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Dominical

Memoria de la isla: Tanit en la mitología fundacional

La mitología fundacional de Ayboshim plantea preguntas que, si no tienen respuestas, aportan señales de pista significativas sobre la narrativa del origen

Terracota de la diosa Tanit. / JOAN COSTA

Terracota de la diosa Tanit. / JOAN COSTA

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Un primer enigma lo tenemos en que, siendo Bes el estrafalario dios africano que dio nombre a la ciudad y a la isla, el principal culto a pie de calle fue el de Tinnit o Tanit, divinidad femenina que posiblemente aglutinaba atributos de varias deidades de la antigua Fenicia. Esta primacía de Tanit se manifiesta en las innumerables terracotas que la representan. Los alfares de Ayboshim tuvieron que fabricar miles de estas toscas y fascinantes estatuillas localizadas en necrópolis y santuarios.

En los primeros tiempos de colonización, es lógico que quienes fueron sumándose al poblamiento fenicio-púnico de la isla trajeran consigo los antiguos dioses de Tiro y Cartago, Baal-hammon, Tanit, Melkart, Reshef y Eshmún, pero derrotada Cartago en Hymera, Baal- Hammon no tardó en quedar eclipsado en la isla por Tanit y Bes, divinidades que harían olvidar el talante inmisericorde de Baal, sus brutales exigencias sacrificiales de pasar a los niños por el sagrado fuego del molk. Por los vestigios que tenemos, las ofrendas que se hacían en la isla, aunque pudo haber alguna excepción que se nos escapa, eran de animales domésticos y frutos, caso de las palomas y granadas que simbolizaban a Tanit. Era lógico que fuera así, pues en las colonias alejadas de la metrópoli africana, caso de Ayboshim, las cosas rodaban con cierto relajamiento en rituales y costumbres.

Los sacerdotes no eran ya el clan intransigente y omnímodo de Cartago. Acomodaticios y moderados en sus exigencias, les bastaba mantener sus privilegios y su relevancia social. Cabe suponer que en esta distensión también influirían factores foráneos, el trajín que creaba el comercio y el aprovisionamiento de las naves que recalaban en la isla, hecho que casa con el comentario que hace Diodoro sobre la ciudad, «habitada por toda clase de extranjeros». José Mª Mañá describe una población heterogénea de púnicos, íberos, baleares y norteafricanos, una pequeña babel de culturas, religiones y costumbres que, por interés y necesidad, asimilaría la isla. (Una tolerancia, condescendencia y aceptación de lo que llegaba de fuera que luego han sido y son en nuestras islas señas de identidad).

Quién era

Pero nos preguntábamos sobre la preeminencia de Tanit en el panteón púnico insular. ¿Quién era? ¿De dónde procedía? ¿Qué motivos explican que la isla quedara bajo su advocación? Sospecho que la explicación viene de muy atrás. Tanit es uno de los innumerables nombres que recibe la Diosa primigenia de los mitos matrilineales arcaicos. Las creencias desde el paleolítico tienen una hilatura que se mantiene en una urdimbre cada vez más compleja, pero que preserva la divinidad única del origen, Soluna, Madre-de-toda-vida, de la que el sol es su faz diurna y la Luna su faz nocturna. El sol rige el fuego y la Luna las aguas y la noche. En el agua y por la luz se genera la vida. Sol y Luna son para los egipcios Osiris y Isis, pero Soluna, diosa de doble faz, es la Diosa-Madre, la Diosa-Blanca de la que nos habla Robert Graves y que encontramos en creencias que al final del periodo minoico corrompen invasores procedentes del Asia central, sustituyendo las concepciones matrilineales por las patrilineales. Hasta hoy, cuando un Dios-Padre de barbas blancas ha desbancado a la Diosa. La profetisa arcadia Diotima de Mantinea denuncia esta perversión al recordarnos que la Diosa, con diferentes advocaciones –Moira, Ilitia y Callone, es decir, Muerte, Nacimiento y Belleza- preside todos los actos de la vida, físicos, intelectuales i espirituales.

Antes de que los griegos sustituyeran las míticas teogonías por la filosofía, invasores procedentes del nordeste y del sudeste, en diferentes periodos del segundo milenio a.C., desalojaron del Egeo a la confederación de tribus mercantiles que conocemos como ‘Pueblos del Mar’, depositarias de la antiquísima creencia en la Diosa-Madre, dispersándose por toda la cuenca mediterránea. Algunos de ellos, filisteos o proto-fenicios, se establecieron en Siria, Canaán y el norte de África, mientras otros lo hicieron en algunas islas y en las costas de Iberia. En estos primeros poblamientos pervivía, aunque muy diluida, la tradición arcaica y matriarcal del Egeo, la de la Diosa-Madre que, según los pueblos, tuvo muchos nombres, Leucotea, Albina, Ino, Plastene, Danae, Deméter, Leucipa, Ceres, Diana, Juno, etc.

De Isthar a Tanit

No me resisto a recoger el relato más inspirado que conozco de esta Diosa primigenia de la literatura antigua, un texto precioso que tenemos en el ‘Asno de Oro’ de Apuleyo: «En el primer sueño de la noche, desperté sobresaltado y vi la gran redondez de la Luna que emergía resplandeciente sobre el mar. Deliberé suplicar a la venerable hermosura de la Diosa y, rechazado todo temor, me levanté alegre y con deseos de purificarme entré en el mar, sumergí siete veces la cabeza debajo del agua y con lágrimas en los ojos, le rogué de esta manera: ¡Oh, Venus celestial, par del Sol! Tú que alumbras las ciudades del mundo, atiendes por muchos ritos y nos oyes por muchos nombres, socorre mis extremas angustias. Y Ella me habló así: Heme aquí conmovida por tus ruegos. Sepas que soy Madre y Origen de todas las cosas, Señora de los elementos, principio y generación de los siglos, la mayor de las divinidades, reina de todos los difuntos, primera y única en los cielos que gobierno en las alturas, en las tierras, las aguas y los secretos del Infierno. A mí, sola y única Diosa, honra y sacrifica todo mortal de muchas maneras y bajo muchos nombres. Soy Pesinuntica para los troyanos, Minerva para los atenienses, Venus Pafia en Chipre, Diana en Creta, Proserpina en Sicilia, Ceres en Eleusis, y aún hay otros que me llaman Juno, Bellona, Hecates, Ranusia, Isis o Isthar». Pues bien, esta Isthar, reina del cielo, del mar y de la noche en el sistema astrológico babilónico, sería, creo yo, nuestra Tinnit o Tanit en el canon semítico que los púnicos trajeron a Ayboshim, a Ibiza.

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