalistas que, por cierto, fueron para nuestras islas una excelente publicidad. Para nosotros, sin embargo, aquellos jóvenes estrafalarios eran melenudos o peluts, una movida que, pasado el tiempo, dejamos en anécdota curiosa, sin percatarnos que fue determinante porque con ellos, con aquellos jóvenes, empezó la mutación que sigue hoy.

Atribuimos al turismo de masas, sin matizaciones, la transformación radical que experimentaron las islas a partir de aquellos años, pero nos engañaríamos si no reconociéramos que, antes de que la avalancha del ocio nos invadiera, se consolidara y creciera imparable, el aldabonazo de salida lo había dado el fenómeno hippie. Después, cuando aquellos jóvenes despertaron de su utópico sueño y ahuecaron el ala, vinieron los falsos hippies, urbanitas que al llegar a la isla, antes de abandonar el barco-correo se disfrazaban con mal disimulado papanatismo. Y finalmente llegó efectivamente el turismo de masas.

Incluso la moda Adlib, derivada del ad libitum, el vive como quieras que publicitamos, fue un derivado de la indumentaria de aquellos alucinados efebos que incorporamos a la marca Ibiza. Lo cierto es que el fenómeno hippie se produjo en un momento crucial que vino a ser una bisagra entre dos mundos, entre dos formas de vida y no hay duda de que su movida despertó a un turismo que, al principio incipiente, desde entonces no ha dejado de crecer. Aquel fenómeno que hoy tenemos casi olvidado fue el origen de una singular mitificación. Si nuestras islas habían tenido en origen mitos fundacionales, en los sesenta y setenta vivieron una forma de refundación que nos puso de nuevo en el mapa y nuestras islas, Ibiza y Formentera, se convirtieron el MITO que son hoy.

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